– “Volveremos a despertar”-; dijo la madre aquella tarde, en esa misma habitación típica de los barrios antiguos. Su expresión y su mirada me dejó intranquilo.

– “Volveremos a despertar”-; dijo una vez más la mañana de aquel jueves antes de levantarse. Tomó su comida, que estaba en su charola de plata oscura, la que él le dio cuando aún era su novio.

Luego de contemplar su plato más que alimentarse, volvió a sentarse frente a la ventana para ver a su gallina oscura.

-“Volveremos a despertar”-; dijo en otra noche tan sola como ella.

Fui a verla de nuevo. Vi su dolor en el rostro y me invadió la tristeza. Y sin darme cuenta rodaron mis lágrimas.

-“¿Por qué lloras?”-; me preguntó molesta. 

-“Usted lo sabe”-; le contesté.

-“¡Ese ha sido tu problema!”-; dijo en tono de queja, con una lucidez que hace tiempo no veía en ella. Y con un golpe sordo sobre su buró me dijo con completa seguridad:  

–“Tú no has entendido, por más vivo que estás. Él está esperándome en aquel astro, con sus camisas cuadradas. Porque acá estamos dormidos”-. Sentí un escozor enorme por dentro. Fue lo último que dijo esa tarde.

Hoy, ella ya no está. Sin embargo, su voz la escucho diario, como lo hace también su jardín de rosas auditivas, con la misma frase: “Volveremos a despertar”. 

Karla García Bermúdez

COMPARACIONES:

Las mariposas como un libro ágil y colorido, un parpadeo de alegría, un ángel de primavera.

Tu corazón como puño de valiente, como piedra preciosa carmesí, como regalo de la vida

Mi corazón como oro intrínseco, como criatura recién nacida, como cofre más preciado hundido en el mar.

El mar como el infinito, como dios enojado, como pradera azul.

Mi sombra como espejo oscuro, reflejo ambiguo, compañera de aventuras a deshoras.

La luna como tu rostro, como guía, como lámpara nocturna.

El día como sonrisa de bebé, como agua limpia, como niña en la escuela dispuesta a aprender.

El árbol como padre, como casa, como la protección que da el amor.

Eres como sol, como el agua, como el aire y la sal.

Tus ojos como niño que ama, como lago profundo, como noche de luna llena.

La noche como el misterio, como otra realidad, como la oportunidad de ser o no ser.

Tu boca como el descanso, como el dulce de la mía, como jugosa fruta que he merecido

Tu rostro como el sueño que me alegra, como lo real en mi vida, como lo que quiero ver cada mañana. 

Tus manos como sostén de esperanzas, como pala que saca lo malo, como fuertes hombres que construyen nuestro hogar.

Te rodeo como el sol a la tierra con sus rayos y su luz, como danzante frente al fuego en un ritual, como el mar a tus pies y a tu cuerpo.

Tu ombligo como territorio codiciado, como pozo profundo de secretos, como cicatriz de la vida

Tus pupilas como el horizonte, como espejo de mi ser, como del sueño del que no quiero despertar.

Karla García Bermúdez

Fauna nocturna

Sarita escuchó hablar a sus papás sobre la existencia de fauna nocturna. Pero no de esas especies que vio alguna vez en el zoológico; sino otra especie, una muy citadina, al parecer. Entre las paredes de la cocina y las puertas entre abiertas de los cuartos escuchó sus voces mencionar sobre el hábitat y comportamiento de esta.

Un día, Sarita conoció esa fauna en una salida con sus padres a una boda. Ya entrada la noche, luego de que sus papás lustraran con pasos rítmicos la pista de baile de aquella fiesta, cansados se subieron al carro para ir directo a casa. 

Cuando atravesaron el centro sobre la ruta acostumbra, Sarita notó algo diferente. Cierto, era la misma calle que transitaba con su mamá hacia el súper cada lunes por la tarde, la misma vía cuando regresaba de pasar tiempo juntos en el trabajo de papá. Pero a esa hora de la noche, había una inusual negrura en las calles. La oscuridad se había apoderado hasta de las luminarias. 

Como si esa misma negrura fuera una señal, conforme avanzaba el coche sobre la avenida, de entre las puertas, enrejados y callejones, salían como hormigas diversos personajes. 

Un borracho salió de una cantina vieja; más borracho de amargura que de alcohol, seguido de una mujer obesa, delineada a contraluz del umbral de la puerta que, con vociferaciones, exigía un pago. Mujeres paradas en las esquinas, tan altas como su padre, con cabellos tan lacios como la keratina de su madre, pero que vestían prendas que jamás había visto en el closet de ella. Un joven acostado sobre la banqueta, con una cuerda amarrada en la cintura y sin un zapato, que en su mano sostenía una botella vacía. 

Con esa postal, enmarcada con luces parpadeantes de lámparas apunto de fundirse, y otras tenues de letreros viejos, Sarita se sobrecogió; pero, al mismo tiempo -de alguna manera- un sentimiento vio la luz en la inocencia de su corazón: la compasión, que nació al observar esta escena sin parpadear.

De pronto, el gruñido de un gato la asustó e hizo que volteara hacia la otra ventana de su asiento y vio entonces la enorme cola del animal.

– “Papá, ¿el gato es también fauna nocturna?”-; preguntó la niña.

– “¿Por qué lo dices, Sarita?”-; cuestionó el papá.

– Porque mamá y tú siempre hablan de una fauna nocturna. ¿Se refieren a los gatos?

Los padres de Sarita se quedaron callados, y ambos voltearon a verse sorprendidos con los ojos bien abiertos, con una mirada tan cotidiana entre ellos cuando intentan deslindar responsabilidad de alguna situación y se decían uno al otro “es tu culpa”, “no es mi culpa, tú hablas muy fuerte”; “me culpo y te culpo”. 

Sin embargo, ambos reconocieron y expresaron casi al unísono: “no, yo me culpo”. “Los dos somos culpables de hablar lo que no debemos frente a la niña”. Para entonces, Sarita ya se había dormido.

Desde aquella noche, los padres de Sarita cuidaron más sus palabras y dejaron de transitar por esas calles oscuras con su hija. Pero una cosa es cierta, sin importar la hora o situación, es inevitable ver la fauna nocturna. 

Karla García Bermúdez

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