Un trozo de azúcar bajo las suelas, vaticina las lecturas del martes

Damaris Disner / Diario de Chiapas

Preparar un texto de una cuartilla puede llevar tres horas, o una, o veinte minutos. ¿Y de qué depende? De la profundidad del mismo, de la inspiración, de los ruidos internos y externos o del absurdo que nos visita todos los días.

Recuerdo hace años escribir un texto para la videocolumna del mismo nombre “Entonces, escribo” que junto con mi amigo Juventino Sánchez Vera realizábamos. Yo escribía y leía, él grababa. Me encerré en mi improvisado estudio en la primera sede de la Galería Rodolfo Disner para redactarlo. Salí dos horas después triunfante, con el objetivo alcanzado. Mi cuñado con su insípido sentido del humor solo afirmó categórico “tanto tiempo para escribir una cuartilla”.

En ese momento no supe si mandarlo por el chicharrón que tanto le gustaba a mi papá o fingir sordera o lo que no le dije “a ti qué te importa mi tiempo”.  A menudo creo que no debí pasar tantos años en ese colegio de religiosas y creerme a pie juntillas los buenos modales.

Pero tal suceso revive hoy porque disfruté parte de mi mañana leyendo a Albert Camus y a Adela Fernández, unidos por el hilo del absurdo. Se detonó por el sueño que tuve durante la noche y al despertarme le mandé un audio a mi querida amiga escritora Karla Barajas, para decirle sobre el mismo, me dijo “escríbelo antes que se te olvide”. No lo hice de inmediato porque a mí las sugerencias o me llegan tarde o no las hago con prontitud por mi natural desidia. Así que primero le di el desayuno a mis gatos, luego me preparé el mío para después leer y hasta ahora, ya de tarde, redactar lo presente para que salga publicado mañana, o sea hoy que ya lo estás leyendo. Es cuando llega la certeza que el futuro se prepara en el pasado.

En mi sueño buscaba la casa de Beatriz Espinosa, directora de “El Carretón de la Lectura”, me perdía entre calles que estaban en remodelación, hasta que Bety me llamó para recordarme su dirección, la cual en ese momento recordaba cómo llegar. Me subía a la combi cargando una bolsa de popó de mi perro Trino, que ya no está en este plano, en un frenón que dio el conductor salió volando debajo de los asientos, mientras yo lo buscaba frenéticamente. Esto me hace recordar el capítulo de Rayuela de Julio Cortázar, donde el personaje busca un terrón de azúcar debajo de la mesa de un elegante restaurante, el mesero trata de ayudarlo, creyendo tal vez que es un bolígrafo Montblanc que se le ha caído, pero realmente es su manía de imaginar qué algo pasará si no levanta ese terrón de azúcar que para ese momento ya estaría derretido bajo las suelas de varios zapatos.

Con la atmósfera del sueño y la realidad se entreteje lo absurdo de la vida. Leer el ensayo El Mito de Sísifo de Camus convirtió el martes en una especie de vale filosófico para encarar la incertidumbre. Y entre las muchas frases que subrayé (sí, he vuelto a subrayar los libros), comparto las siguientes: “Pensar es aprender de nuevo a ver”, “todas las grandes acciones y todos los grandes pensamientos tienen un comienzo irrisorio”, “el universo del gato no es el universo del oso hormiguero”, “preservar aquello que me abruma, y respetar, en consecuencia, lo que juzgo esencial en él” y entre mis preferidas ésta: “No se vuelve uno hacia Dios sino para obtener lo imposible. Para lo posible se bastan los hombres”, atribuida a Chestov. 

Mi necesidad de leer al francés Camus surgió porque en mi sueño yo le decía a mi amada sobrina Itatí, después de bajarme de la combi donde perdía la caca de Trino, que la vida se disfruta, aunque sepas que te vas a morir, porque es el trayecto lo que importa.  Desperté con la convicción de leer El Mito de Sísifo porque sabía que hallaría respuestas. Y sí, está la disertación sobre los suicidas bajo la lupa de varios filósofos e imaginar la belleza de Sísifo dichoso.

¿Y por qué entrelazarlo con la escritora mexicana Adela Fernández? Porque llevo dos días leyendo Duermevelas, que se encuentra en la colección 25 para el veinticinco del Fondo de Cultura Económica, y es realmente un prodigio. El cuento de La jaula de la tía Enedina es magistral. Lamento no haberla conocido antes. Se ha agregado entre mis preferidas junto a Ámparo Dávila, Guadalupe Dueñas -que también se encuentran en la mencionada colección-, además de Samantha Schweblin -de quien tuve referencias gracias a Karla Barajas-, Silvina Ocampo, quienes exploran lo siniestro, lo fantástico, lo absurdo; aquí en Chiapas no puedo dejar de mencionar a Cristina Patishtán, quien está al nivel de las escritoras en este género y gracias a ella ha resurgido el interés personal por explorar otras narrativas.

Iba a escribir una cuartilla, pero me ganó la pasión por lo absurdo, porque desde niña he vivido entre lo ilusorio y el universo que se niega para no anunciar lo improbable. Por cierto, este viernes 28 de agosto estaremos mis queridísimas escritoras, Barajas, Patishtán, Victoria Díaz y yo en una actividad en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas dirigida a estudiantes de la Licenciatura de Escritura Creativa. Y por la tarde, moderaré la presentación de “Mr. Luengo” de Maricruz Aguilar, bajo el sello de Tifón, cuento con el que ganó el primer lugar en el concurso “Chiapanequidad”; presentarán mi querido amigo, Héctor Cortés Mandujano, y Carlos Román, en Café Totico de la Casa de las Artesanías, a las seis de la tarde. La edición es una sorpresa que estoy segura te encantará llevarte a casa. 

Contacto: [email protected]

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