El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Para José Ferrater Mora, la crítica filosófica es un tipo de lectura que exige ir más allá del análisis literario inmediato de carácter impresionista, para situar la obra en el terreno de los conceptos y de las preguntas que arraigan en principios filosóficos. Asumo esta perspectiva como una forma de interpretar que aplica conceptos de la filosofía de la cultura, no para imponerles un esquema rígido a los textos, sino para abrirlos a interrogantes sobre el sentido, la verdad y la condición humana que en ellos se despliega. Desde ahí, me propongo leer “Trópico” de Rafael Bernal como un lugar donde la narración encarna problemas filosóficos concretos y donde emergen tensiones como la alteridad, la violencia, la identidad y la experiencia de la periferia, no solo como temas, sino como modos de comprensión del mundo.
Hay algo en el trópico que no accesible a primera vista, algo que se nos escapa y que no es compresible con la mirada superficial del paisaje. Rafael Bernal, conocido por su novela “El complot mongol”, llega a Chiapas en 1933 y no encuentra un paisaje estático, concreto; al contrario, encuentra culturas que se entrelazan con la megadiversidad que les proyectan sentidos diversos. Chiapas es un lugar con una gran diversidad cultural, que está ligada, a la vez, a su megadiversidad natural. No sabría hasta qué grado la naturaleza alimenta el sentido de la cultura que la habita, pero sí que la propia cultura chiapaneca no puede ser entendida sin la presencia de la naturaleza. Para Bernal, la costa chiapaneca no se presenta como postal, sino como experiencia límite. Bernal observa, escucha, se interna en la lógica de los hombres que habitan ese espacio atravesado por el poder. Su escritura nace de esa cercanía incómoda. No es la mirada distante del viajero, sino la del testigo que percibe que la convivencia humana está marcada por una fractura profunda. “Trópico” es, en ese sentido, más que una novela. Es la intuición de que hay lugares donde el otro nunca llega a ser plenamente reconocido.
Publicada en 1946, “Trópico” se inscribe en un momento clave de la literatura mexicana y chiapaneca, donde la narrativa regionalista y la novela de la tierra buscaban dar cuenta de las condiciones sociales de las periferias. En diálogo con otras obras que retratan el sureste mexicano, el texto de Bernal se distancia de una visión meramente descriptiva o folclórica. Aquí, el paisaje no es decorado, sino estructura que condiciona la vida humana. Mientras buena parte de la literatura de la época tendía a romantizar o moralizar el campo, Bernal introduce una mirada más áspera. El trópico como espacio de dominación, de jerarquías rígidas y de tensiones irresueltas. En este contexto, la obra se convierte en una pieza singular que anticipa preocupaciones posteriores sobre la violencia estructural y la complejidad de la identidad regional.
La novela se sitúa en las zonas tropicales de la costa de Chiapas, donde se despliega un mundo regido por relaciones de poder profundamente desiguales. Los personajes se mueven en un entorno donde la autoridad, la explotación y la desconfianza configuran la vida cotidiana. No hay héroes ni redenciones claras. Lo que emerge es una trama de decisiones condicionadas, de silencios y de tensiones que se acumulan. El calor, el manglar, la lejanía geográfica, todo contribuye a crear una atmósfera donde la violencia no siempre estalla, pero siempre está presente. La historia no avanza hacia una reconciliación, sino hacia la confirmación de una realidad fracturada: un mundo donde convivir no significa necesariamente encontrarse. Es de hacer notar, que mientras gran parte de los escritores y escritoras de mediados del siglo XX, que tienen a Chiapas como eje de sus narraciones, por ejemplo, aquellos que Joseph Sommers colocó en su “ciclo de Chiapas”, no tuvieron en cuenta casi nunca a la costa como tema. Gran parte de los narradores ven a los Altos de Chiapas como espacio de conflicto histórico, pero casi nada o nada dicen de las otras regiones del estado. En este sentido, Bernal nos ofrece una mirada fuera de los lugares de la hegemonía narrativa de Chiapas, para acercarnos a una realidad poco documentada por los ojos académicos y literarios de nuestro país.
A partir de esta obra, propongo la categoría de “alteridad conflictiva” para describir una forma específica de relación con el otro. No se trata de una alteridad ética, basada en el reconocimiento y la responsabilidad, sino de una alteridad marcada por la desigualdad, la imposición y la imposibilidad de reciprocidad. El otro aparece como amenaza, como instrumento o como figura de poder. La relación no construye comunidad, sino que evidencia una fractura. En este sentido, “Trópico” muestra que, en ciertos contextos históricos y geográficos, la alteridad no es punto de partida para la reciprocidad cultural, sino escenario de conflicto permanente, tan violento que, incluso llega a la anulación ontológica del otro.
En Trópico se vislumbra una forma de nacionalismo que puede calificarse como trágico. Los personajes forman parte de una nación que, sin embargo, no los integra plenamente. La idea de lo nacional no se traduce en igualdad ni en justicia, sino en una pertenencia desigual. El Estado y sus representantes aparecen lejanos o cómplices de las estructuras de dominación. Así, la nación no unifica revela sus propias fracturas. El nacionalismo, en este contexto, se convierte en una promesa incumplida. Los jueces, la policía, la ley del Estado no velan por nadie, es atravesada por la inercia burocrática, por las pasiones e interpretaciones de autoridades locales, que hacen lo que pueden a partir de lo poco que tienen de vida. Este nacionalismo trágico se vivo como pesar y como tragedia; los personajes de Bernal son atravesadas por violencias estructurales, sometidos, sin humanidad, son llevados al límite por las circunstancias, muchas veces, envueltos en la propia vorágine del medio natural que los acompaña.
La costa chiapaneca se presenta como periferia no solo geográfica, sino también política y simbólica. Es un espacio donde las decisiones se toman desde otros centros y donde la vida local queda subordinada a intereses externos. La relación entre nación y periferia está mediada por la desigualdad. El centro define, la periferia padece. Esta distancia produce una forma particular de alteridad. Están quienes, aun siendo parte de la nación, son tratados como si fueran ajenos a ella.
La obra de Rafael Bernal permite identificar que la identidad también se construye desde la desigualdad, una identidad situada en los umbrales del Estado-nación moderno, en la burla de un nacionalismo que no le otorgó lengua ni territorio fijo, sino que la fue edificando a partir de fragmentos existenciales. Ser es, en gran medida, ocupar un lugar dentro de una estructura jerárquica. La alteridad conflictiva no es un accidente, sino una condición histórica. En este sentido, Trópico no solo narra una época o un lugar, sino que revela una forma de ser en el mundo donde el otro no se encuentra, sino que se enfrenta. La alteridad conflictiva es, así, la negación constante del otro, no hablamos aquí de comunidades de sentido, sino de seres atravesados por los réditos de la modernidad, fantasmas del capitalismo, como ha nombrado Arundhati Roy a estas existencias. En este horizonte, los personajes de Trópico pueden leerse como los espíritus de ese inframundo que describe Karl Marx, un mundo desbordado por sus propias fuerzas, donde «ha hecho surgir medios de producción y de intercambio tan inconmensurables que acaba siendo como el hechicero que ya no puede controlar los poderes de ese inframundo surgido como resultado de sus sortilegios». Bernal nos ofrece, entonces, la posibilidad de ver y de ser testigos de ese desajuste histórico, de ese mundo desbordado, que la literatura vuelve visible.










