Ingrid Heinz

Era  festivo en la escuela primaria, en el patio cívico andaban celebrando todos los niños, presentaban sus bailables, cantos y otras cosas. Yo siempre fui adepta a las multitudes. Me comenzaron a picar los dedos y me empezó esa tos ronca que escupía desde el pecho, así que me fui a la parte de atrás de la escuela, donde estaba vacío y no había ninguna persona. Ahí estaban los juegos de los niños, y después de los columpios empezaba un monte que estaba algo crecido. Entré al monte automáticamente. Me puse a recoger varias piedritas del suelo y luego fui a sentarme en una banquita de cemento al lado de la maya que delimitaba la escuela. Solté mi puño de piedritas a lado de mí y me puse a hacer pilitas de piedras. Ya llevaba varias pilitas, cuando se llegó a sentar en la banca a lado de mí.

Ya lo había visto antes. En algunas madrugadas lo había visto en patio de atrás de la casa de mi abuelita. No sé cómo le hacía, su piel rebotaba los rayos de la luna tan risueñamente que en su cara parecía que alumbraba la luz del sol. Ya lo había visto antes. Antes de que se sentara al lado de mí esa tarde, me voltee para mirlo. Sentó al lado de mí su cuerpo delgadito y huesudo, envuelto en su piel bien lisa y morenita. Abrió sus labios amplios enmarcando sus dientes blanquísimos. Le salían chispas de sus ojos cuando me miraba así tan de cerquita, y como sus ojos prietos eras bien grandes las chispas alumbraban bastante.

-¡Ay!- di un brinquito en donde estaba sentada y me talle el bracito con la mano derecha. Me había quemado una de las brasitas que saltaban de sus ojos chispeantes. El sólo cambió su sonrisa, como encantado de haberme quemado. Se llevó una de sus toscas manos a la boca y se puso saliva en su índice huesudo y áspero y me untó la baba en la quemada de mi brazo. –Discúlpame- dijo sin dejar de sonreír y me levantó el brazo para echarle tatito aire con su boca. Yo no entendía como a él no le quemaban las chispitas, si no andaba camisa, solo un pantalón viejo y arremangado, hasta las rodillas; nada más eso llevaba puesto, eso y su pelo bien oscuro y lacio y abundante hasta el largo de la mandíbula, nada mas eso y también sus pestañas tupidas.

Ya lo había visto antes, pero cuando nos mirábamos en las madrugadas, yo casi nunca entendía de qué me hablaba. Sus palabras siempre sonaban bien extrañas, su voz siempre sonaba bien bonita. Esa tarde su lengua no andaba revolviendo las letras y le entendí muchas de las cosas que me dijo. Me pregunó por qué estaba triste, y yo nomás no le supe responder. Sólo sentí como me apretaba el aire la cabeza y entrecerré los ojitos. Fruncí un poco el seño y mostré las puntas de mis dedos para que las mirara. Resbalo la punta de su índice por todo mi meñique.<<Conocí a una niña que no hablaba, ella dejó que se le escurriera su cabello en todo el cuerpo, pero no aguanto el peso, pasaron varios años y ella seguía como de siete años, hasta que se sentó una tarde en la cocina a arrancarse pelo por pelo… esa niña nunca comía tomates, no le gustaban, le daban asco>> me dijo esto dibujando garabatos con la yema de su dedo sobre la palma de mi mano, ya no estaba sonriendo y no me miró a los ojos, hasta de termino de decirme eso. <<A mí me dan asco las señoras al mediodía>> fue lo que le respondí. Me agarró la cara con una mano y con la otra me arrancó un cabello, lo frotó entre sus dedos, y cuando estuvo sujetando una bolita de pelo saco la lengua y se puso el pelo enredado ahí mismo, y tragó ese cabello. –Me voy a llevar tus piedritas- yo moví la cabeza tantito y metí mi dedo en su boca para tocarle la lengua, se había tragado el pelo. Otra vez me sonrió. -¿Cuántos años tienes?- le pregunte, y él me toco los labios con su boca reseca, <<varios más que tú>> fue su respuesta.

-¡Minerva!- volteamos y miramos a la profesora Samara María Delgado desde a trás de los columpios llamándome. Yo me levanté de la banca y el salió brincando como un venado espantado para el otro lado. Me fui con la profesora Samara. -¿Quién era ese muchacho que estaba contigo, lo conoces?- me pregunto ella y yo moví la cabeza de arriba abajo. Ella me miró como con las cejas apretadas y la cara de enojada. -¿Y qué tanto te andaba diciendo?- me volvió a preguntar <<que dejara de estar triste>> contesté.

La demora de mamá

“Madre dijo que no demoraría”,

como una piedra lanzada al vacío,

rompiéndose en arena hasta bailar con el viento.

Como un caracol huyendo de la sal,

dejando un mapa con el rastro de su tormento.

Como la tinta fresca derramada sobre un papel en blanco,

esparciéndose como una enfermedad rara por su cuerpo.

Como una muerte a manos del tiempo,

tras ser arrollada por las manecillas de un reloj viejo.

Que no demoraría dijo madre,

Madre no dijo que demoraría.

-Jen Zenteno

La demora de mamá

Sorbo la poesía,

como un jugo agrio en una tarde de verano,

con un popote de nicotina y cenizas.

Como un silencio incomodo en una cena romántica,

monótono como tu rostro de vidrio,

tartamudeando respiraciones y parpadeos.

Sorbo y absorbo como nube a reventar,

reventar los cielos con truenos y sollozos,

unir los cielos con el suelo del mar.

Nado en la nada que nos queda,

ya nada queda de este ahora, de este nunca y del quizá.

Ya nada queda por sorber.

-Jen Zenteno

Todo vuelve

“Vuelven los ojos locos y todo lo vivido”.

Los ojos locos y todo lo vivido vuelven,

como los golpes de tu puño contra mi puerta, 

traídos por el viento, o el destino.

Todo lo vivido vuelve,

como Dios al tercer día de su muerte, 

traído por un alma, o por la culpa.

Todo lo vivido vuelve,

como los moluscos a la arena ardiente, 

traídos por las olas, o por el barco mismo. 

Todo lo vivido vuelve,

como tu rostro reflejado en mis pupilas, 

traído por un último saludo, o una primera despedida.

Si todo lo vivido vuelve, 

Si vuelve todo lo vivido,

Me gustaría tenerte entre mis brazos.

Me gustaría entre mis brazos tenerte.

-Jen Zenteno

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