El silencio de los sacrificios

Texto en la ciudad

Los sacrificios menos extravagantes, los que son cotidianos y silenciosos, repercuten en nuestra memoria colectiva y definen el carácter de un pueblo.

Dicen que en la vida uno tiene que elegir sus batallas, pero me pregunto: ¿y quién elige lsacrificios que hacemos para los demás? No me refiero al gran sacrificio heroico —ese que suena a drama heleno— sino a los pequeños, silenciosos, cotidianos, esos que hacemos para quedar bien.

Aceptar la invitación a la boda de la amiga de tu pareja, aunque sepas que traen un coqueteo eterno; sonreír frente a la suegra cuando preferirías decirle que ya no toleras su actitud arrogante; pagar la cuenta entera, porque «mejor así, no se verá mal», cuando te pediste la mitad de lo que los demás consumieron. En Chiapas, los sacrificios se sirven con café de olla y pan de San Cristóbal. Aquí, el «no pasa nada» se vuelve un mantra que justifica desde prestar dinero hasta ceder un asiento incómodo en la combi. Cosas pequeñas, pero que develan el carácter conjunto de un pueblo silencioso, que si alguna vez alza a medias la voz, lo hace mediante redes sociales, durante una semana, como un chisme colorido y gracioso. Incluso los mismos periodistas se coluden con la población para hacer alarde de ese pensamiento debilucho y, que sin duda, no tiene gracia.

La filosofía ha intentado justificar este deseo de complacer. Kant hablaría del deber, del imperativo moral que nos obliga a actuar pensando en la universalidad de nuestras acciones. Simone de Beauvoir, en cambio, nos recordaría que ese deber casi siempre recae en las mujeres, entrenadas para sacrificar su tiempo, sus deseos, hasta su cuerpo, por la comodidad de los otros. Y Nietzsche quizá se reiría de todo esto: pues, para él, el sacrificio no era más que una trampa social que nos aleja de nuestra voluntad de poder, de lo que realmente queremos.

En la literatura, los sacrificios han sido moneda corriente. Antígona enterró a su hermano aunque le costara la vida; Emma Bovary sacrificó su reputación en busca de un amor que nunca encontró; y en el realismo mágico, ¿cuántas mujeres no hemos leído que dejan su voz, sus sueños, su juventud, a cambio de sostener el mito de una familia perfecta o simplemente por algo tan sencillo; el amor?

Lo curioso es que, en esta jungla urbana donde las banquetas se rompen más que las promesas, sacrificamos tanto para «quedar bien» que terminamos quedamos mal… con nosotros mismos. Y me vuelvo a preguntar: ¿no será que los sacrificios más dolorosos no son los que hacemos por amor, sino los que hacemos por apariencia?

Tal vez, el verdadero acto de rebeldía no sea dejarlo todo por alguien, sino aprender a no dejarnos a nosotros en el camino. Porque, como diría mi amiga Maggie, entre sorbo y sorbo de vino: «quedar bien con todos es la forma más rápida de quedar vacía».

Y entonces, en un pueblo que se protagoniza a través de sus sacrificios, ¿no será momento de empezar a preguntarnos a quién queremos seguir quedando bien… y si esa persona, al final, deberíamos de ser nosotros mismos?

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