Malnutrición en los estados con riqueza gastronómica.
Marco Alvarado / Diario de Chiapas
La carencia alimentaria en México va más allá de la sensación de hambre; es una crisis crónica de salud, desarrollo y productividad que se concentra en el sureste del país.
De acuerdo con el más reciente informe de Pobreza Multidimensional 2024 del INEGI, Chiapas encabeza la lista de entidades con el mayor porcentaje de población que sufre esta carencia.
El problema no radica únicamente en la falta de alimentos, sino en la calidad nutricional.
Miles de familias en situación de pobreza se ven forzadas a evitar el hambre ingiriendo productos de bajo costo y alto contenido calórico, pero con nulo valor nutricional.
Esta situación genera una “doble carga” de desnutrición: mientras persisten las deficiencias, se disparan los índices de sobrepeso y obesidad.
El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) ha puesto especial énfasis en la “carencia por acceso a la alimentación nutritiva y de calidad”, ya que sus efectos son profundos y multifacéticos.
La lista de las entidades más afectadas está dominada consistentemente por la región sur-sureste, creando una paradoja donde la mayor riqueza gastronómica y variedad de alimentos naturales del país coexisten con los niveles más altos de carencia.
A Chiapas lo acompañan en los primeros lugares Guerrero, Oaxaca, Veracruz y Puebla.
Los efectos más graves de esta carencia se sienten en la población infantil y en grupos vulnerables como la población indígena y las zonas rurales.
La falta de una dieta nutritiva tiene consecuencias devastadoras en el desarrollo del capital humano, ya que la desnutrición crónica provoca baja talla para la edad, mientras que la falta de micronutrientes esenciales afecta el desarrollo psicomotor, neurológico e intelectual, limitando de por vida el potencial de aprendizaje y las oportunidades educativas.
El consumo de alimentos de baja calidad nutricional aumenta los casos de diabetes, hipertensión y cardiopatías en la población adulta.
Además, en el caso de las mujeres, se registra una alta prevalencia de anemia y un debilitamiento generalizado del sistema inmunológico.
La conclusión más preocupante de los informes de INEGI y CONEVAL es que la desnutrición crónica y la inseguridad alimentaria atrapan a las familias en el ciclo de la pobreza.
Los niños que crecen con estas carencias inician su vida con menos oportunidades educativas y laborales, lo que inevitablemente perpetúa el rezago en la siguiente generación.










