Querida yo:

Hoy tenemos este encuentro singular que jamás lo hubiera pensado: hablar de nosotras, nunca hubiera imaginado tal encuentro y tal hecho….HABLAR!! Debo confesar que  nunca tuve tiempo para detenerme a pensarlo.

Ser objetivo resulta tan atractivo; cómo temerario, uyy sí, lo dije, temerario, la palabra es la correcta para describir nuestra misión te me ra ri o.

Tengo que hablarte de mí y a la vez escuchar lo que tú quieras decir de ti y me pregunto, ¿No somos acaso lo mismo,? No encuentro el principio ni el fin, en dónde quedo yo y empiezas tú, dónde sientes tú y dónde percibo yo mis propios sentimientos, de esto no fui consciente, hasta hoy que se dio este hecho; de acercarnos, para vernos con ojos compasivos, para acariciar el alma adolorida que todo el tiempo surge y se desborda y entonces yo, no sé cómo acercarme a ti para abrazar la niña que eres tú y contenerte en un íntimo abrazo que te de sosiego y esperanza y  tú, te dejes llevar con delicadeza hasta ese lugar en el que yo, me permita desfallecer por un momento sin sentir que te fallo y me fallo a mi misma y en ese abrazo fundirme a ti, sin miedo y con ternura para sanar de amor toda ruptura, todo engaño, todo abandono, saber que en ello, se nos va la vida si no somos capaces de vernos compasivas, reconocer errores, pues, no somos tan perfectas, que cometerlos nos hace más humanas al aprender de ellos, no dependemos de los que nos critican, somos acaso reflejos de su estirpe. 

Aquí estoy yo y tú estás para mí y somos suficientes, la una sin la otra no pueden existir, esta es la gran noticia, que somos una misma y podemos correr para fundirnos en  abrazos para consolarnos, reconocernos, acompañarnos en la profunda soledad del ser.

Elena Díaz Carrión, marzo de 2026.

Sagrada mazorca

Por: Andrea López Albores

Nada más quiero comer mi elote y ver acontecer los mixtos colores que embalsaman mis ojos cada vez que miro al cielo; y fantasear con imitar el vuelo de un ave que a lo lejos se plasma; asimilar el canto de un loro y el sonido con el que mastica los granos del maíz. 

Nada más quiero comer mi elote, y en el silencio, oír la melodía en la que el aire hace sonar las hojas y las escucho caer al suelo; quiero masticar con lentitud el tierno maíz del que mis ancestros adoraban; probar la sagrada mazorca tierna de un pedazo de tierra fértil donde un día los pueblos cosechaban.

Nada más quiero comer mi elote y saborear cada parte de México, de cuyos platillos nunca pueden faltar; la próspera diosa que se encuentra en todas partes al igual que hojas que brotan de su cabeza; pero de la que el origen de su culto no sabré. 

Quiero masticar y comer mi elote, cuyo cultivo se almacenará en mi estómago; coexistir con las fuerzas naturales que hacen crecer la mazorca, sentarme en el balcón y dejar que mis ojos apunten hacia arriba, donde observo un punto pálido que se asimila a la forma de un reptil y la cabeza del quetzal; el elote que sostienen mis manos representa el corazón de un granero, el oro del campesino y el reflejo de la vida; de cuya salsa brota entre sus dientes, imitando la sangre que sus raíces entrelazan esperando alcanzar un día el cielo.


Elena Díaz Carrión, marzo de 2026.

Trece temporales primaveras

Andrea López Albores

Nunca supe cómo concluíamos los mensajes,
porque nos quedábamos horas compitiendo contra la noche,
como cómplices de una sombra.
El tiempo, dueño del silencio y del miedo,
Yo, suspirándote mil versos,
Tú, ladrón de esos momentos.

Tu pasado fue intacto y cautivo,
el mío, solo murmullos en tu oído.
A ti te costó un suspiro escaso,
a mí, las ilusiones en un año perdido.

Pureza encontraba en tu rostro,
pero fácilmente entre tus manos brotaban cardos.
¡Rosas! (o eso creía), y del mismo color, entre tus entrañas, crecían las hierbas adventicias.

El rocío de mis lágrimas alimentaba tu pastizal, y las flores ignoraban mi llanto.
Volviendo al azul profundo, durante el cielo despejado, confundí la calma de una tormenta, con lo que parecía ser el tiempo de mi retirada.

Tarde comprendí que no fuiste una primavera eterna, sino trece temporadas primaverales. Treinta y siete años de vida prestada, y veinticinco de sueños en fuga.

Lo que creíste sed, en realidad era un río con hambre, y entre mis parcelas crecieron raíces para ahogar tus hierbas como pisada.
Entre ellas, la más profunda raíz se alzó: mis años vencieron tu nada.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *