¿Por qué nos hemos vuelto tan asociales?

Perita Cernas

El aroma fresco de las plantas que recibieron el rocío de la madrugada, el de los huevos friendo encima del sartén, las aves discutiendo estrepitosamente entre las ramas de los árboles frutales, el reloj presionando y el perfume de flores sobre mi cuello liso y joven. Y, mientras todos corríamos para comenzar el día, mi cabeza tintineaba, era una emoción similar a la ansiedad, excitación y terror. El comenzar un curso, saber que quizás habrían alumnos nuevos, incluso ensayar frente al espejo muecas, tonalidades en la voz y actitudes. Así cada que me preparaba para conocer nuevas personas. 

Eso se ha ido desdibujando en la vida cotidiana, «casi» sin que lo notemos. Antes, iniciar una conversación con un desconocido no era un acto extraordinario. Hoy, en cambio, puede sentirse como una intromisión. Y qué decir de sostener una charla larga sin mirar el celular, se ha vuelto raro. Hacer amigos nuevos —de verdad nuevos— parece requerir un esfuerzo que antes no estaba ahí. Porque si bien podía provocar incomodidad o vergüenza, se podía superar y se sentía como un acto humano. Ahora, parece el guión trazado para alguna grabación que será utilizada en redes sociales, para ganar likes en vez de conexiones.

Hace poco platicaba con una de mis asesoras de marketing digital, me preguntaba si mi objetivo era el alcance o la venta de mis servicios, le dije que sí, naturalmente, pero que mi principal meta era la de crear una comunidad, no estaba interesada en tener una cantidad monumental de seguidores desconocidos, sino de personas a quienes pudiera leer, escuchar, con quienes se pueda compartir.

Tampoco puedo decir que detesto el poder de la tecnología y su influencia en nuestro cambio social, pero provoca que me pregunte: ¿Estamos transformándonos en seres asociales?

La tentación inmediata es culpar a la tecnología. Pero reducirlo a eso sería simplificar un fenómeno mucho más complejo. Lo que está cambiando no es solo el medio a través del cual nos comunicamos, sino la lógica misma de nuestras relaciones. Incluyendo en este sentido valores y principios, y por supuesto que cuando la cultura de una sociedad en concreto atraviesa un cambio, es normal observar cambios en la percepción de dichos valores y principios, porque ya no están establecidos, sino que ahora se mueven.

El filósofo Byung-Chul Han ha señalado que vivimos en una sociedad donde los vínculos tienden a volverse funcionales. Nos relacionamos en función de objetivos, de productividad, de utilidad. Incluso el ocio —ese espacio que antes parecía reservado para el encuentro— ha sido absorbido por la lógica del rendimiento. Estamos conectados todo el tiempo, sí, pero esa conexión rara vez implica convivencia. Más bien, produce una ilusión de cercanía que se agota en un like, un comentario, una respuesta breve.

Por su parte, el sociólogo Zygmunt Bauman describía este fenómeno como parte de la «modernidad líquida»: una época en la que todo es flexible, cambiante, fácilmente reemplazable. Las relaciones no escapan a ese criterio. Se vuelven más frágiles, más ligeras, menos exigentes. Vínculos que no piden demasiado tiempo, ni compromiso, ni permanencia. Y, precisamente por eso, vínculos que pueden romperse sin demasiado costo emocional.

En este contexto, la profundidad empieza a sentirse extraña. Construir comunidad implica tiempo, paciencia y, sobre todo, vulnerabilidad. Tres elementos que chocan frontalmente con una cultura que premia la inmediatez, la eficiencia y la autopresentación constante. Mostrarse disponible, escuchar sin prisa, sostener silencios… todo eso parece ir en contra del ritmo que hemos aprendido a habitar.

Pero sería un error pensar que este cambio responde a una transformación natural de nuestra forma de ser. No es que de pronto hayamos olvidado cómo convivir. Más bien, estamos inmersos en estructuras tecnológicas y económicas que reconfiguran la manera en que nos relacionamos. Nos empujan hacia interacciones rápidas, medibles, optimizadas. Nos enseñan a estar presentes en todas partes, excepto en el lugar donde realmente estamos.

Y así aparece la paradoja: nunca habíamos tenido tantas formas de contacto, y sin embargo, cada vez cuesta más construir vínculos significativos.

Tal vez la pregunta no sea si nos estamos volviendo asociales, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo. La convivencia profunda empieza a sentirse como una excepción, si no prestamos atención a este cambio, corremos el riesgo de quedarnos con una red infinita de conexiones… y muy pocos espacios donde realmente pertenecer.

La conversación, al final, sigue abierta: ¿qué está erosionando más nuestra capacidad de convivir —la tecnología, el trabajo o el individualismo?

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