Jesús Martínez Soriano
¿Cómo los canadienses viven y enfrentan la soledad?
Toronto, Canadá. Es el viernes 26 de noviembre de 2021, me encuentro laborando en el edificio residencial ubicado en la esquina de las calles Selby y Sherbourne, en el centro de la ciudad; estando en el área de carga y descarga, y como lo hago de manera rutinaria, escucho la radio, la estación 98.1 de F.M. que, por cierto, a partir del 12 de noviembre y hasta el 31 de diciembre solo transmite y transmitirá música navideña, como lo anuncian los locutores, lo cual se ha vuelto ya una tradición en esa emisora. Alrededor de las 7:45 a.m. salgo al exterior para supervisar que, como cada viernes, un camión recoja el material de reciclaje; la mañana es fría pero afuera corren fuertes ráfagas de viento que hacen aún más gélido el ambiente (menos 9 grados Celsius). Minutos después de la partida del camión y de manera sorpresiva, un individuo se introduce en el edificio antes de darme tiempo de cerrar el portón; al percatarme de ello me le aproximo, le pregunto qué es lo que desea y le señalo que no puede ingresar por esa área, al tiempo que intento cerrarle el paso, pero el hombre ignora mi llamado y me pide que no lo moleste, se escabulle y continúa caminando hacia al interior. Por su vestimenta, actitud y apariencia, de inmediato me percato que se trata de un homeless, o personas sin hogar, muchos de los cuales padecen de sus facultades mentales; antes de que pueda lograr su cometido, me adelanto para cerrar las dos puertas de acceso al resto del inmueble y, a pesar de sus intentos por forzar las puertas, no logra ingresar.
Al ver frustrado su pretensión de entrar al edificio por esa zona, el hombre, de unos 35 años de edad, tez blanca y complexión delgada, me dirige una mirada de molestia y emprende el regreso hacia el portón de salida de manera pausada y sin pronunciar una sola palabra; ya en exterior, se detiene en una de las bancas instaladas en la entrada del edificio, se sienta y enciende un cigarrillo. Para ese momento Ayende, el conserje que labora en el horario matutino, parece haberse percatado de lo ocurrido a través de las pantallas de seguridad localizadas en el lobby, de donde lo veo salir; habla con el individuo, a quien le solicita abandonar el área, pero el sujeto se niega hacerlo, por lo que Ayende desiste de su intento y regresa a su área de trabajo.
Trastornos mentales, una de las causas de la soledad
Traigo a colación lo anterior porque, de acuerdo con algunas instituciones de reconocido prestigio, como la Universidad de California, una de las consecuencias de la soledad es el padecimiento de enfermedades mentales (Snyder Village, “Ways you Can Help Elderly Combat Loneliness, marzo 1 de 2019). Y aquí, en este país y en esta Ciudad en particular, es común observar un gran número de personas con deficiencias mentales deambulando por calles y avenidas, parques terminales, estaciones del metro y otro tipo de lugares públicos, así como en medios de transporte, cafeterías y centros comerciales. Según la Canadian Mental Health Association (CMHA), en Canadá “20% de los jóvenes alrededor de los 18 años de edad sufren de algún padecimiento mental y 50% de las personas mayores de 40 años tienen o han tenido algún padecimiento o desorden cerebral. (Fast Facts about Mental Health and Mental Illness, jul 19, 2021, CMHA). No dispongo de la información acerca de qué proporción de esos porcentajes son casos derivados de la soledad, pero lo que sí resulta evidente es la existencia de una fuerte correlación entre soledad y padecimiento de enfermedades mentales.
Hace algunos meses un amigo que radica en la Ciudad de Nueva York estuvo de visita en Toronto y uno de los aspectos que más llamó su atención fue precisamente el número de individuos con problemas mentales que aquí habitan; le comentaba que yo había observado el mismo fenómeno la primera vez que visité la gran manzana, allá por el inicio de los 90, cuando me sorprendió ver a un gran número de homeless por doquier, mayoritariamente de raza negra, pero que la última vez que yo había estado por allá, hace poco menos de un quinquenio, y para mi sorpresa, dichas personas parecerían haber desaparecido. Le preguntaba yo a esa persona qué había ocurrido con toda esa gente, cuya respuesta, en son de broma, fue: “Los enviamos a Canadá”.
