Entonces, escribo/Damaris Disner
Comencé a escribir sin tener una guía. Y también a leer de manera azarosa. Lo que realmente deseaba era espantar los pensamientos intrusivos que hacían de mis días de infancia una serie de supersticiones escabrosas. Si no hacía esto o lo otro, algo terrible le pasaría a alguien que yo quería, entonces lo que antes hacía de manera automática se volvió un letargo salpicado de ansiedad.
La situación no inició por generación espontánea. Mi madre se había enfermado y me sentía culpable de que su salud no mejorara. Esto tiene que ver con la religión que hasta hoy profeso: la católica; que un amigo insiste en alejármela. En el colegio te hablaban de un Dios castigador, encargado de vigilar lo que no se veía a simple vista. Y yo en mi afán de viajar a esta ciudad capital, le había pedido que mi mamá no se recuperara para que al otro día estuviéramos en carretera.
Tal vez, Dios ni me escuchó, tan ocupado es desde el principio de los tiempos, pero yo me atribuí la pena. Parecía que la finalidad era hacer que mi niñez estuviera marcada por sentimientos de culpa y enojo. Claro, cuando iba a la iglesia, y al ver tantas imágenes de sufrimiento me recordaban a mi madre, entonces sin que pudiera mediarlo comenzaba a insultar -en mi mente- a aquel ser que me había llevado derechito a la desolación.
Y ahí, entre los tormentos mentales, el dolor de ver a mi mamá enferma y el calor insoportable de Tonalá (sí, de seguro eso también influyó, hay que cargarle la responsabilidad a un tercero, de ley), empecé a leer con voracidad. Los libros que mi papá iba adquiriendo pasaban por mis manos. Jamás me prohibió algún título. También leía los semanarios, revistas y hasta la de Alarma, esa, la más roja que un borbotón de sangre.
Me llenaba de calma leer, tal vez pensaba que mi vida no era tan difícil si había personajes más atormentados que yo. Mi mente ágil se entretenía de su maraña con las historias que aparecían ante mis ojos, aunque también gozaba de historietas, cuando los domingos mi papá nos llevaba a mi hermana y a mí a comprarlas.
¿Y la escritura? Llegó cuando estaba en la adolescencia, las primeras desilusiones amorosas trazaron su ruta, “El tesoro del declamador” con sus 400 poemas, hacía su chamba al inundarme de nostalgia, aún recuerdo los primeros versos de “El seminarista de los ojos negros”, de Miguel Ramos Carrión, cómo no iba a ser yo tan ilusa -y no lo he perdido del todo- en aquellos años.
Pero desde ese momento tuve la certeza que deseaba, necesitaba ser escritora. Cuando cursé la preparatoria con mi mejor amiga, de aquel entonces, prometimos que ella defendería a un mexicano en Estados Unidos ganando el caso, ya que deseaba ser abogada, mientras yo prometí ganar el Nobel. Reconozco que hay promesas arrebatadas en la juventud. Ojalá ahora sí tenga la certeza que Dios me escucha. Por lo pronto, me recuerda que siempre es un buen momento para transmutar lo indecible en un testimonio de esperanza.










