Entonces, escribo/ Damaris Disner
¿El miedo lo viven igual los hombres y las mujeres? ¿Se esconde o se muestra disfrazado de enojo? Mientras me adentraba en la lectura visual y textual de “El día que no amaneció en Zoki”, ganador de la convocatoria del Cómic en Lenguas Indígenas Nacionales (2022) del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (Inali), me detenía con frecuencia para contemplar los trazos del artista visual José Luis Pescador (Ciudad de México, 1979), en particular en las imágenes que reflejaban la luz del quinqué, haciendo el certero balance con la maestría narrativa de Lyz Sáenz (Ribera Valtierra, Chapultenango, Chiapas), mostrando los claroscuros que se divisan cuando un acontecimiento drástico, aunque no inesperado, irrumpe la calma, por lo que las preguntas aparecían insistentes en mi mente como la lluvia de arena de aquel 28 de marzo de 1982, que presagiaba el terror comunitario.
Ambos, Sáenz y Pescador, conforman el colectivo Najs, ganador del referido reconocimiento. Escrito en la lengua Otetzame (Zoque del Norte Alto) y español, es la balanza exacta entre los discursos textual y visual.
En el desarrollo de la trama hay infinidad de paralelismos, como si el año cuando ganó, 2022, lo hubiese vaticinado. Escrito en dos lenguas, dos discursos: narrativo y gráfico, dos creadores Sáenz y Pescador, dos historias detonantes: Lucio y Petrona y El miedo es rojo (y dentro esa historia hay dos líneas de tiempo que convergen), dos tipos de lavas que vienen de lo profundo: la del volcán Chichonal y la primera menstruación, dos miradas: la de los adultos y de la niñez.
“¡El miedo es rojo, golpea mi pecho!” Afirma una adolescente en cuclillas, atravesada por espasmos en el vientre que le ofrecen sangre en la entrepierna, la asusta, parece que no tiene a nadie cerca que pueda entenderla, la hostilidad de su hermana es tan parecida al gigante que amenaza en eternizar la noche.
“¡El fuego es una boca que ruge como si tuviera hambre!” Le había dicho la madre cuando tuvo cinco años y ese recuerdo le confirma que el volcán despertó para devorar las milpas, los animales, los sueños, parecido al dolor que carcome sus entrañas. Lo que pasa afuera refleja lo que acontece dentro. Por vez primera una niña siente la certeza de la muerte, pero continúa abrazada a su inocencia.
“Pensé en la débil flama del quinqué que no tardaría en apagarse. Nosotros éramos eso, aunque la tierra nos protegía. Iba a cumplir doce años de edad y llovía arena. Dentro de mí un volcán me comía las tripas” aunque lo transcribo en un párrafo, en el cómic está fragmentado en viñetas donde observamos la luz esperanzadora que Pescador nos ofrece en su propuesta visual, inspirada por la destreza poética de Sáenz para invocar imágenes con palabras. La ilustración representa lo que parece una congregación, hombres, mujeres, niños y niñas, reunidos a la luz del quinqué. Aunque más adelante nos muestra que el poder del pueblo también puede ser empañado por la rapiña de autoridades.
“El día que no amaneció en zoki”, es testimonio que en la devastación florece la generosidad y algunos caminos se cruzan para confirmarlo. En cada relectura descubrimos detalles que nos invitan a cuestionar la naturaleza humana con sus ambigüedades, por ello, concluyo haciéndome una pregunta y extendiendo la reflexión a ustedes, ojalá que en comunidad podamos responderla, ¿A cuántas lavas internas y externas hemos, y seguiremos, sobreviviendo las mujeres?
Nota: Texto leído durante la presentación de “El día que no amaneció en Zoki”, en el evento realizado por “Café a la Naranja, Mujeres Escritoras, Perspectiveando el género”, en el auditorio IIGERCC de Ciudad Universitaria UNICACH.










