Editorial
El deceso del papa Francisco convulsionó al mundo católico y de paso, movió estructuras en la esfera política. El que haya sido su relevo un jerarca con sede en el continente americano, revoluciona a uno de los países más católicos del planeta y abre la enorme posibilidad que las bravuras y arranques fuera de lugar del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se controlen por la presión de la Iglesia Católica.
Robert Prevost ha sido elegido como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, es originario de Chicago, Estados Unidos, el país que ha centrado todas las miradas desde enero pasado, mes en que Trump empezó a desafiar al mundo por sus políticas extremistas.
León XIV, como se llama el nuevo papa, empieza a revolucionar las conciencias de los norteamericanos, cuya mayoría había dado la confianza a Donald Trump para que gobernara con eficacia al país vecino del norte, y hoy ha empezado a dar muestras de desaprobación porque su política económica empieza a entrar en recesión.
Para México, la designación del nuevo papa es un signo de esperanza para aliviar los corazones de sus habitantes, en el sentido que la paz espiritual perdida en el espacio por la violencia indiscriminada en algunos estados del país, puede influir en la conciencia de los “malosos”.
Claro, pensar así es como darle la razón al expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que pregonaba sin titubeos y seguro de sí mismo, que la violencia se acabaría con que las mamás de los delincuentes los “iban a regañar”. Ese discurso pamplinero hoy está en fuera de lugar.
La presidenta Claudia Sheinbaum, sabedora de que no profesa la religión católica, ha cuidado las formas en la nueva relación con el Vaticano. Si bien ha mostrado distancia personal, sí ha respondido a los llamados que por regla hay que seguir en la diplomacia internacional.
La presidenta ha sabido distanciarse, poco a poco, de la política de rechazo que se ejerció en el periodo de AMLO con la Iglesia Católica, tanto que el propio exmandatario tuvo varios roces con el Episcopado Mexicano que en su momento recriminó la falta de estrategia en materia de seguridad para combatir al crimen organizado, y por los asesinatos de sacerdotes en el país.
El espectro de profesar y respetar la distancia con el carácter laico, secular o terrenal, ha sido respetuoso por parte de la mandataria, que, si bien decidió no asistir a los funerales del papa Francisco y al evento oficial de bienvenida que se dará el próximo 18 de mayo a León LIV en el Vaticano, ha sabido responderles a los millones de mexicanos que profesan el catolicismo, diciendo que invitará que el jerarca católico visite suelo mexicano.
Un anuncio que, sin duda, le da mucho crédito a la presidenta en su respeto y valor a la Iglesia, y principalmente a los fieles que por miles serían los eternos agradecidos por esta postura incondicional de Claudia Sheinbaum.
En la lógica, Estados Unidos no tarda en hacer los mismo y en ese sentido, León XIV pondría en su agenda una visita a territorio norteamericano y de paso, continuar por México. El tema no es menor que en un periodo de dos años a lo mucho esta anhelada visita podría concretarse para ambas naciones.
En este caminar, el tema de la migración será un factor divergente a resolver debido a que el nuevo papa es un defensor a ultranza de este sector y en México la llegada de miles de personas extranjeras ha puesto de cabeza la política económica y social del gobierno, secundada por la presión de los Estados Unidos.
En menos de cuatro meses, tiempo en que ha estado al frente Trump del gobierno estadounidense, los flujos migratorios han cesado, tanto que los grupos de caravanas que iban camino al suelo americano han desistido u obligados a retornar a su país de origen.
De ahí que el tema migratorio sea uno de los problemas que haga diferencia entre la Iglesia Católica y los gobiernos de México y Estados Unidos. Sin embargo, hay que decirlo, la invitación formal que hará la presidenta para que el pontífice llegue a México es una salida decente que le da muchos puntos a favor a la de por sí, excelente calificación que los mexicanos tienen de su presidenta de la República.
Se dé o no, lo cierto es que la presidenta ha dado en el clavo para darle una salida perfecta a las cuestionadas reseñas que los expertos han comentado sobre la relación del gobierno mexicano actual con la Iglesia Católica.










