TEXTO EN LA CIUDAD
También nuestro nombre es producto de una herencia y de recuerdos
Perita Cernas / Diario de Chiapas
Cuando estaba en el vientre de mi madre, mis padres hicieron un pacto; si era varón, mi madre me nombraría, si era mujer, lo haría mi padre. Así, cuando mi madre supo que tendría pechos y menstruación como ella, se deshizo de sus ilusiones por opinar. Esperanza se llamaba la madre de mi papá, una señora de baja estatura, blanca, dicen que siempre tenía postura de soldado, espalda rígida y mirada recia, no sonreía mucho y, como yo, bebía su agua hasta que finalizaba cualquiera de sus alimentos. Apenas y tengo recuerdo de ella, de su delantal floreado, sus pequeños zapatos de piel, la tiendita que atendía con diligencia, en donde vendía mango verde curtido en limón y vinagre, el cual entregaba en una bolsita de plástico, luego te dejaba las salsas que ella aliñaba y la sal, para que te lo prepararas a tu gusto. Hace años encontré a una señora que vende mangos verdes curtidos en un barril vitrolero cerca del parque de la marimba. Desde que los probé, instintivamente y sin conciencia emotiva, asisto a la cita: compro una bolsita, camino deleitándome y remato con un café caliente. Hasta ahora me percato que me recuerda a aquella abuela que casi no conocí, y que, probablemente no me quería.
Cuando Esperanza conoció a Candelaria, mi madre, no le agradó, puede que, por secarrona, o porque simplemente no le agradaba, sabrá qué pasaba por la mente de esa mujer. Así pues, comenzó la guerra no declarada entre la suegra y la nuera. Repentinamente, el café de Candelaria era salado, y sus frijoles dulces. Detalles insignificantes que me cuenta mi mamá de aquella amarga época, en la que, solo mi padre era feliz junto a su madre, la mujer que tanto amó y ama. Naturalmente, en cuanto mi padre observó que me parecía a ella, impuso que me debía de llamar como ella, que sería como ella, que toda su admiración posaría sobre mis ojos, la leche aún encarnada entre sus labios, engalanaría mi destino.
Y ahora, cada que mi necedad quiere nublar mi razonamiento, pienso en la necedad de Esperanza. Murió tan joven y todo por necia, esa maldita necedad me privó de su compañía, me habría gustado escucharla, entenderla, conocerla. Y me pregunto: ¿Me habría amado? ¿Se sentaría conmigo a escuchar música? ¿Me defendería? ¿Habría sido su espejo? No lo sé.
Pasó el tiempo, y ahora ya no me parezco a ella, sino a Candelaria, mi hermosa madre. Luego me preguntan que por qué siempre he sido tan flaca si como tanto, pues que no ven a la secarrona de mi mamá. Se extrañan por mi piel amarillenta, por mi falta de colorido en mis mejillas, ¿no están viendo sus pómulos verduzcos? Soy Candelaria, debí llamarme así, al final de cuentas, significa «la que lleva la luz». Pero me llamo Esperanza, y como dijo Cortázar: «La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose».
No tuve a mi abuela para defenderme cuando nadie más lo hizo, pero me tuve a mí misma, y me tengo a mi para continuar haciéndolo, al final de cuentas, a eso vine; a defenderme de la vida.










