Texto y fotos: Erick Bustillos/ Diario de Chiapas

Entre hilos, colores y puntadas, dos historias provenientes de los Altos de Chiapas muestran que el bordado puede significar cosas distintas para cada generación, pero también convertirse en un mismo camino para preservar las raíces y sostener una tradición.

José Antonio Jiménez López tiene 25 años, es originario de Tenejapa y estudió Biología Marina y Manejo Integral de Cuencas. Sin embargo, encontró en el bordado una forma de reconectarse con sus raíces y, al mismo tiempo, apoyar el emprendimiento familiar.

Su acercamiento comenzó desde la secundaria, cuando estudió Industria del Vestido. Años después, motivado por su hermana y por el crecimiento del negocio de su madre, decidió aprender por cuenta propia los bordados tradicionales de su comunidad.

A diferencia de Manuela Ruiz Núñez, quien aprendió a bordar hace 35 años mientras observaba y daba sus primeras puntadas con la guía de su madre, José Antonio construyó su conocimiento observando y practicando.

Para Manuela, originaria de San Andrés Larráinzar y actualmente radicada en San Cristóbal de Las Casas, el bordado fue desde joven una forma de ganarse la vida. En su comunidad, el tejido y el telar de cintura representaban una de las principales maneras de salir adelante. 

Hoy, ambos coinciden en algo: elaborar una prenda artesanal requiere tiempo, paciencia y conocimiento.

Una blusa bordada puede tomar alrededor de 15 días cuando se trabaja varias horas al día, mientras que un huipil tradicional puede requerir entre tres y cuatro meses de elaboración. Cada pieza implica seleccionar los hilos, contar las hebras, definir los diseños y combinar cuidadosamente los colores.

José Antonio ve en estas prendas una manera de llevar a Tenejapa consigo. Para él, vestirlas significa mostrar con orgullo sus raíces.

Manuela, en cambio, observa con preocupación los cambios que enfrenta la actividad artesanal. Señala que actualmente existen menos artesanas y que las nuevas generaciones muestran menor interés por aprender estas técnicas.

La tecnología y los cambios en las formas de vida han modificado las prioridades de muchos jóvenes. Mientras José Antonio representa a una generación que está encontrando nuevamente valor en el bordado, Manuela pertenece a una generación que teme que estos conocimientos puedan desaparecer si no son transmitidos.

Ella ya enseñó a su hija, aunque reconoce que cada vez resulta más difícil despertar el interés de los jóvenes.

Y mientras las prendas producidas industrialmente pueden elaborarse en menor tiempo, detrás de cada pieza artesanal existe un proceso que no puede medirse únicamente en horas de trabajo: está la identidad de una comunidad, la creatividad de quien la realiza y una tradición transmitida de generación en generación.

José Antonio ha decidido dedicar actualmente un año al bordado y apoyar el negocio familiar, mientras Manuela continúa buscando espacios donde las artesanas puedan vender sus creaciones.

Dos generaciones, dos caminos distintos pero una misma lucha. Mantener vivos los textiles tradicionales defender una identidad, honrar las raíces y mantener viva la memoria de los pueblos originarios. Porque en cada hilo, en cada color y en cada puntada, se cuenta una historia que merece seguir siendo contada, sin ofertas y sin regateos.

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