Persiste la violencia en la disciplina infantil

Marco Alvarado/ Diario de Chiapas
A pesar del consenso en ámbitos educativos sobre los efectos adversos y psicológicos permanentes del castigo físico, en muchas familias de Chiapas persiste la “costumbre” de disciplinar a los menores con violencia.
El uso de cinturones, zapatos o cachetadas, acompañado de gritos e insultos, se ha normalizado como un método de educación, a pesar de que investigaciones psicológicas demuestran los graves daños que ocasiona.
Los estudios señalan que los niños expuestos a la violencia pueden desarrollar baja autoestima, ansiedad, miedo, depresión y sentimientos de soledad. Además, tienden a volverse más hostiles y agresivos, imitando el comportamiento de sus cuidadores.
La violencia en la infancia puede incluso afectar la arquitectura cerebral en desarrollo, aumentando el riesgo de problemas de salud mental en la edad adulta.
Datos de la organización Pacto por la Primera Infancia revelan una situación alarmante en el sureste mexicano, incluyendo Chiapas, donde cinco de cada diez menores son disciplinados con métodos violentos.
Esta práctica no solo vulnera el derecho de los niños a ser protegidos, sino que, de manera más trágica, se han registrado casos extremos: en 2022, la entidad reportó tres homicidios de menores de seis años, reflejando el alto grado de violencia al que algunos niños están expuestos en el seno familiar.
Contrario a la creencia popular, el castigo corporal no enseña a los niños a entender por qué su comportamiento es incorrecto; más bien, los motiva a evitar el castigo, lo que puede deteriorar sus relaciones familiares y aumentar la probabilidad de desarrollar comportamientos antisociales.
Para hacer frente a esta problemática, la organización tiene metas específicas en la entidad. En 2024, el actual gobernador, Eduardo Ramírez Aguilar, firmó un compromiso para “avanzar en la erradicación de todas las formas de violencia contra la infancia, al disminuir en 20 por ciento el uso de métodos violentos de disciplina”.
Este ambicioso objetivo busca reducir no solo el castigo físico, sino también la violencia sexual y las desapariciones de menores.
Si se cumple esta meta, se estima que hasta 820 mil niños y niñas en Chiapas podrían crecer en entornos familiares más seguros, libres de golpes o insultos.

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