A quienes creyeron en mí

A quienes creyeron en mí

 Jorge Toledo: a veinte años, la gratitud permanece

Juan Sabines Guerrero

Hay personas que siguen acompañándonos aun después de partir.

En las próximas semanas se cumplirán veinte años de la elección que me dio el honor de gobernar Chiapas. Días antes se cumplirán también veinte años de la partida de Jorge Toledo Coutiño.

Las victorias nunca pertenecen a una sola persona. Detrás de cada etapa importante de nuestra vida hay mujeres y hombres que nos tendieron la mano, nos abrieron una puerta, nos dieron un consejo o simplemente apostaron por nosotros cuando el futuro todavía era una incógnita.

Muchos de ellos ya no están. Por eso he decidido dedicar una serie de artículos a su memoria. No para reconstruir la historia política de aquellos años, sino para agradecer a quienes dejaron una huella profunda en mi vida.

Empiezo con Jorge.

Pero antes de Jorge estuvo Gerardo.

Conocí a Gerardo Toledo en 1995, cuando era Director de Servicios Educativos y Desarrollo Social en la Delegación Cuauhtémoc. Un día llegó a mi oficina acompañado de Salvador Constanzo y Pedro Cancino, dirigentes del Frente Juvenil. Aquella reunión terminó convirtiéndose en una amistad que marcaría buena parte de mi vida pública.

Gerardo me presentó a Jorge. Nos encontramos en un Sanborns junto con Germán Jiménez. Ahí comenzó una amistad que me acompañó durante muchos años. Era evidente el profundo cariño que Jorge sentía por Gerardo.

Cuando regresé a Chiapas, Jorge no solo me abrió las puertas del Diario de Chiapas. Me abrió las puertas de su familia. Recuerdo especialmente una comida en El Jobo, en 1995. Ahí reunió a varios jóvenes que apenas comenzábamos a construir un proyecto político. Algunos siguieron caminos distintos; con otros la vida volvió a cruzarme. Aquella reunión fue también una apuesta por el futuro.

Al año siguiente lo invité a Acapulco. Durante ese viaje hablamos largamente de su vida. Me contó la persecución política que sufrió y la prisión injusta que enfrentó por delitos inventados. Nunca encontré en él resentimiento. Encontré fortaleza y dignidad.

Ya instalado de nuevo en Chiapas, Jorge me presentó a su hermano Rogelio. Él también me abrió las puertas de su casa. Viví ahí durante un año, en una etapa decisiva de mi regreso. La generosidad no era una virtud de uno solo de los hermanos Toledo, sino un rasgo de toda la familia. Jorge, Rogelio, Gerardo, Lupita, Carolina e Indra me recibieron como a uno de los suyos.

Ese afecto también unió a nuestras familias. Mi madre y doña Ruth compartieron una amistad entrañable, sostenida por el cariño, la fe y una profunda devoción. La generosidad que distinguió a la familia Toledo Coutiño nació en doña Ruth, una mujer en cuya mirada solo cabía el amor.

Jorge no regalaba su confianza. La brindaba a quienes consideraba merecedores de ella.

Siempre conté con su respaldo durante mis tres campañas electorales y en los años que siguieron. Nunca confundió la amistad con la complacencia.

Era un hombre libre, de humor demoledor, sarcasmo inteligente, sonrisa franca y una generosidad sin límites.

La vida no quiso que alcanzara a ver el triunfo de 2006. Falleció apenas unos días antes de la elección. Me habría gustado abrazarlo aquella noche y decirle simplemente:

«Lo logramos.»

Porque ese triunfo también pertenecía a quienes habían creído desde el principio.

Años después, siendo gobernador, impulsamos la colocación de su busto en la Plaza de la Libertad de Expresión, como reconocimiento a su trayectoria y a su defensa del periodismo chiapaneco.

Hubo también momentos difíciles. Sin mi conocimiento ni autorización, una actuación indebida de autoridades encargadas de procurar justicia generó una situación que nunca debió presentarse para Rogelio. En cuanto tuve conocimiento de lo ocurrido intervine de inmediato y dejé claro que en mi gobierno no habría espacio para encarcelar a periodistas, editores o directores de medios por el ejercicio de su labor. Ése fue un compromiso que asumí desde el inicio de mi administración y que cumplimos: derogamos la llamada «Ley Mordaza», liberamos a periodistas y editores que permanecían injustamente privados de su libertad y rompimos una larga y dolorosa tradición que durante décadas lastimó a Chiapas. Durante mi gobierno no hubo un solo periodista o editor encarcelado, desaparecido o asesinado. Lamento que aquel episodio haya dejado una herida entre nuestras familias que tardó años en sanar.

Con el paso de los años, el Diario de Chiapas mantuvo una línea editorial crítica hacia mí después de haber dejado el gobierno. Lo asumí como parte de la libertad editorial que siempre he defendido.  Nada de eso borra, sin embargo, la gratitud que siento por Jorge y por la familia Toledo Coutiño.

Hoy, cuando el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar ha convocado a la reconciliación entre los chiapanecos y ha tenido la generosidad de honrar la memoria de quienes sirvieron a nuestro estado, entre ellos mi padre, dignificando el lugar donde descansan sus restos, quiero corresponder a ese llamado con hechos y no solo con palabras.

Me sumo con humildad a ese espíritu de reconciliación.

Prefiero quedarme con lo mucho que nos unió.

La gratitud pesa mucho más que cualquier desencuentro.

Gracias, Jorge, por tenderme la mano.

Gracias a Gerardo, Rogelio, Lupita, Carolina e Indra por recibirme como a uno de los suyos.

Gracias también a toda la familia Toledo Coutiño por su confianza, su afecto y su amistad.

Las elecciones se ganan o se pierden. Los cargos llegan y terminan.

La familia Toledo Coutiño estuvo conmigo cuando apenas comenzaba mi camino en Chiapas. Apostó por mí antes de que hubiera triunfos, cargos o responsabilidades públicas. Eso nunca se olvida.

Gracias, querido Jorge, por tanto.

Han pasado veinte años, pero la gratitud no conoce el tiempo.

La gratitud también tiene memoria.

Mis oraciones siguen siendo para ti.

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