La compañía de los alacranes.

Ingrid Heinz. 

El miércoles en la mañana, Ignacio se acercó muy quedito a Roberta, dejo él correr las yemas de sus dedos toscos y rasposos por el cabello de trigo de ella y en su oído nacarado le ronco con su voz de tenor las siguientes palabras <<ahorita vengo, mamacita>>. La dejo sola, para que siguiera durmiendo otros días a parte de los años que ya llevaba dormida.

El día en que Roberta llegó de la escuela con las pantaletas batidas de sangre verde, le empezó un sueño terrible y pesado y lento. Un sueño que le llenó de alacranes la cabeza. Al principio ella no hizo caso. Principio fueron solo los alacranes y del cambio de tamaño. Se sentía pequeñita pero pequeñita y a momentos muy grandota pero grandota, y por más que se cansaba de tanto crecer y encogerse a diario, supuso que todo era parte del dolor propio de la pérdida reciente de su infancia cercanísima, se convenció a sí misma de que crecer era parte natural de vivir. Pero un día se hizo tan diminuta que sus pasos median milímetros y por más que intentaba caminar no lograba ir a ningún lado y al otro instante se hizo tan pero tan gigantesca que no cupo por la puerta de la casa y no pudo salir más de ella. Estuvo así unos meses. Giganta y atrapada en la casa. Después volvió a encogerse. Luego comenzó Roberta a soñar a diario despierta. Falto poco tiempo para que las visiones de sus sueños diurnos caminaran por toda la casa, al principio se sentaban en el sillón todos callados y taciturnos, luego caminaron por la sala, luego entraron a la cocina y los baños y terminaron por acostarse en la cama con ella en el cuarto. Para cuando los sueños se atrevieron a entrar al cuarto, ya era Roberta amiga de ellos, comían juntos y escuchaban música todos los días, fue por eso qué cuando un jueves a las 11 de la mañana los sueños llamaron a Roberta para que se acostara con ellos en la cama, ella no dudo y no hubo temor en su corazón, solo anhelo. Deseaba la caricia reconfortante de sus sabanas azules sobre su piel de jade blanco, que le brindaban una calidez de madriguera que Roberta simplemente no podía resistir. Así que fue a la cama a acostarse con la bola de sueños risueños y de inmediato entro en una inconsciencia total y completa. Entró en un REM denso que flotaba hasta las nubes, pero se anclaba a la tierra con un ancla de hierro. 

Ignacio llegaba diario a verla y a dejarle naranjas dulces y azúcar y flores y amaranto y leche tibia. Limpiaba la casa para ella, le daba de comer al gato y luego se iba después de cerrar todas las puertas y ventanas. Cuando volvía al siguiente día para llenar de ofrendas a Roberta, ya los alacranes le habían dado de comer a ella y ya las flores se habían ido lejos dejando una peste de muerte en el cuarto, en la sala, en la cocina. Al cabo de un tiempo, meses, tal vez años, los alacranes celestes que nacieron del cabello de Roberta se atrevieron a tocar el suelo y dibujaron usando sus propios cuerpos como tinta, un círculo en el piso que rodeaba la cama de ella y se pusieron a cantar un mantra entre todos, un mantra secreto en una lengua que nadie entendía porque no era idioma de hombres si no de alacranes. Se hacían a un lado y dejaban pasar a la cama únicamente a Ignacio, quien dejaba caer a cuentagotas tibias besos sobre la cara de ella, quien solo brillaba como respuesta en una iridiscencia color de rosa que surgía de su piel nacarada. Cuando la lucecita tibia de la piel de Roberta se apagaba, Ignacio le besaba las manos para después bajar de la cama, atravesando el coro circular de los alacranes que brillaban como luciernagüitas chispeantes en medio de la penumbra de la habitación. Antes de irse para volver al día siguiente dejaba Ignacio una hoja única de laurel resaca sobre la frente de Roberta, en un intento por llenar del olor de laurel el cuarto que las flores dejaban oliendo a muerto. Y cada día a su regreso encontraba él la hoja de laurel donde la había dejado antes.

Ese miércoles salió Ignacio a buscar la ofrenda del día. Andaba dándole vueltas al mercadito del centro buscando rambután. Mientras caminaba, sentía que mascar su propia baba adentro de su propia boca se le convertía en tierra húmeda. Sentía que le bajaba lodo por la garganta. Le ardían los ojos y le quemaba recio su cuello colorado, ardía en fiebre, pero necesitaba rambután, hacía ya días que los alacranes solo alimentaban a Roberta con rambután y leche bronca. Pero no era temporada. No encontró rambután. Solo le llevó a Roberta el litro de leche bronca y un kilo de azúcar. De regreso a la casa de Roberta encontró Ignacio una casa con paredes recién pintadas de caolín, muebles lavados y un suelo recientemente barrido. Se le apretó espantosamente el corazón de quimera que traía incrustado justo al lado de su estómago infinito cuando no sintió la peste a muerto. Fue a la cocina y encontró sobre la mesa de vidrio el litro de leche de ayer podrido y lleno de grumos adentro de un traste de aluminio. Corrió al cuarto, totalmente mareado por el aire limpio y fresquecito que recorría la casa libremente. Ahí estaban la cama vacía con la hoja de laurel reseca y quebradiza reposando en una de las 7 almohadas mullidas de Roberta. Pero ya no había Roberta, no había alacranes, no había flores. 

Se acostó entonces en la cama vacía y gélida y descanso al fin, por primera vez en mucho, mucho tiempo.

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