Damaris Disner
Entonces, escribo
A Valeria Valencia, por supuesto.
Mi amiga Valeria Valencia Salinas dice que cuando es la estación de invierno estamos en modo introspectivo. Es el tiempo para guardarnos, para hacer uso de nuestras provisiones -pienso- lo que deberíamos haber considerado en tiempos de proyección. Casi siempre recurrimos a la sabiduría popular de que el momento de vacas gordas es para guarecernos cuando llegue el de vacas flacas.
Es importante considerar aquellos instantes donde nos sentimos sonrientes, sociables, abiertas a recibir, para prepararnos cuando necesitemos estar como ostras, guarecidas en nosotras mismas. Mi amiga Vale también dice, que las mujeres somos como la luna, a veces nos gusta estar visibles como la madre celeste en su fase llena y en otras ocasiones, imperceptibles como en la luna nueva.
Comprendí que a eso debo mis momentos donde no deseo estar expuesta, prefiero la soledad de mis gatos, mi pequeño jardín, mis lecturas a destiempos. Y entre estas últimas llegó, en octubre, la novela de Verónica Murguía “Auliya”, de Ediciones Era.
Me reconectó con mi adolescencia, cuando devoraba libros en dos días y me entretenía relatándoselos a mi hermana mayor, que en aquel entonces se maravillaba de mi buena memoria para describir los capítulos. De esa retentiva prodigiosa ha quedado tan poco.
“Auliya” me hizo sentir de nuevo diferente a lo que estaba a mi alrededor, pero hoy me pregunto ¿quién en la adolescencia no se sintió escuchada ni vista por las personas que más amaba?
La novela está situada en la cultura árabe por lo que adentrarse a ella también es hacerlo en desiertos. Una cultura que parece lejana, pero a la vez es tan cercana en la exclusión, la mirada inquisidora para lo que no es habitual. Su protagonista es coja, de su pierna derecha cuelga el pie, como si no le perteneciera.
Durante la entrevista realizada por Alejandro Arras para la revista “Letras Libres”, Murguía confiesa que desde niña usó un aparato ortopédico por tener el Síndrome de Ehlers-Danlos, el cual provoca articulaciones blandas, reflejándose en pie plano, con el paso del tiempo padeció escoliosis obligándola a usar un corsé de Milwaukee, por el cual su esposo, David Huerta (1949-2022), le escribió un poema íntimo y, en consecuencia, inédito.
Entre Auliya y Verónica, entre personaje y autora, se entretejen historias que mimetizan su esencia mística, además de la conexión con los animales. Sin duda, es la novela que más he releído por capítulos y cada vez, también, me redescubro en ella. Ojalá en este 2026 tenga más lectoras permitiéndose disfrutar sus momentos de introspección o proyección.
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