Eduardo Marsan/ Agencias
La madrugada del 1 de enero de 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) lanzó una declaración de guerra contra el Estado y tomó por las armas cinco cabeceras municipales en Chiapas: San Cristóbal de las Casas, Altamirano, Las Margaritas, Ocosingo y Chanal.
Se cumplen tres décadas de aquel capítulo de la historia que cimbró al sector político y social de México; desde entonces aún quedan vestigios de aquel movimiento.
EL LÍDER DETRÁS DEL EZLN
Rafael Sebastián Guillén Vicente, según la investigación del gobierno en 1995, sería el portador de la identidad civil del Subcomandante Marcos, el líder que encabezó las exigencias del Ejército Zapatista, quien presentó su tesis de licenciatura en filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en octubre de 1980, con el título “Filosofía y educación, prácticas discursivas y prácticas ideológicas. Sujeto y cambio históricos en libros de texto oficiales para la educación primaria en México”.
Posteriormente fue profesor de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de la Ciudad de México. El maestro impartía la materia de Diseño gráfico para la comunicación pero en los deberes escolares solicitaba leer textos de Michael Foucault, Carlos Marx o Louis Althuser, su idea era crear “un diseño con carácter social”.
“No es lo mismo correr con tenis por las islas de la UNAM que desplazarse con botas en medio de lodazales cargando uniforme y pertrechos (…) el trabajo de investigación de Rafael Guillén parece una modesta pieza de oratoria universitaria diseñada por un muchacho inteligente e informado”, refiere Hugo Enrique Saez Arreceygor, investigador y catedrático de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) quien analizó a detalle el documento de titulación en la Revista de Pensamiento Crítico Latinoamericano “Pacarina del Sur”.
El investigador de la UAM también refiere que, “en las páginas juveniles de Guillén, los indígenas son todavía más invisibles: ninguna mención se dedica a ellos en el texto. Me queda la impresión de que en el texto de la tesis ambos discursos (el filosófico y el político) se desenvuelven a partir de posiciones irreductibles que acomodan los hechos a consignas previas, sin apelar a datos precisos que se relacionen entre sí”.
“Guillén Vicente se adscribe a la visión pedagógica de la revolución: Marx escribió El Capital con la ilusión de que un obrero pudiera educarse en sus páginas para hacer la revolución. Marcos rompe con la visión pedagógica clásica (…) entiende que el educador necesita ser educado y se sumerge en medio de los oprimidos: el príncipe sirve al pueblo y el pueblo sirve al príncipe”, concluye Saez Arreceygor.










