Comunidad, eticidad y vida común: vivencia de Chiapas en el diario de fray Tomás de la Torre

Comunidad, eticidad y vida común: vivencia de Chiapas en el diario de fray Tomás de la Torre

El uso de la palabra

Raúl Vázquez Espinosa

La “comunidad”, entendida desde su raíz latina communĭtas, no alude sólo a congregación de individuos, sino una forma compartida de estar-siendo por medio de un “nosotros” en el mundo. Com- se relaciona al conjunto, a lo que sucede en común, mientras que munus proyecta una vivencia performativa; se trata de la responsabilidad compartida. Esto no involucra, entonces, el tener posesión de algo común, sino, más bien, de una tarea que nos vincula sin otredad, sino con cercanía, con la vivencia compartida de habitar juntos. En este sentido, la comunidad no es un lugar cerrado, es un acontecer juntos. Es un tejido de relaciones humanas sostenidas por compromisos, objetivos compartidos y una ética del cuidado mutuo.

Como categoría simbólica la comunidad remite a aquello que pertenece a todos sin ser apropiable por nadie; es el lugar del nosotros que no borra la diferencia, sino que la hace caminable. Caminar juntos implica asumir el deber de responder unos por otros, de cargar en común el peso de la historia y de orientar juntos el sentido de lo que somos.

Por ello, la comunidad como realización histórica de lo político no se agota en la forma del Estado ni en la administración del poder, sino que se manifiesta en el modo concreto en que los sujetos se vinculan, deciden y asumen responsabilidades compartidas a lo largo del tiempo. Esto es un punto decisivo, porque después de Hegel, el Estado es una construcción consciente del espíritu que lo hace posible; por tal, el camino lógico es coincidir dentro del Estado, bajo sus yugos y posibilidades. Sin embargo, lo político emerge allí donde el munus se vuelve práctica del día a día. Cuando el deber común se significa en acuerdos, conflictos, cuidados y propósitos que hacen posible la vida en reunión. En este sentido, la comunidad es el suelo histórico donde lo político acontece como relación, no como imposición; como construcción in situ del nosotros frente a la intemperie moderna de la historia. No es una abstracción normativa o técnica, sino una vivencia compartida.

Lo político no nace con el Estado. Se trata del tejido de la vida común, allí donde los seres humanos se descubren mutuamente implicados en la tarea de sostener la existencia compartida. Antes de las instituciones formales, de las leyes escritas o de los aparatos de gobierno, lo político emerge como urgencia relacional. Decidir juntos, distribuir cargas, resolver conflictos y orientar el sentido de lo que se comparte. 

En este horizonte, lo político es una vivencia originaria que brota del encuentro y de la palabra, del acuerdo y del disenso, del cuidado y de la responsabilidad recíproca. El Estado aparece como una forma histórica posible de organización, pero no agota ni funda por sí mismo lo político. El Estado es la respuesta articulada desde la modernidad, ante la forma de vida occidental. El Estado, tal como lo conocemos, es la respuesta de Occidente ante sus necesidades regionalizadas, paradigmas y formas de vida. 

Por ello, fuera del sentido estatal, la política se entiende como una práctica originaria de relación, reflexión y disposición colectiva en la medida en que surge del atrevimiento humano por hacer habitable la vida en común. No es, en su origen, un sistema cerrado ni un aparato de mando, sino un ejercicio compartido de articulación de voluntades, de negociación de sentidos y de asunción de responsabilidades comunes.

La comunidad no es un residuo arcaico, sino una forma ética concreta. Incluso, dentro del Estado, se consolidan comunidades, formas de vida en resistencia o que buscan con urgencia otros modos de ser, que los que el Estado moderno nos ofrece. De cualquier forma, la comunidad articula normas, valores y reconocimiento mutuo sin necesidad de cosificación estatal. A contracorriente de Hegel, el Estado no contiene al espíritu; es la construcción histórica secular, con que Occidente dio cauce a sus peculiaridades culturales y sociales. Por ello, la eticidad hegeliana no está ahí, sino en el entramado vivo de la comunidad, de las relaciones en donde lo individual y el nosotros es compartido.

