Chiapas y la batalla de los símbolos

Chiapas y la batalla de los símbolos

Juan Pablo Zárate Izquierdo*

La vida política y social de Chiapas en 2025 ofrece debates que son motivo de análisis para entender nuestro contexto social. Desde la consolidación del Estado mexicano, los símbolos han sido pilares fundamentales en la construcción de la identidad colectiva, funcionando como distintivos emocionales que trascienden generaciones.

En semanas recientes, una propuesta para cambiar el actual Escudo Heráldico de Chiapas ha detonado una controversia que salió de los pasillos del Congreso y se ubicó en plataformas de redes sociales que poco a poco se le ha ido prendiendo más fuego, revelando una preocupante y posible dinámica de polarización en nuestra sociedad. 

Vivimos tiempos de una prisa extraña, una urgencia por reescribir el pasado para acomodar las ansiedades del presente.

Este episodio es más que una disputa por trazos y colores; es un espejo que refleja la profunda polarización social que atraviesa no solo a México, sino al mundo, ante cualquier tema que roce la fibra de la identidad y la tradición.

El contexto es simple: el escudo actual, con su representación del Cañón del Sumidero y el río Grijalva bajo una corona, tiene una historia que se remonta a la época colonial y fue refrendado en diversas etapas de la vida republicana. Para una parte de la sociedad, esta herencia visual es un anacronismo, una pieza de museo que no representa la diversidad moderna de Chiapas.

Desde la óptica de las teorías críticas en la Comunicación, este tipo de controversia se convierte en un caballo de batalla perfecto: un grupo con acceso a plataformas de visibilidad, lanza una idea que choca directamente con el sentimiento de arraigo de una mayoría silenciosa que percibe el escudo como parte de sus raíces (independientemente de si conocen o no su historia completa). 

El debate se ha esparcido rápidamente en las redes sociales, cayendo en la lógica dual del «ellos contra nosotros». Las posturas se radicalizan y el argumento se va reemplazando por la descalificación; se ha incrementado el rechazo de ideas y la hostilidad hacia el grupo externo

Aquí es donde el análisis debe volverse crítico. El debate sobre el escudo opera como un disparador emocional. Cuando se toca un símbolo con una carga histórica tan profunda, la discusión abandona la racionalidad política y migra al terreno de la psicología social. Giovanni Sartori, en su obra sobre la democracia, enfatizó que para la subsistencia del sistema es crucial el consenso y la tolerancia. Cuando el debate se vuelve una confrontación donde solo existe el bando «conservador» y el «progresista», se pierde la capacidad de construir acuerdos, un desgaste innecesario.

La confrontación por los símbolos no es exclusiva de Chiapas. En Yucatán ocurrió un debate similar, aunque no ha sido sobre el escudo, sobre la permanencia de monumentos considerados virreinales o coloniales en espacios públicos. La resistencia a la remoción o modificación de estos elementos demostró la fuerte carga emocional que la ciudadanía atribuye a los símbolos históricos y se conservaron.

También está el caso del «águila mocha» en la administración de Vicente Fox, que terminó retirándose con posterioridad para respetar el símbolo del escudo mexicano. De igual forma, a principios de 2006, la administración estatal de Quintana Roo intentó realizar una modificación cromática al escudo oficial del estado, buscando cambiar los cinco colores tradicionales mayas por tonos más neutros (gris y blanco) con el argumento de «modernizar» la imagen institucional. Esto generó controversia y, debido a la presión social, las autoridades se vieron obligadas a dar marcha atrás, restableciendo el emblema original con sus colores mayas tradicionales.

A nivel internacional, el caso más notorio es el de Nueva Zelanda, que en 2016 celebró un referéndum nacional para cambiar su bandera. La población votó por mantener la bandera actual con una mayoría del 56.6%. La razón principal no fue la calidad del diseño alternativo, sino la profunda conexión emocional y el respeto a la tradición. En Escocia, alrededor de 2023, la propuesta de modificar el emblema del cardo para hacerlo más «moderno» generó controversia inmediata, forzando al silencio a los promotores del cambio.

En Chiapas, aunque no existen datos duros sobre el sentimiento hacia el escudo, el capital emocional es innegable. La propuesta ha caído en una trampa de polarización mediática donde las emociones han logrado opacar argumentos, mientras otros optan por el silencio para evitar el costo social de ser rechazados.

La evidencia científica es clara desde la Psicología Política: la polarización extrema no conduce a la mejora social. Cuando la sociedad se fragmenta en posturas irreconciliables, se paraliza la capacidad de alcanzar consensos pragmáticos. Las investigaciones en neurociencia social demuestran que la polarización constante genera estrés social y una disminución de la confianza institucional. Y una controversia más para generar estrés social, puede resultar un costo social.

El debate sobre el Escudo Heráldico de Chiapas es una oportunidad perdida si solo se usa para la confrontación. En lugar de dividirnos sobre un símbolo, el llamado debe ser la búsqueda de un consenso que reconozca tanto el valor de la tradición como la necesidad de la representación moderna, de ser necesaria. La identidad de Chiapas está en la capacidad de su gente para dialogar sobre su historia, su presente y su futuro, sin que un debate sobre heráldica secuestre la agenda del progreso y desarrollo que a diario se construye.

El consenso debe construirse. No solo debe quedar un debate de dos posturas irreconciliables o entre quienes solo busquen tener la razón. La iniciativa para la propuesta de modificación del escudo aún no se ha formalizado ni presentado. Quizá solo nos quedemos en una propuesta, lo que no debemos quedarnos es divididos como sociedad.

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