Leer es volver a la infancia

Entonces, escribo

Damaris Disner

Para mis compañeras y compañeros del Diplomado de Mediación Lectora.

A mi padre, por supuesto, mi primer gran maestro que me enseñó a escuchar al universo.

Recuerdo ser la primera de la clase que terminó de completar “Mi Libro Mágico”, pero por timidez no me levanté para entregarlo, esperé que alguien más lo hiciera. Ocasiones como esas se repitieron, conocer la respuesta a las preguntas de las religiosas que nos daban clase, pero nuevamente prefería reservarme. 

Lo que realmente disfrutaba era imaginar historias en el corredor de la casa en Tonalá, Chiapas; un pequeño pueblo costero con el sol bailando sobre los techos, tal vez para ver si salíamos un rato de nuestro escondite, pero lo que provocaba era encerrarnos más, acostarnos en las hamacas o bañarnos a jicarazos.

El intenso calor no mermaba las lecturas de mi papá, quien tenía una pequeña biblioteca en la casa. Casi todos los días recurría a “El tesoro de la juventud” para deleitarme con las fábulas de La Fontaine, de Esopo o diversos cuentos y poemas. Podía perderme horas en ese pequeño espacio donde olvidaba algunas situaciones de mi alrededor, que no me eran gratas, como la enfermedad de mi madre, a mis nueve años.

Yo esperaba ansiosa los domingos. Por un lado, me daban tristeza porque transmitían partidos de futbol y los odiaba, lo relacionaba con la embolia que paralizaba el cuerpo de mi mamá, pero la contraparte era la felicidad de ir a la única revistería del pueblo para comprar las historietas que había en sus anaqueles. 

Al momento que mi papá se estacionaba frente al local, mi alegría se expandía como una bomba de chicle. Era la primera en bajar y elegir mis revistas, entre ellas “Kalimán”, “La familia Burrón”, “Archie” y “Aventuras de Aniceto”; las que quisiéramos mis hermanas y yo. Jamás escatimó en el gasto. Al recordarlo, crece mi infinita gratitud por mi padre, de ese modo incentivaba mi deseo de leer sin limitarme solo a revistas para la niñez o adolescentes, también leía las de él, “Quehacer Político”, “Siempre” y el periódico “La Jornada”, donde buscaba la columna de Cristina Pacheco, Mar de Historias, para viajar con ella a escenarios jamás vistos. 

Tal vez por eso, ahora, en mi edad adulta procuro acercar libros de álbumes ilustrados a la niñez, porque cada día son más escasas las revistas impresas. Disfruto verla leer y preguntar, o bien, que pregunte y tenga a la mano un libro para sugerirles lo que puede responder a sus inquietudes o calmar sus tristezas.  

A través de los libros aprendí a domar los miedos de tomar la iniciativa, a tener la certeza que tengo algo importante para decir, pero sigo disfrutando como una niña de elegirlos, olerlos y empezar un pequeño ritual para leerlos. Con el Diplomado de Mediación Lectora 2025, del Fondo de Cultura Económica y la UAM Xochimilco, en formato virtual, también resignifiqué la palabra leer; ya no se limita a decodificar signos sino contemplar lo que antecede. Y eso, es un regalo que todos los días procuro para mí y para quienes me acompañan.

*Damaris Disner es escritora y tallerista de LIJ. Directora de la Galería Rodolfo Disner. Asesora proyectos literarios y talleres para Estudiantes con Aptitudes Sobresalientes. Contacto: [email protected]

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *