Adi Jiménez

   Recuerdo esa noche, mi madre había muerto. Ella tenía los ojos verdes y el cabello negro, parecía un gato negro en la noche, era joven aún, sólo tenía 39 años y yo 15.

  Ese verano fui de vacaciones a la casa de mi madre porque mi tío me aviso que estaba muy enferma. Yo no quería ir; las quejas de mi madre eran su conversación habitual. Tenía muchas deudas, incluyendo la hipoteca de la casa. 

  Desde su fachada se podía ver el deterioro en sus paredes, con la pintura desgarrándose por láminas y por dentro no era mucho mejor.  Días, objetos, ventanas destruidas; sus marcos suspendidas solo por la inercia. La luz era sombría y en el cuarto de mi madre se respiraba un misterio, en el aire se sentía suspendida la vida, la alegría y sus años de juventud que parecía eran los únicos que seguían existiendo en su mente y en su corazón. Cuando conversaba de ellos parecía que vivía un poco, sus ojos se iluminaban de repente y entraba por ellos un brillo que casi no se veía todos los días, luego terminaba la plática de su amor de juventud y regresaba a su traje de vida habitual: Triste, sombrío, apagado.

  Esa noche cenamos silenciosamente, podía escucharse en el ambiente el sonido de los cubiertos. Terminada la cena, me fui a la biblioteca, era mi lugar favorito –mi refugio-. Yo tenía libros, cuentos y revistas. Mis novelas favoritas: “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen y el primero que leí a los 12 años; “María” de Jorge Isaccs.  Me acerqué a ellos y tomé el de “María”, acariciando su solapa y lanzando un suspiro, recordando mi primer amor.

  Absorta en mis pensamientos, el grito de mi tío me hizo volver a la realidad. Corrí al cuarto de mi madre y ahí estaba con sus ojos verdes sin brillo, sin movimiento, sin vida; con el cabello negro que cubría la mitad de su rostro. Mi tío de rodillas alrededor de la cama le hablaba para ver si le respondía. No hubo respuesta. Me quedé en la puerta petrificada, como si hubiese caído en un pantano sin poderme mover. Una lágrima comenzó a rodar sobre mi mejilla, nuestra relación nunca fue cercana pero aun así la quería. Me acerqué para verla de cerca, su cuerpo inerte parecía una sombra con la luz amarilla sobre el rostro, no dije nada, no pude decir nada. Sólo me quedé ahí; parada, petrificada.

Luego vino una persona de servidumbre para ayudar a mi tío y me pidieron que me saliera.

  Esa noche la velamos, llego mucha gente, no sé de dónde salen las personas para llegar a los velorios; aunque en vida casi no las veas.

  Pasados los funerales, me quedé una semana más. Por la noche me gustaba ir a la biblioteca, aunque estuviese abandonada y me quedaba ahí perdida entre los libros, haciéndome una con ellos.

  Hasta que una noche escuché murmullos y se me hizo extraño; mi tío y Doña María estaban durmiendo. Me levanté como atraída por una fuerza extraña y empecé a caminar en dirección de los ruidos, estos me llevaron al cuarto de mi madre. Dudé al abrir la puerta pero entré en ese cuarto oscuro y encendí la luz sombría. No había nadie. Y de repente un viento abrió con fuerza la ventana y vi el rostro de una mujer desdentada y con un solo ojo verde. Parecía flotar y su cabello negro luchaba con el viento. ¡Me quedé muda! Quería gritar y no podía. Quería correr y mis piernas no me respondían. Hasta que al fin pude gritar: “¡Tú no eres mi madre!¡Tú eres la culpa que siento por no haberle llorado más!¡Aléjate de mí, bastante con la culpa que he cargado toda mi vida por no haber podido hacerla feliz!¡Déjame en paz!¡Estoy harta de ti! Al gritar estas palabras la imagen desapareció y la paz regresó a mí.

Mitote 

Por: Ana Lilia Nucamendi Palacios

Ecos del pensamiento, mitote del olvido, acecha la soledad, 

el tiempo nos destruye y la existencia se desmaya 

averiguando el destino inescrutable en la taza del café 

suena la llana repellando la última morada

y sus ondas se deslizan hasta la cocina 

donde un pescado crepita en el sartén 

para cumplir su sueño: ser dorado cubierto en harina.

En la escuela

En sus rostros morenos descansa la furia que un día sus abuelos sintieron. Ahora en silencio absoluto, en el supuesto campo de guerra, buscan dioses y guerreros entre la hierba que imaginan, con los ojos extraviados, releen.
Me miran sin verme, rechinan las sillas y cambian de pose según quien ha muerto.

Troyanos y aqueos reviven de nuevo. Muerden lapiceros, no encuentran sosiego.

Y alistan escudos y lanzas de tinta y cuadernos. Son breves ausencias, 

viajeros del tiempo. Estrellas del cielo con audífonos puestos,

si pasa una mosca regresan del viaje y se acabó su cuento.

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