Unidades cansadas, gastadas; asientos mordidos por el tiempo: espumas descubiertas, telas rotas, fierros que se sienten en la espalda
Cinthia Ruiz / Diario de Chiapas
Desde el 24 de diciembre, como si fuera un “regalo” anticipado de Navidad, el transporte público en Tuxtla Gutiérrez aumentó un peso. El pasaje ahora cuesta 11 pesos. La noticia se dio sin mayores anuncios, pero se confirmó en la práctica: el chofer estira la mano y sentencia con voz firme, “son once”. El aumento llegó puntual; el servicio digno, una vez más, no.
Las combis siguen siendo las mismas de siempre. Unidades cansadas, gastadas, que parecen arrastrar no solo personas, sino años de abandono. Los asientos donde uno se sienta están mordidos por el tiempo: espumas descubiertas, telas rotas, fierros que se sienten en la espalda. Algunas ventanas no abren, otras no cierran, y varias simplemente están ahí de adorno. Las puertas, en lugar de cerrar suavemente, retumban como un trueno cada vez que el chofer arranca o se detiene.
Pero el aumento no vino acompañado de límites. Al contrario. Dentro de la combi, la escena se repite: cuerpos apretados, mochilas chocando, piernas que ya no saben dónde colocarse. Se escucha la voz del chofer, casi como un mantra cotidiano: “sí pasa, pasa, sí entra, recórranse”. Y la gente se recorre, aunque ya no haya espacio. Algunos van sentados “en el aire”, sostenidos solo por el equilibrio y la resignación.
En enero, las quejas viajan junto con los pasajeros. En las primeras semanas del año, no hay combi donde no se escuche el reclamo. El chofer insiste: “falta un peso, falta un peso”. Y desde el fondo, entre murmullos y suspiros, surge la pregunta colectiva que nadie responde: ¿y cuándo van a arreglar las unidades?, ¿cuándo van a componer esta ventana que no abre?, ¿cuándo van a arreglar esta puerta que parece que se va a caer?
Las personas que usan el transporte público no piden lujo. Piden dignidad. Son trabajadores que regresan cansados, con jornadas pesadas encima, con el calor aún pegado a la piel. Lo menos que esperan es un trayecto seguro y cómodo, de su casa al trabajo y del trabajo a su casa. Once pesos no suenan a mucho, hasta que se pagan todos los días por viajar incómodo, apretado y con miedo a que algo se descomponga en el camino.
Cada año ocurre lo mismo. El aumento llega puntual, casi automático. Pero el mantenimiento se queda en promesas invisibles. No hay renovación de unidades, no hay reparaciones visibles, no hay mejoras reales. Solo el cobro exacto y la exigencia inmediata.
El pasaje ya subió. Eso está claro. Ahora la pregunta sigue flotando en el aire de las combis, entre el ruido del motor y el golpe de las puertas: ¿cuándo va a subir la calidad del servicio? Porque pagar más por lo mismo, o por menos, también es una forma de viajar, pero no precisamente hacia adelante.










