De pueblo a ciudad: la transformación de Tapachula

De pueblo a ciudad: la transformación de Tapachula

CONTRALUZ

Sr T.  Wong

Hay procesos históricos que no se decretan, se viven. El paso de pueblo a ciudad no ocurre de un día para otro, sino que se construye en medio de tensiones, resistencias y aprendizajes colectivos. Toda ciudad nace del esfuerzo de adaptarse a los nuevos tiempos, a las nuevas demandas sociales y a las nuevas formas de convivencia. Tapachula vive hoy esa etapa decisiva: una transformación profunda que no solo es física, sino cultural y cívica.

Los grandes desafíos urbanos —la recolección de basura, la movilidad, el agua potable, la seguridad, el alumbrado público o el orden en el espacio común— son los síntomas de una ciudad en evolución. No son fallas de gobierno: son signos de crecimiento. Las ciudades más importantes del país y del mundo pasaron por momentos parecidos.

Pensemos en la Ciudad de México a finales del siglo XX, cuando se instauró la separación de residuos. Las protestas fueron inevitables: miles de vecinos consideraban absurdo tener que dividir la basura. Hubo multas, inconformidades, bloqueos… hasta que la costumbre se volvió conciencia. Hoy, el modelo de separación de residuos en la capital es referencia nacional. Lo mismo ocurrió con los parquímetros y las fotomultas: resistidos al inicio, hoy representan orden, cultura vial y recursos que se reinvierten en los barrios.

Esa es la naturaleza de la transformación: incomodar antes de mejorar.

Tapachula atraviesa una etapa similar. El problema de la basura, por ejemplo, ha puesto sobre la mesa la necesidad de modernizar todo el sistema de recolección. Los centros de transbordo que antes se consideraban indispensables comienzan a desaparecer. Es un cambio complejo, pero necesario. El Ayuntamiento no está obligado a tener centros de transbordo, y los recolectores y tricicleros también deben evolucionar hacia sistemas más eficientes, ordenados y sostenibles.

El gobierno municipal, encabezado por Yamil Melgar, trabaja en soluciones integrales: reingeniería de rutas, fortalecimiento del alumbrado público, construcción de calles, rehabilitación integral que incluye drenaje nuevo, mejoramiento de la infraestructura de recolección y modernización de los servicios públicos, para que el crecimiento no rebase la capacidad de respuesta institucional.

La transformación de pueblo a ciudad no solo implica resolver los problemas visibles. También exige intervenir en lo invisible: en lo que está bajo tierra. Las redes hidráulicas y sanitarias, operadas por COAPATAP, tienen décadas de antigüedad y requieren modernización. Abrir calles, sustituir tuberías y renovar drenajes genera molestias temporales, pero son acciones que garantizan bienestar a futuro. Así se construyen las ciudades duraderas.

Como señala el sociólogo Henri Lefebvre en El derecho a la ciudad, “el espacio urbano debe garantizar el derecho colectivo a habitarlo, disfrutarlo y transformarlo”. Esa idea resume el desafío que hoy enfrenta Tapachula: crear una ciudad que funcione para la mayoría, no solo para sectores particulares. En democracia, las decisiones que toma un gobierno no siempre agradan a todos, pero deben beneficiar al conjunto de la sociedad.

Tapachula está en la antesala de convertirse en un polo de desarrollo del sur-sureste mexicano, un punto estratégico de conexión con Centroamérica y una puerta de entrada a nuevas oportunidades económicas. Pero para lograrlo, debe ordenarse, planearse y transformarse.

El liderazgo de Yamil Melgar y el respaldo del gobernador Eduardo Ramírez Aguilar apuntan precisamente a eso: consolidar una visión de ciudad moderna, limpia, segura y con servicios eficientes. Los tres años de una administración pueden parecer pocos, pero cuando se sientan las bases correctas —como ocurre con el ICIPLAMTAP, que diseña la planeación urbana de largo plazo— se construye el andamiaje que permitirá que Tapachula deje de ser vista como un pueblo grande, para consolidarse como la verdadera capital económica de Chiapas.

Transformarse no es tarea sencilla. Requiere paciencia, educación cívica y continuidad. Pero es el camino inevitable para todo pueblo que decide crecer con dignidad.

Tapachula ya comenzó ese viaje.

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