Las luciérnagas de Rolman o  la ecopoesía puede salvarnos de la indiferencia ambiental*

Entonces, escribo/Damaris Disner

Me bastó leer el poema Visitantes de Rolman Constantino para comprender que no estaba frente a un libro más de poesía, tenía un hallazgo luminoso entre mis manos. Como acostumbro hacer con los textos que me cautivan, lo releí varias veces y en cada ocasión me regalaba imágenes precisas; pensé en la grandeza de la sencillez, lo sutil del lenguaje y lo impredecible que puede llegar a ser la lógica interna de un manuscrito.

Cuántas veces no hemos dicho “esta es su casa”, como afirma Constantino en el párrafo puerta. Describe la cotidianidad que se amasa con la alevosía de los visitantes. El elogio excesivo prepara el terreno para desanudar las precauciones. Sentirse en confianza para despojarnos de lo que creemos hace la separación con el otro y que solo nos resguardaba del infortunio.

Y es que así percibo al poeta, tallerista y docente Rolman, con deseos enormes de compartir su vasto bosque interior para que no haya alguien sin cobijarse con la palabra. Se despoja de sí para llevar de beber a los sedientos, que aún desconocen su necesidad de saciarse. 

Hace el llamado con las especies que están en peligro de extinción como lo son las luciérnagas, el bambú, tapir, algunas mariposas, focas y … minotauros.

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Minotauro adulto busca habitación

en hogar a las afueras de la ciudad.

Se pide discreción.

Se promete orden, lealtad y protección.

Y una se pregunta si es poema o microficción o es híbrido que explora el lenguaje para desdibujar los límites. Es aquí donde me recuerda la entrevista que le realizaron al poeta, narrador y ensayista Rogelio Guedea, en donde afirma que el “poema en prosa representa una primera vanguardia”, considerando que su evolución permite el microrrelato. Deduzco que este mismo entramado lo hallamos en varios de los poemas de Rolman, por ejemplo “Belleza”, con la descripción final de lo costoso que puede ser sacrificar animales para producir cosméticos.

Su poética trasluce la admiración y también lo preocupante que resulta ser ajenos al cuidado de la naturaleza, pero no roza ni por asomo el panfleto o una falsa moral, el poeta, conocedor del poder ceremonial de las palabras honra a las especies de animales para elevarlas a dioses del mar y de la tierra al cual deberíamos adorar y aprender de ellos, en vez de aniquilarlos.

Hay luciérnagas debajo de la almohada, editado por Tifón, es también arte-objeto por la destreza de su editor Juventino Sánchez Vera, que las convierte en un símbolo cuando invita a recordar la perfección del círculo, semejante a un oráculo que pende de la sabiduría de la Madre Tierra. Además, que la iconografía permite en interiores un juego de movimiento al paso rápido de las hojas que sugiere el vuelo de una luciérnaga.

Aunque no sea un libro que pueda ser considerado de literatura infantil y juvenil, bien puede leérsele a la niñez, de seguro su mirada se asombrará imaginando al pez linterna cuya fealdad les parecerá atractiva de conocer o se conmoverán con la madre foca que ha sido apaleada hasta matarla para obtener su piel. 

Le auguro a Rolman que sus luciérnagas estarán debajo de la almohada por breve tiempo, porque pronto exuberantes bosques aparecerán para darles la bienvenida. Hoy, Totico, las ha recibido gustoso, ya vendrán más espacios para alumbrar, pronto muy pronto. De mientras, tengamos el privilegio de ser su primer y atento público.

*Texto leído en la Café Totico, el viernes 17 de abril a las 19:00 h.

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