En este camino, podemos decir con David Graeber y David Wengrow, que no hay vivencias arcaicas, sino formas diversas de imaginar mundos posibles; el Estado y sus valores, ha sido uno de los mundos, el hegemónico, el que se globalizó y se hizo pasar por científicamente inevitable; sin embargo, los autores en su libro “El amanecer de todo”, rechazan la evolución política. Por ello, no existe una secuencia obligatoria que conduzca de la comunidad al Estado. Las sociedades humanas han alternado, combinado y revertido formas políticas a lo largo del tiempo. No se trata de negar al Estado, sino de verlo como lo que es, la metáfora con que Occidente se impuso una camisa de fuerza a sí misma.

Visto desde Chiapas, podemos pensar otras formas de vida, otras formas de entender la libertad, las relaciones que se gestan en la comunidad; podemos imaginar otros mundos posibles, incluso que dialoguen con el Estado. Porque, siguiendo las ideas de Graeber y Wengrow, la libertad se concibe como práctica histórica y no como abstracción normativa. No se trata de una dádiva del mercado o de una ley que nos impulsa a asumir esa cualidad; la libertad se manifiesta en la capacidad de decidir cómo vivir juntos. Esta capacidad incluye la posibilidad de reorganizar la autoridad y las reglas de convivencia. Y, desde ese nosotros que hemos sido, podemos recuperar pautas ontológicas para este estar-siendo en común.

Graeber y Wengrow, señalan que en muchas sociedades indígenas (ellos retoman las comunidades de Los Grandes Lagos en la actual Canadá) no se toleraba que alguien viviera en pobreza o miseria, pues el cuidado, la subsistencia y la seguridad eran asumidos como responsabilidades colectivas de la comunidad. Retomo esto como un ejemplo articulado de actuar en comunidad, dentro de las formas de relación que puede ofrecernos. Los autores citan el testimonio de un jesuita llamado Sagard, que trató con el pueblo wyandot: “Se ofrecen mutua hospitalidad y tanto se ayudan entre sí que las necesidades de todos están garantizadas sin que haya mendigos ni indigentes en sus aldeas y ciudades; y les pareció algo terrible cuando les conté que en Francia hay gran cantidad de estos mendigos, y creen que es debido a falta de caridad por nuestra parte, y nos culpan grandemente por ello”.

Este testimonio remite de manera profunda a la experiencia vivida de la comunidad en lo que hoy llamamos Chiapas, tal como fue percibida por los frailes dominicos que arribaron junto a Bartolomé de Las Casas en 1545. En el diario de fray Tomás de la Torre, documento de capital importancia para la historiografía de México y, en particular, de Chiapas, se narra primero el largo viaje, las peripecias y las miserias padecidas en su tierra natal. Sin embargo, al llegar a Chiapas, los frailes se encuentran con una forma de caridad comunitaria que los desconcierta y, al mismo tiempo, los regocija. Una práctica que no logran comprender del todo y que los confronta con sus propias categorías morales y teológicas. Fray Tomás de la Torre lo expresa con asombro: “Tenían desde lo alto hasta la iglesia hecha una calle de ramos con muchos arcos de hojas y flores, recibiéronos con gran mitote que era para albar a Dios. Tenían en la iglesia muchas y gran sidras, las mayores que en nuestra vida vimos y muchas naranjas que traen de huertas que allá abajo […]. En cada pueblo traíanos presentes de plumas verdes, huevos, pescado, pan, gallinas, frutas en gran abundancia que nos hacían llorar de placer de verlos y de lástima por otra parte, porque por aquí casi todos eran infieles y los bautizados eran como ya arriba dije sin ningún conocimiento de Dios.”

La recepción organizada, los rituales y la cooperación muestran normas compartidas. La comunidad se hace presente, es parte del no dejar morir a los frailes, de compartir la comida, la estética y la ritualidad. La comunidad es el tejido de un nosotros que recuerda la manera de compartir que se describe en las citas de los jesuitas recogidas por Graeber y Wengrow. Hopsitalidad. Sus prácticas de cuidado son experiencias que nacen dentro de la comunidad y son formas de vida que no son arcaicas, sino que pueden ser reinterpretadas ontológicamente para nuestro aquí y ahora. La comunidad puede gestarse dentro del propio Estado; no como islas, ni como entidades jurídicamente separadas. Se trata de gestar formas de vida comunitarias, recíprocas, de cuidado, que se incrusten en los entresijos del propio Estado, siendo lugares de resistencia. El ejemplo, breve, pero ejemplar, de las comunidades “infieles y no conocedoras de Dios”, nos recuerdan que podemos imaginar otros mundos posibles, que la frase es más que palabra, sino que cobra materialidad en el juego de la vida y sus posibilidades.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *