*Cuando el petróleo sacude al mundo*

*Cuando el petróleo sacude al mundo*

En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

Hay crisis que empiezan como un conflicto regional y terminan recordándole al mundo entero una verdad incómoda: la economía global sigue dependiendo profundamente del petróleo. Eso es exactamente lo que estamos viendo ahora.

La guerra en Medio Oriente ha devuelto al estrecho de Ormuz al centro del tablero geopolítico mundial. Ese angosto corredor marítimo entre Irán y la península arábiga —apenas unas decenas de kilómetros de ancho— transporta normalmente cerca del veinte por ciento del petróleo que consume el planeta. Cuando ese paso se vuelve incierto, la economía global entera se pone en alerta.

En cuestión de días el tráfico de petroleros se desplomó, varios buques fueron atacados o desviados y decenas de embarcaciones quedaron detenidas fuera del Golfo esperando instrucciones. Las aseguradoras marítimas elevaron sus primas a niveles que muchos armadores consideran prohibitivos y varias navieras suspendieron rutas completas.

No se trata de un cierre formal del estrecho. Es algo más complejo. Irán parece estar administrando el paso marítimo según sus propios intereses estratégicos. En las últimas horas un buque turco obtuvo autorización para cruzar el estrecho tras negociaciones diplomáticas, mientras otros barcos continúan esperando permiso para navegar.

Ese detalle, aparentemente técnico, dice mucho sobre el momento que vive el sistema internacional.

El flujo energético del planeta empieza a depender menos del mercado y más de decisiones políticas tomadas en medio de una guerra. El petróleo deja de ser simplemente una mercancía y vuelve a convertirse en una herramienta de poder.

Los mercados reaccionaron con rapidez. El crudo volvió a superar los cien dólares por barril y la volatilidad regresó a un mercado que llevaba años intentando estabilizarse. Cuando el flujo físico del petróleo se vuelve incierto, el impacto se transmite inmediatamente a toda la economía global: suben los costos de transporte, aumenta la presión inflacionaria, los bancos centrales recalculan sus decisiones y las expectativas de crecimiento empiezan a moverse.

El petróleo vuelve a marcar el ritmo de la economía mundial.

Pero quizá el movimiento más revelador no ocurrió en Medio Oriente, sino en Washington. En una decisión que hace apenas unos meses habría parecido políticamente impensable, Estados Unidos autorizó temporalmente la compra de petróleo ruso que se encontraba cargado en buques varados en alta mar. La medida busca aliviar la escasez provocada por la crisis en el Golfo.

En términos energéticos la decisión tiene lógica. En términos geopolíticos resulta reveladora. Durante años Occidente ha intentado limitar los ingresos energéticos de Moscú mediante sanciones vinculadas a la guerra en Ucrania. Hoy, sin embargo, la urgencia por estabilizar el mercado petrolero obliga a flexibilizar temporalmente esas restricciones.

La paradoja es evidente: cuando el petróleo empieza a escasear, incluso los adversarios estratégicos pueden convertirse en proveedores necesarios.

Mientras tanto, el resto del mundo observa el desarrollo de la crisis con cautela. Europa recuerda demasiado bien su propia crisis energética tras la invasión rusa de Ucrania. China y la India, grandes consumidores de energía, siguen con atención el comportamiento del mercado porque una disrupción prolongada del suministro petrolero afectaría directamente sus economías industriales.

Las monarquías del Golfo, beneficiadas por precios altos, tampoco celebran demasiado. Un petróleo caro mejora sus ingresos fiscales, pero una guerra en su vecindad inmediata introduce riesgos que ningún productor desea asumir.

Rusia, por su parte, observa el fenómeno desde otra lógica. Cada dólar adicional en el precio del crudo aumenta el valor de sus exportaciones energéticas y fortalece sus ingresos fiscales. El sistema energético mundial vuelve a recordar una vieja lección: cuando el petróleo se sacude, todos los países recalculan.

México no es la excepción.

Para nuestro país un petróleo caro tiene dos caras. Por un lado, mejora los ingresos petroleros del Estado y puede ofrecer cierto alivio a las finanzas públicas. Pero al mismo tiempo México importa una parte importante de las gasolinas que consume, lo que significa que el encarecimiento del crudo termina presionando el precio de los combustibles y alimentando la inflación.

Es una paradoja energética que México conoce bien: el país se beneficia como productor, pero también sufre como consumidor. Por eso los gobiernos mexicanos suelen recurrir a estímulos fiscales o acuerdos de estabilización cuando los precios internacionales del petróleo se disparan.

Pero esas medidas tienen límites.

La pregunta de fondo empieza a ser otra: ¿estamos frente a una turbulencia pasajera o ante el regreso de algo que el mundo creía haber dejado atrás, la geopolítica del petróleo?

Las grandes crisis energéticas del siglo XX —1973, 1979 y 1990— no fueron simplemente episodios de precios altos. Fueron momentos en que la energía y la política internacional se entrelazaron de tal forma que terminaron alterando la economía mundial durante años.

Hoy el mundo vuelve a mirar con atención uno de los puntos más sensibles del sistema energético global.

Porque el estrecho de Ormuz no es simplemente un paso marítimo: es uno de los puntos de estrangulamiento más delicados del sistema económico internacional. Cuando un corredor por el que circula una quinta parte del petróleo del planeta se vuelve inestable, la crisis deja de ser regional.

Se vuelve global.

Quizá la mayor ironía de este momento es que el mundo lleva años hablando de transición energética y abandono gradual de los combustibles fósiles. Pero basta con que un estrecho marítimo de unos cuantos kilómetros se vuelva inestable para que la economía global entera vuelva a girar alrededor del petróleo.

Eso dice mucho sobre el presente.

Y todavía más sobre el futuro.

Porque detrás de sanciones, discursos diplomáticos y estrategias militares sigue existiendo una realidad incómoda para la política internacional: la energía sigue siendo poder.

La pregunta inevitable es si estamos viendo simplemente una crisis más en el Golfo o el inicio de una nueva etapa en la geopolítica energética mundial.

Si el petróleo vuelve a convertirse en el gran factor de presión estratégica entre potencias, el mundo podría estar entrando en una fase que creíamos superada.

Y entonces no se tratará sólo de precios o de barriles.

Se tratará de poder.

Justo ahí, donde la energía, la guerra y la economía global se cruzan. Ahí donde, inevitablemente, el sistema internacional vuelve a situarse en el cruce del camino.

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