El anuncio
Leo el anuncio:
“Se solicita joven periodista, recién egresado. 25 años. Sin vicios. Soltero. Con tiempo disponible. 7 mil pesos mensuales. Acudir a 2ª. Nte. y 6ª. Pte. Sin número”.
Encierro el texto de: 7 mil pesos mensuales. Quien puede vivir con siete mil pesos mensuales. Sólo de la renta son tres mil, el pasaje subió y me queda del otro lado de la ciudad; tendré que pagar doble pasaje. Y sí, soy soltero, pero con vicios es difícil encontrar alguien sin vicios. Todos somos adictos a algo, a alguien. La realidad es muy dolorosa para verla de frente, sin sedantes, al desnudo.
Llevo seis meses buscando empleo, he dejado cinco curriculums y todos me dicen que me falta experiencia. ¡Claro que me falta experiencia! ¡Cómo carajos voy a tener experiencia si no me dan empleo!
Caminas en vano todo el día para buscar trabajo, escrupuloso al inicio y derrotado al final del día.
Sí, tendré que acudir a este anuncio, uno más, el último… espero.
Llego temprano, 7:30 a.m. Las oficinas están cerradas pero adentro puedo escuchar mucho movimiento. “Tal vez las impresiones y el tiraje de este día” Pienso.
Busco donde recargarme en la pared. Un perro cruza la calle, con la cola entre las patas, tiene miedo, seguramente de que alguien lo espante o le arroje una piedra. El hambre lo ha de ver traído hasta aquí, son raros verlos en el centro de la ciudad. Camina, husmeando y buscando que comer, no encuentra nada, sigue caminando hasta perderse entre las personas que no notan su presencia.
8 a.m. un carro se estaciona enfrente. El conductor se baja, pone la alarma y se dirige a la entrada, me ve y me pregunta si soy el periodista. Le digo que sí y me invita a entrar. Lo sigo, entramos a un cubículo; es un espacio pequeño y lleno de papeles y carpetas sobre el escritorio, una taza de café y otra con varios lapiceros. La taza tiene rotulado: “I love you” y un corazón rojo.
El hombre se sienta y me invita a sentarme. Me dice: “Qué bueno que vino hoy. Nos urge un buen reportaje. ¿Escuchó la noticia del adulto mayor que descubrieron muerto en su domicilio por el lado norte poniente?
-Le contesto que sí.
-Muy bien, esa será su carta de presentación. Lo quiero para mañana a más tardar.
-Le agradezco señor- Le digo y salgo de ahí.
Saco mi celular de mi bolsillo y reviso la dirección. Me dirijo al domicilio señalado. La puerta está cerrada. Toco la puerta de madera pero nadie abre, vuelvo a tocar y noto que la puerta está abierta y la empujo suavemente. Está oscuro, totalmente oscuro; huele a encierro, a humedad, a abandono, y preguntó: “¿Hay alguien aquí?”, “Buenos días”. Al fondo surge una sombra encorvada y contesta: “Buenos días, ¿Qué se le ofrece?”.
-Me llamo Mario y soy periodista, estoy buscando información sobre la muerte de don Juan, ¿es usted su pariente?.
-Sí, soy su hermano, pase usted adelante, aquí hay más luz.
La oscuridad se extiende hasta llegar a una estancia pequeña, y al entrar la madera cruje; como si al pisarla se quejara. El señor está frente a mí y miro su rostro pálido y sus ojos grises con el color de la tarde perdida, párpados de la tierra. Me invita a sentarme en un sillón viejo, roído por partes de color rojo y olor a humedad. En el fondo una mesita llena de papeles amarillentos y empolvados de tiempo.
-“Le decía que vengo por información de la muerte de su hermano Juan. Lamento mucho su pérdida”
-“La verdad, es que yo no tanto. Él pobre ya estaba muy enfermo y triste. Ya no salía, ni podía ir a bailar al “Parque de la Marimba”. Él fue de los primeros bailarines del parque, no se perdía ni un domingo, ahí conoció a su gran amor, doña María, los dos bailaban y lucían sus pasos cada domingo.
Pero cuando ella falleció hace tres años, la tristeza se quedó y ya no quiso irse. Se empezó a enfermar y dejó de salir. Sin hijos, ni familiares que lo cuidarán aquí, él empeoró. Nadie acudió a verlo. Murió sólo, entre estas paredes, en esta soledad que ahoga, en el eco de su propia voz, en el silencio de todos los días..
Yo no soy de aquí, vengo de muy lejos, vine cuando él falleció y me dieron permiso de quedarme unos días más, en lo que me acostumbro a esta nueva situación”.
-“Sí, comprendo. ¿Podría darme algunos datos de su hermano?”.
– “No quiero hablar, le daré algunos papeles, en ellos está toda la información”.
El hombre encorvado se levanta hacia la mesita de papeles y me entrega una carpeta.
Le agradezco y me despido de él. Salgo de la casa, sintiendo sobre mis ojos la claridad del sol y el deseo de cubrirlos. Una señora se acerca a mí, preguntándome que hacía saliendo de la casa. Le digo que soy periodista y que el hermano de don Juan me había recibido y dado información.
La señora hace una señal de “santiguarse” y a la par expresa: “Jesús, María y José, don Juan no tenía familia y en la casa no hay nadie. A lo mejor se vino a despedir, madre santísima, le vamos a hacer otra novena” y se va rezando.
Mi cuerpo queda petrificado, recordando los ojos grises con color de tarde perdida.
Adela Pérez Jiménez.










