Díaz Ayuso y la soberbia que cruzó el Atlántico

Díaz Ayuso y la soberbia que cruzó el Atlántico

En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

La visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó exhibiendo algo más profundo que una simple polémica política. Exhibió una forma de entender la historia desde la arrogancia. Y eso, cuando se habla de México, nunca pasa desapercibido.

Porque Ayuso no vino a construir puentes. Vino a reafirmar un discurso que desde hace años le resulta rentable políticamente en España: la reivindicación romántica de la hispanidad, la defensa casi épica de la Conquista y el rechazo frontal a cualquier revisión crítica del pasado colonial. El problema es que cuando ese discurso sale de Madrid y aterriza en América Latina, especialmente en México, inevitablemente se encuentra con otra memoria.

Y ahí empiezan los problemas.

México y España son mucho más que la Conquista. Reducir nuestra relación histórica a Hernán Cortés y al viejo discurso imperial es profundamente simplista. Entre ambos países existe una historia cultural, intelectual y humana mucho más profunda y mucho más digna que la nostalgia colonial con la que algunos intentan hacer política.

México abrió sus puertas a miles de republicanos españoles exiliados durante el franquismo. Intelectuales, científicos, escritores, maestros y familias enteras encontraron aquí refugio cuando España atravesaba uno de los momentos más oscuros de su historia. México no recibió conquistadores; recibió perseguidos políticos. Y lo hizo con dignidad, generosidad y enorme visión humanista.

Eso también es la relación entre México y España.

Por eso resulta tan desafortunado escuchar a figuras como Ayuso hablar desde una superioridad histórica que no corresponde ni al momento actual ni a la verdadera profundidad de los vínculos entre ambos pueblos.

Porque una cosa es defender el mestizaje y reconocer la herencia cultural compartida. Eso nadie lo discute. Y otra muy distinta es intentar convertir la Conquista en una especie de hazaña moral que debe celebrarse sin cuestionamientos. Ahí es donde el discurso deja de ser histórico y se convierte en propaganda política.

Y Ayuso entiende perfectamente el terreno en el que se mueve.

Su visita a México nunca tuvo espíritu diplomático. Tuvo un objetivo político. Vino a alimentar una narrativa que hoy conecta con sectores de extrema derecha tanto en España como en algunos grupos latinoamericanos. La llamada “hispanidad” se ha convertido para ciertos movimientos conservadores en una bandera ideológica útil para confrontar agendas progresistas, desacreditar debates sobre colonialismo y construir identidad política desde la nostalgia imperial.

No es casualidad.

Ayuso sabe perfectamente que cada declaración polémica sobre la Conquista le genera confrontación, titulares y rentabilidad política dentro de España. Mientras más ruido provoca en América Latina, más fortalece su posición frente a determinados sectores conservadores que consumen ese discurso como una reafirmación identitaria.

En otras palabras: vino también a engordar su cuota política interna.

Y eso cambia completamente la lectura de su visita.

Porque entonces ya no estamos hablando de un intercambio cultural genuino ni de una figura interesada en fortalecer la relación entre México y España. Estamos hablando de una política utilizando territorio latinoamericano como escenario de campaña ideológica.

Ahí está el verdadero fondo.

Lo más delicado ni siquiera son sus declaraciones, sino el tono. Esa manera constante de minimizar el dolor histórico de millones de personas mientras se exalta la “obra civilizadora” española como si hubiera sido un proceso limpio, altruista o inevitablemente benéfico. La historia seria no funciona así. La Conquista dejó mestizaje, sí. Pero también dejó sometimiento, violencia, destrucción cultural y despojo. Ambas cosas pueden coexistir en la misma conversación sin que una anule a la otra.

Negarlo sólo demuestra fanatismo.

La propia presidenta Claudia Sheinbaum respondió recordando documentos históricos emitidos desde la misma Corona española reconociendo abusos cometidos durante la Conquista. Ahí están los decretos de Carlos I ordenando liberar indígenas esclavizados ilegalmente y admitiendo excesos contra pueblos originarios. Es decir, incluso dentro del poder imperial existía conciencia de que aquello no había sido una empresa moralmente impecable.

Y no sólo eso. Incluso el rey Felipe VI ha manejado un tono mucho más prudente y moderno respecto al pasado colonial. Con matices, diplomacia y entendiendo que la relación entre España y América Latina no puede sostenerse desde nostalgias imperiales ni desde discursos de superioridad histórica.

Ahí está la diferencia.

Una cosa es construir puentes desde la historia compartida. Otra muy distinta es venir a dictar cómo debemos interpretarla.

Y por si quedaba alguna duda del verdadero propósito de la gira, el desenlace terminó confirmándolo todo. Ayuso canceló anticipadamente el último tramo de su visita acusando un supuesto “boicot” del gobierno mexicano y responsabilizando indirectamente a la administración de Claudia Sheinbaum del ambiente de rechazo que encontró en distintos sectores del país.

Pero el problema nunca fue México.

El problema fue llegar a México creyendo que todavía es posible hablarle a América Latina desde la condescendencia colonial y luego sorprenderse cuando existe respuesta.

Porque aquí nadie la censuró. Nadie le impidió hablar. Lo que ocurrió fue algo mucho más simple: sus palabras generaron rechazo. Y en democracia eso sucede.

Lo que resulta curioso es la rapidez con la que ciertos sectores de la derecha española intentaron convertir la polémica en una narrativa de victimización política. De pronto, Ayuso pasó de venir a dar lecciones históricas a presentarse como víctima de intolerancia. El libre debate parece válido sólo cuando no contradice sus propias convicciones.

México no necesita vivir atrapado en el resentimiento histórico. Pero tampoco necesita aceptar discursos cargados de soberbia colonial disfrazados de orgullo cultural. Mucho menos cuando vienen acompañados de condecoraciones oficiales que terminan enviando mensajes profundamente equivocados.

Porque eso fue quizá lo más desconcertante de toda esta visita: premiar a alguien que no vino a escuchar a México, sino a explicarle a México cómo debe verse a sí mismo.

Y los pueblos verdaderamente soberanos ya no aceptan eso.

México es una nación independiente, con memoria propia, identidad propia y suficiente madurez histórica para entender que la relación con España no debe construirse ni desde el odio ni desde la subordinación simbólica.

Somos pueblos hermanos, sí.

Pero entre hermanos también debe existir respeto.

Porque la historia compartida puede unir pueblos. La soberbia, no.

Y cuando alguien cruza el Atlántico creyendo que todavía puede venir a darnos lecciones sobre nuestra propia memoria, el problema deja de ser histórico y se convierte en algo mucho más delicado: un intento de utilizar el pasado para dividir políticamente el presente.

Ahí, exactamente ahí, es donde volvemos a encontrarnos en el cruce del camino.

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