Diferencia entre estar solo y sentirse solo
De acuerdo con diversos especialistas en el tema, hay una gran diferencia entre estar solo y sentirse solo, lo cual algunos suelen confundir, aunque en varias personas se conjugan las dos circunstancias. En el primer caso, se trata de una situación física, tangible, de permanencia muchas veces temporal, una condición que en ocasiones puede ser benéfica para la salud de los individuos, toda vez que les puede permitir reenfocar sus objetivos y adquirir fortaleza emocional. En tanto, el sentirse solo hace referencia a un deterioro en el estado emocional, que en la mayoría de las veces causa un “sentimiento de vacío, carencia, soledad y falta de estimación”. La gente bajo esta condición “frecuentemente ansía el contacto humano, pero la afectación de su estado emocional dificulta su conexión con los otros”. Diversos investigadores sugieren que “la soledad está asociada con aislamiento social, escasas habilidades de asociación, introversión y depresión.” (Kendra Cherry, “Loneliness: Causes and Consequenses”, 1 de septiembre de 2021, The Cleveland Clinic, USA).
Inevitablemente me remito a los casos que comenté en la entrega anterior: La Sra. Betty, Ayende y la Sra. Clarke; del primero me ocupé en la entrega anterior y de los dos restantes quizá el que más me intriga es el último, aunque es el que menos conozco y el que analizo únicamente con base en la observación. Tengo aproximadamente dos años trabajando en el edificio Selby, en donde me percato de la rutina, hábitos y comportamiento de muchos de los residentes de los más de 500 departamentos existentes. Uno de ello es la Sra. Clarke, una persona agradable, extremadamente amable, extrovertida y con facilidad para socializar. Físicamente es una mujer relativamente joven (unos 40 años de edad) y atractiva: tez blanca, cabellera rubia, ojos azules, complexión mediana. A lo largo de mi jornada de ocho horas, de 7:00 a.m. a 3:00 p.m., me encuentro con ella en diversas partes del edificio: en el gimnasio, en el exterior de la entrada cuando sale por su café en compañía de un pequeño bulldog, en las calles cercanas al ir de compras a un supermercado cercano, o en el pasillo del piso 3, en donde se localiza el departamento que habita, en donde pasa largos minutos jugando con su mascota, pero siempre sola. Por lo poco que he platicado con ella, solo sé que es de origen irlandés, de profesión diseñadora gráfica, que trabaja por su cuenta desde casa y que sus padres viven en un poblado cercano a Toronto.
Ayende, por su parte, es un hombre de tez negra, estatura median ay de unos 50 años de edad; es un tipo bromista, pero quizá con cierto grado de bipolaridad y extremadamente reservado; con él convivo e interactuó de manera permanente debido a que ambos laboramos en el mismo edificio; acerca de su vida personal únicamente sé que es homosexual, que tiene más de 25 años residiendo en Canadá y que vive solo. Él y yo terminamos nuestra jornada en punto de las 15:00 horas, al retirarme me percato de que, de manera frecuente, él acostumbra quedarse más tiempo para conversar con sus compañeros o compañeras conserjes que le sustituyen en el turno, o simplemente permanece sentado por largo tiempo en uno de los sillones del lobby del edificio con celular en mano.
Así transcurre la vida de estas dos personas en el edificio Selby, en un ambiente y con una rutina que parecen reflejar soledad, aislamiento, introversión, y cuyos casos distan mucho de ser excepcionales, sino que más bien constituyen una pequeña muestra de la realidad en que viven muchos de los residentes que habitan el inmueble en mención y que al observarlos, me pregunto ¿Cómo contrarrestar la soledad? En la búsqueda de respuesta leo que según Peter Bombaci, fundador del Proyecto GenWell, una organización canadiense no gubernamental dedicada a fomentar las relaciones humanas, afirma que “La mejor medicina para la gente (sola) es la gente”; asegura que “las conexiones sociales han demostrado su eficacia para reducir los sentimientos de soledad, ansiedad y depresión”, así como para “fortalecer el sistema inmune y la autoconfianza”, además de que ayudan a los seres humanos a desarrollar empatía y compasión hacia los demás, incrementando en un 50% la oportunidad de vivir por largo tiempo”. (6 in 10 Canadians feeling lonely in pandemic, by Jim Wilson, en The Canadian HR Newswire, july 26, 2021). Una propuesta interesante que merece la pena ser analizada con mayor cuidado y profundidad.
FOTO: Un hombre de los llamados Homeless, quienes en un alto porcentaje padecen de sus facultades mentales, solicitando alguna moneda en la esquina de las calles Carlton y Church, en el centro de Toronto.









