“Muerto el perro se acabó la rabia”
La consigna popular de que “muerto el perro se acabó la rabia” no debería ser en este momento, la constante del grotesco hecho que protagonizó Víctor José Carrera Mayor, el feminicida de Liliana Lupita, una niña de 12 años que tuvo la mala suerte de que en el camino que se trazaba para vender sus productos que traía desde Berriozábal a la capital de Chiapas, se topara con este sicópata que le quitó la vida.
En su actuar criminal, hay muchas lagunas donde todo parece indicar, Víctor torció la ley, esa que ha estado en el debate en el último año. Por lo menos ahora que se conoce parte de su historia, habría que sopesar si no existe negligencia de alguna autoridad que le ayudó a no recibir castigo por las atrocidades perpetuadas.
Quizás en este análisis colectivo existe el debate de que sí la muerte del feminicida fue un suicidio o si cabría la posibilidad de que lo hayan matado, debido a las características propias de cómo fue que se presentó a los medios la postura del cuerpo, el lazo rígido que le sujetaba el cuello, cuando él estaba sentado sobre el piso, así como las manchas de sangre que presentaba su camisa, dan paso a más dudas.
Lógico es que no se es experto en la materia y la primera sospecha de que haya algo más de fondo en el deceso de este sujeto, es que pudo haber sido asesinado para montar un supuesto suicidio, debido a que las autoridades judiciales tendrían muchas preguntas que responder si su “cliente” fuera exhibido detenido, recluido a una cárcel o simplemente, sujeto a un proceso judicial para conocer con certeza su vida delictiva.
Para la sociedad chiapaneca Víctor mató a Liliana Lupita, simplemente porque las evidencias así lo inculpaban y esta responsabilidad se afianzaba por su pasado, donde se le acusa haber cegado la vida a su hermana, cuando ésta apenas tenía 10 años, en el barrio Colón, en Tuxtla Gutiérrez.
Por esa razón, la conducta sospechosa del sujeto le atribuye que no se tentó el corazón para cometer semejante salvajada, y, por tanto, la sociedad lamentó el hecho, satanizándolo y cuyo “veredicto” lo tomó como suyo la Fiscalía General del Estado, divulgando una ficha roja donde lo criminalizó, dispuesto a pagar una fuerte cantidad de dinero para dar con su paradero.
Es muy discutible que haya andado a salta de mata, escapándose de las manos de la policía que hasta en esta posición, le fue cuestionada su incapacidad para lograr la detención de un sujeto que esquivó los operativos implementados.
Al feminicida se le imputó la muerte de Lupita, y ahora rascándole a su pasado, hace más de 30 años le quitó la vida a su entonces hermana Isadora, cuando ésta tenía apenas 10 de edad. Como ha puesto de moda la Cuarta Transformación en los últimos años sobre echar una mirada al pasado y revivir los hechos que han sido cuestionables, ante las circunstancias poco claras en estos casos, acaso no sería bueno reabrir el expediente de su hermana para conocer qué autoridades fueron cómplices para liberar a Víctor, detenido algunos meses en el penal para menores de edad, Villacrisol, ubicado en el municipio de Berriozábal.
¿Por qué salió de la cárcel y enviado a Estados Unidos? ¿Qué impidió que cumpliera con su rehabilitación? Como estas, hay muchas interrogantes que dejan mal parada a la autoridad y que, en parte, contribuyeron a que un psicópata siguiera haciendo de las suyas.
¿A quién le convenía que Víctor apareciera muerto por el caso de Lupita? El caso fue más mediático que incluso el asesinato del párroco Marcelo, debido a que se conocía al supuesto asesino de la niña y porque era menor de edad, no como el registrado en San Cristóbal, donde el cura fue ultimado por un encapuchado, con el rostro cubierto.
Bajo estas circunstancias, sorprende que en cuestión de horas fuera detenido e identificado el sicario del padre y con la niña Lupita, fue “circunstancial” que un trabajador de una inmobiliaria se haya topado con el homicida, ya sin vida, desmintiendo al mismo tiempo, que haya sido la Policía la que lo ubicó, como lo aseguró la Fiscalía en un comunicado de prensa.
La “muerte” del feminicida le ayudó a la autoridad apaciguar el encono social que produjo la muerte de Lupita y le permitió a la Fiscalía cerrar el caso, para que quede en el olvido la posible comisión de hechos delictuosos asociados.
Pero, sobre todo, que la conducta sociópata de Víctor debe recordarse como un asesino a quien lo sobreprotegieron, provocando la muerte de una víctima inocente, que tenía toda una vida por delante. Estos detalles son lo que debieron investigarse por oficio para conocer si hubo más implicados en los hechos que cegaron la vida de Lupita.










