Perita Cernas
En la vida cotidiana, algo aparentemente simple como dividir una cuenta revela una tensión más profunda: el amor también se mide en términos económicos. El debate del 50/50 no es nuevo ni superficial. Es el reflejo de una pregunta más incómoda: cuánto vale una persona dentro de una relación.
Aunque pensamos que el dinero es un detalle, en realidad influye en cómo elegimos, cómo percibimos y cómo nos vinculamos. El estilo de vida, los espacios que alguien habita y la forma en que se mueve en el mundo se convierten en señales de valor. Esta lógica no nació hoy. Ya estaba presente hace más de un siglo en la obra de F. Scott Fitzgerald.
En “The Great Gatsby”, el amor no es solo afecto, sino aspiración social. Gatsby no intenta solo recuperar a Daisy, sino acceder al mundo que ella representa. Así, el dinero deja de ser un medio y se convierte en una narrativa: una forma de construir identidad, pertenencia y deseo. En los años veinte, el auge económico y la cultura del lujo reforzaron esta idea. El crecimiento de las ciudades, la estética del art déco y la obsesión por lo visible crearon una sociedad donde el valor comenzó a medirse en lo que se puede mostrar. Pero esa apariencia de grandeza escondía una tensión: no todos podían acceder a ese mundo, y quienes lo lograban no siempre sabían sostenerlo.
Si lo pensamos bien, Gatsby no solo acumuló dinero. Acumuló capital simbólico. Su casa, sus fiestas, su forma de presentarse ante el mundo eran parte de una estrategia para ser visto de otra manera. Para dejar de ser quien era. Para convertirse en alguien digno de ser amado.
Y esa es la parte que más nos llega hoy. Porque ya no necesitamos mansiones para hacer eso. Basta con un perfil, con una selección cuidadosa de imágenes, con una narrativa coherente de quién somos y qué vida llevamos.
El amor, en ese contexto, se vuelve algo que también se exhibe. Algo que se valida. Algo que se construye frente a otros. No es que antes fuera puro y ahora esté contaminado. Es que ahora es más visible.
Más explícito, difícil de ignorar. Por eso el debate sobre quién paga la cuenta es apenas la superficie de algo mucho más profundo. No se trata realmente del dinero en sí, sino de lo que ese dinero representa: cuidado, poder, interés, capacidad, intención.
Cuando alguien paga, no solo está cubriendo un gasto. Está enviando un mensaje. Cuando alguien espera que paguen por ella, también. Y cuando alguien insiste en dividir todo, está posicionándose en otro lugar. Ninguna de estas posturas es neutral, todas están cargadas de significado.
El problema no es que existan estas expectativas, siempre han existido, sino el cuestionar cuando dejamos de hacerlas. ¿Cuándo asumimos que son naturales? ¿En qué momento olvidamos que están construidas sobre una estructura más amplia que tiene que ver con cómo entendemos el valor?
Porque en el fondo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué hace valiosa a una persona? Puede ser su capacidad de proveer, su sensibilidad, su historia, su forma de mirar el mundo, o la vida que puede ofrecer. No hay una respuesta única, pero sí hay una tendencia clara.
Vivimos en una época donde el éxito económico se ha convertido en una señal dominante. No la única, pero sí una de las más visibles. Y eso inevitablemente influye en cómo nos relacionamos.
No porque queramos reducir el amor a eso, sino porque estamos inmersos en una lógica que lo atraviesa todo, por eso, cuando alguien dice que el amor no debería tener nada que ver con el dinero, está planteando un ideal.
Un ideal que puede ser valioso, pero que también puede ser ingenuo si no reconoce el contexto en el que vivimos. Y cuando alguien afirma que el dinero es fundamental en una relación, tampoco está necesariamente equivocado. Está reconociendo una dimensión que existe, aunque no sea la única.
Tal vez el error está en intentar simplificar algo que es profundamente complejo. El amor nunca ha sido completamente desinteresado, pero tampoco ha sido únicamente una transacción. Ha sido, más bien, una mezcla de deseo, de necesidad, de proyecto, de historia compartida.
Lo que cambia es el énfasis, y hoy, ese énfasis parece inclinarse cada vez más hacia lo económico, no como una elección individual, sino como una consecuencia de la forma en que está estructurada la sociedad.
Por eso, volver a Gatsby no es un ejercicio de nostalgia, es una forma de entender que muchas de las tensiones que creemos nuevas ya estaban ahí.
Solo que ahora las vemos con más claridad, y tal vez, con menos filtros. Porque si algo nos dejó esa historia es una imagen difícil de ignorar: la de alguien que lo tuvo todo y, aun así, no logró lo que más deseaba.
La ciudad sigue llena de mesas ocupadas, de conversaciones a medias, de decisiones que parecen pequeñas pero que dicen mucho más de lo que aparentan, y en cada una de ellas, de alguna forma, sigue presente la misma tensión, entre lo que sentimos, y lo que creemos que vale.










