Perita Cernas
James admiraba a médicos de su época, sí, lo estoy llamando por su primer nombre, pero a estas alturas ¡Qué puede importar! Él me conoce mejor de lo que podría conocerme yo, todos me repiten lo afortunada que he sido; sus manos, sus esfuerzos, todo por la ciencia. Algún Médico dijo que <la medicina era una ciencia de la incertidumbre, un arte de la probabilidad>, lo recuerdo bien, porque había un cuadro con esa frase bordada en tela fina y estambre que jamás podría pagar. La frase yacía en la habitación en la que estuve mucho tiempo, era leerla o ver las paredes blancas, las ventanas que daban a ninguna parte donde podría ir, el techo que nos impedía ver el único sitio en el que podríamos encontrar la paz, el cielo mismo.
Incertidumbre, vaya, el médico parece que camina con los ojos cerrados, mientras valientemente investiga y provee sanación, todo puede ser posible, vivir, morir, ser una leyenda. Pero para mí, que solo soy una esclava, una negra, una mujer… Una mujer <enferma>, soy solo la probabilidad y no el arte.
En el año de 1840, mi marido y yo fuimos vendidos como esclavos del Señor Smith, un hombre bofo y con mal aliento, tuvimos la gracia de permanecer juntos, porque en ese entonces éramos simples animales, una herramienta de trabajo, no importaba si teníamos esposo. Los patrones decían que no importaba, puesto que éramos salvajes, libres de consciencia, podíamos contraer matrimonio con cualquier otro negro, todos nos veíamos iguales para ellos, sentíamos lo mismo, así que no veían la diferencia. Llegamos a una plantación de algodón en Montgomery, Alabama, allí convivíamos con otros, allí conocí a mis amigas, Betsy y Lucy, ambas buenas mujeres, y a sus esposos, que eran hombres de gran corazón.
Al año, nos embarazamos ––buen augurio ––decía la Señora Alice, la madre del patrón, una vieja extraña que en su juventud se había enamorado de uno de nosotros, sus padres la condenaron y la llevaron lejos, cuando regresó tenía la mirada distinta, jamás sonreía y fumaba opio en la ladera. Cuando envejeció, creó historias en su mente, decía que cuando los negros nos apareábamos, el cielo anunciaba buena cosecha, cuando quedábamos preñadas era señal de riqueza, pues nuevos esclavos fuertes y vigorosos nacerían.
Cuando parimos, tuvimos una lesión, mis amigas en el recto y yo en la vagina, lo que llamaron después; fístulas vesicovaginales, permítanme darles una perspectiva de aquello que nos ocurrió, Cuando la vejiga, el cuello uterino y la vagina de la mujer quedan atrapadas entre el cráneo fetal y la pelvis de la mujer, lo que corta el flujo sanguíneo y provoca la muerte del tejido. El tejido necrótico luego se desprende, dejando un agujero. Después de esta lesión, a medida que se forma la orina, se escapa por la abertura vaginal, lo que provoca una forma de incontinencia, debido a que sale un chorro continuo de orina de la vagina, esto es difícil de cuidar. <La víctima> sufre problemas de higiene personal que pueden llevar a la marginación de la sociedad, irritación vaginal, cicatrices y pérdida de la función vaginal. Las fístulas rectovaginales, es una afección relacionada en la que la flatulencia y las heces escapan a través de una vagina desgarrada, lo que provoca incontinencia fecal.
Como podrán percatarse era todo un problema.
Mi patrona, la Señora Hermaione, una mujer caucásica, de ojos verdes y piernas flacas, le dijo a su esposo, que éramos mujeres demasiado primitivas, nos gustaba muchísimo el sexo, que copulábamos entre todos, por eso es que habíamos enfermado. Dicha afectación no únicamente la teníamos nosotras, también las mujeres blancas, la diferencia entre ellas y nosotras, es que nosotras no teníamos jabones, baños regulares, no podíamos tener la higiene apropiada y por ello aumentaban las complicaciones. Además de la hambruna, éramos mujeres con hambre, con desnutrición, débiles al parir.
Pasamos años críticos, hasta que escuchamos que la Sra. le contó a su esposo, de un Médico que había construido <el primer hospital de mujeres>, la realidad es que era un hospital para mujeres esclavas, para experimentar con ellas. Los patrones decidieron obsequiarnos al hospital, ya no servíamos muy bien, teníamos mal olor y necesitaban nuevas esclavas. Así que nos separaron de nuestros esposos e hijos. A Lucy la sacaron del platío y jamás pudo despedirse de su esposo e hijas, por mi parte, besé a Yamal, a mis dos niños, y me fui con el corazón sangrando, sentía que era mi fin, no sabía lo que nos esperaba, de saberlo, me habría cortado las venas con la hoz.
James Marion Sims, el médico poco brillante, poco reconocido en su facultad, se convertía en una leyenda, hacía de nuestra existencia su arte, éramos su posibilidad.
Al llegar, nos dijeron que acababan de fallecer once mujeres negras en aquella clínica, por supuesto que nos espantamos, gritamos, rápidamente las enfermeras nos inyectaron sedantes, nos trataron como bovinos, al menos así me sentía.
Era el año de 1845, la rutina era siempre la misma; la comida, la ropa, el terror. Cada cierto tiempo, éramos llevadas a una parte extraña por el jardín, en donde James practicaba medicina, experimentaba. Yo siempre me pregunté si él era negro por dentro, pero por podrido, porque lo que nos hacía era bestial. En 1889, Thomas Eakins dijo al respecto ––Ningún lugar en los Estados Unidos ofrece tantas oportunidades para la adquisición de conocimientos anatómicos. Se obtienen sujetos de entre la población de color en número suficiente para cada propósito, y se realizan disecciones adecuadas sin ofender a ningún individuo de la comunidad.
Nosotros los negros, éramos ofrecidos como <casos interesantes>, los patrones se sentían orgullosos, benefactores de la sociedad, porque ofrecían a sus esclavos en pro de la ciencia.
James dijo en su biografía que, en repetidas ocasiones las mujeres eran colocadas sobre una mesa, apoyadas sobre sus rodillas y codos, sin ropa, sostenidas por otros hombres, mientras él les introducía elementos en sus vaginas para practicar cirugías experimentales. Todo esto ocurría sin anestesia. Pero era más que eso, el sadismo era brutal, en una ocasión a Lucy la sentaron sobre sus rodillas, le <jugaron> sus úlceras, ella gritaba, su cuerpo sangraba, su agonía era verdaderamente extrema, pero aguantó esa cirugía. Pero no le bastó una primera cirugía, él la operó a las pocas horas, aún con sus partes inflamadas y en la misma postura.
Tuve mi segundo parto a los 16 años, duró tres fatídicos días, estaba agotada, cansada, desgarrada, fui entonces cuando me lesioné, a los 17 James comenzó sus juegos conmigo, en cuatro años me practicó más cirugías que a ninguna otra, treinta en total, sin anestecia, en 1849 lo logró, se convirtió en el Padre de la Ginecología Moderna.
Muchas mujeres tienen el beneficio de su éxito, pero para mí… Soy solo la SOMBRA de una LUZ en el ámbito de la medicina. Por lo menos recuerden mi nombre: Anarcha.










