A Zepeda Bermúdez le resta una vida de desprecio por su actitud omisa y despreciable

En tiempos de la Cuarta Transformación, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (CEDH) en Chiapas, navegaron con bandera de la indiferencia, con el valemadrismo para encabezar la defensa de los derechos pisoteados a cientos de miles de mexicanos y chiapanecos por los otrora poderosos o por impunidad con que se desenvolvían las fuerzas policiacas, los políticos o las instituciones.

La comparación tiene mucha semejanza, podría decirse que son una copia fiel para no atender su función que las leyes mexicanas les ordenan cumplir al pie de la letra. En México simplemente se tiene una comisión nacional aliada al poder y en Chiapas se tiene un organismo, que fingía más no respondía a los llamados de auxilio.

En México, la CNDH con Rosario Piedra, reelegida con calzador y hasta con la división de los propios morenistas en el Congreso de la Unión, y en Chiapas, con Juan José Zepeda Bermúdez, un acomodaticio personaje que tenía como función principal levantarse de madrugada para asistir a las Mesas de Seguridad que se realizaban en Palacio de Gobierno o alguna cabecera municipal del estado.

Ahí se le veía a diario, donde acudía a ser un testigo mudo de lo que trataba las fuerzas policiacas en materia de seguridad, pero donde nunca participó para externar la preocupación del organismo para atender hechos relevantes que requerían por fuerza la atención del presidente de la CEDH.

Su actuación fue gris, opaca, intrascendente, sin rumbo, pero, sobre todo, sin resultados. Fue reelegido, imponiendo su cacicazgo sobre otras personalidades que darían voz y protección legal a las víctimas de violencia, de desapariciones.

Jamás se le vio encabezar una conferencia de prensa para tomar por asalto el expediente de algún suceso que moviera las extrañas y la conciencia de la sociedad chiapaneca. Zepeda Bermúdez encabezó una institución que sólo aparecía en el directorio, más nunca operó para proteger a los desvalidos.

Las voces de organismos defensores de derechos humanos no gubernamentales se cansaron de criticar el actuar de Zepeda Bermúdez y de su camarilla de servidores públicos que hicieron de la CEDH un bastión de poder. 

Dónde se le vio actuar para atender a las familias que sufrieron la desaparición forzada de algún pariente, o quienes denunciaron actos de tortura, esos que dijo el gobierno federal ya habían desaparecido por arte de magia durante el último sexenio; o los asesinatos perpetrados por miembros del crimen organizado y cuerpos de seguridad.

Cuántas familias a pesar de los testimonios y las demandas de justicia, la CEDH, bajo su dirección, se mantuvo en silencio, ignorando las súplicas de familiares que buscaban acompañamiento y apoyo institucional.

Hay que dar gracias porque renunció y se fue, sin esperar a cumplimentar su segundo periodo por el que fue reelegido, claro que sí y, sobre todo, resaltar que se fue no porque quisiera, sino porque este gobierno trae el chip de que se tiene que servir al pueblo sea desde la trinchera que sea.

El caso de los derechos humanos es obligado que se atienda. Además, la actuación de la CEDH no sólo fue omisa y deficiente, sino también pecó de soberbia, creyendo Zepeda Bermúdez que nunca se le iba acabar su mina de oro.

Hoy se abre una ventana a la esperanza para aquellas familias que lloran la ausencia de sus parientes asesinados, desaparecidos, violentados. Quien llegue, que seguramente será nombrado hoy en el Congreso del Estado, tendrá la inmediata encomienda de resarcir la ineficacia de las autoridades en la materia.

Hay que decirlo, porque, aunque está de moda, es imprescindible que se pida perdón a nombre de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos por la inoperancia del ombudsman chiapaneco. Es la oportunidad de oro para que la institución retome su valor para defender al desvalido, al pisoteado.

Sabemos que no habrá ley que castigue la inoperancia de Zepeda Bermúdez, pero por lo menos que sobre su conciencia caiga, si es que no lo sabe o le vale un comino lo que se diga de él, que dejó en el desamparo total a Chiapas y por tanto, no es digno ni de recordar que una institución defensora de los derechos humanos, haya existido bajo esas condiciones.

El ahora ex titular huyó por la puerta de atrás, porque sabe con exactitud, que solo se aprovechó del puesto para vivir cómodamente del presupuesto estatal, pero que su caminar no es digno ni para voltearlo a ver.

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