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Editorial

Pandemia Rosa

La aparición de la pandemia en México fue considerada una catástrofe. Miles de millones de pesos en pérdidas económicas por el estancamiento en el tema económico. Los empleos que se perdieron y que apenas dos años y medio después están recuperándose, son una muestra de la gravedad de la crisis que generó el COVID.

Otro tema relevante fue la educación pues a decir de los expertos, hubo un retroceso de por lo menos cinco años en este paro de actividades presenciales en las aulas. Además de que el coronavirus trajo muerte y dolor, también enseñó a los mexicanos a respetar lo que significa padecer en carne propia una pandemia en pleno siglo XXI.

La diversión en lugares públicos fue un duro golpe, ya que obligó a quedarnos en casa. Hoy a dos años y medio de la tragedia, vemos que se abrieron los espacios para hacer una vida “normal”, aunque supuestamente con las medidas sanitarias pertinentes al caso, que en la práctica no vemos que se cumplan.

Desde principio de año, parques, centros de esparcimiento y demás de diversión, abrieron con las reservas del caso. En este aspecto, las cantinas, bares y centros nocturnos o disfrazados, operan bajo sus propias reglas pues las autoridades municipales se hacen de la vista gorda en el control de la venta de alcohol, de respeto a las medidas sanitarias, a cumplir con los requerimientos especiales como el uso de gel antibacterial.

En la capital chiapaneca operan varios negocios, pero en uno de ellos, su giro de variedad musical, rebasa todas las medidas sanitarias, ya no se diga en el descontrol del consumo de las bebidas embriagantes y en el horario de cierre.  La irresponsabilidad es compartida con la dueña del negocio y las autoridades que se hacen “ojo de hormiga” para verificar que haya cumplimiento a las normas.

Mínimo unas 400 personas en un espacio cerrado, sin ventilación, “departen felicidad” a lo largo de la noche. El uso de cubrebocas no es usado en el interior. La mayoría son jóvenes que “se sueltan” y sacan todo su estrés que los agobia durante la semana.

En este Rosa negocio la vida nocturna es igual hasta antes de la pandemia. Ningún inspector o fiscal del municipio o responsable de Salud se hacen presentes durante la noche para checar el aforo, para verificar si se respeta la sana distancia.

Siendo más rigoristas, menos que se haya autorizado exigir la prueba PCR o mostrar que todos estén vacunados, o que haya un detector de la temperatura. Si acaso un poco de gel en las manos y entrar, como requisito obligatorio, con cubrebocas puesto, el cual se quita desde el primer momento en que se ingresa al local.

El aforo está rebasado y a ello se le llama irresponsabilidad institucional y de la dueña del “changarro” pues más de uno pone en riesgo su salud y la de su familia, de sus compañeros de trabajo o en cualquier núcleo al que pertenezca.

Entendemos que el desacato o rebeldía viene acuerpada por las autoridades que no muestran rigidez en esto del congestionamiento humano y de la falta de conciencia de los jóvenes que se dan cita en estos lugares donde corre alcohol al por mayor.

Con esta postura unilateral de los encargados de verificar que haya respeto en cualquier antro o centro de diversión, se afecta no indirecta sino directamente a la política pública que emprende el mandatario chiapaneco, quien todos los días, desde la Mesa de Seguridad exhorta a la población a cuidarse, a guardar la sana distancia, a usar cubrebocas y acudir a los centros autorizados a aplicarse la vacuna.

Es cierto, los casos de COVID han prácticamente desaparecido, pues oficialmente sólo reportan en las dos últimas semanas el registro de no más de cinco por día. A éstos agréguele los que no se reportan en las estadísticas de la Secretaría de Salud.

Hay que dejar en claro que no somos alarmistas. Cada quien tiene derecho a hacer de su vida lo que le venga en gana, pero no se vale que se destruya el estatus de salud de otras personas sólo por no tomar las previsiones necesarias al caso y ahí las autoridades de los tres órdenes de gobierno tienen el sartén por el mango, pues un asunto color rosa puede cambiar de color si no agarramos la pintura del color correcto. ¡Esperemos que se entienda!

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