Eduardo Ruiz-Healy
Andrés Manuel López Obrador reapareció el miércoles desde Palenque para presentar Pueblo, su nuevo libro. Dijo que está jubilado de la política y que no quería convertirse en cacique, caudillo, jefe máximo ni poder detrás del trono. Ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum agradeció la dedicatoria y reconoció que reflexionar y escribir también es una forma de hacer política.
AMLO dijo que está jubilado de la política pero en un video de 82 minutos, que acumuló más de 680 mil vistas en sus primeras 17 horas en YouTube, defendió su gobierno, explicó lo que debe representar la 4T, reiteró sus principios, señaló a sus adversarios, criticó a medios y redes sociales, habló de Estados Unidos y respaldó a su sucesora. Eso es hacer política, aunque no necesariamente ejercer el poder.
AMLO puede no dar instrucciones desde Palenque y conservar una enorme influencia sobre Morena, la 4T y sus bases. Es el principal fundador vivo del partido que gobierna México, fue su dirigente durante años y construyó el movimiento que llevó a su sucesora al poder. Nada de eso desapareció cuando entregó la banda presidencial.
La historia distingue entre mandar e influir. El caso extremo fue Plutarco Elías Calles. Después de dejar la Presidencia en 1928 se convirtió en el Jefe Máximo de la Revolución y mantuvo el control sobre el Partido Nacional Revolucionario, antecedente del PRI. Durante los gobiernos de Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez ejerció poder por encima de la Presidencia. Su influencia continuó al inicio del gobierno de Lázaro Cárdenas, en 1934, hasta que éste rompió con él en 1935 y lo expulsó del país en abril de 1936.
No hay elementos para afirmar que hoy exista algo parecido al Maximato. Claudia Sheinbaum ejerce la Presidencia y no existen pruebas públicas de que AMLO le dicte decisiones desde Chiapas. En su video la respaldó y la llamó “la mejor presidenta del mundo”.
Cárdenas ofrece un antecedente distinto. Dejó la Presidencia en 1940 sin pretender gobernar a Manuel Ávila Camacho, pero siguió siendo una figura política relevante. Fue secretario de la Defensa entre 1942 y 1945 y, años después, participó en el Movimiento de Liberación Nacional. Dejar la Presidencia no eliminó su influencia.
Durante buena parte de la etapa priista se impuso otra regla: el presidente escogía a su sucesor y, una vez entregado el poder, dejaba de ser el centro de las decisiones. Algunos conservaron influencia, pero el poder fundamental pasaba al nuevo mandatario. No podía haber dos presidentes.
La diferencia será importante rumbo a 2027. Morena tiene hoy diversos grupos y centros de decisión, como mostró la reciente definición de sus coordinadores estatales. No existe evidencia de que AMLO haya intervenido en esas decisiones ni puede afirmarse que presentó su libro para hacerlo.
La pregunta deberá responderse con hechos: ¿qué ocurre dentro de Morena después de cada aparición de López Obrador? Si sus opiniones modifican posiciones, candidaturas o decisiones, su influencia tendrá consecuencias comprobables. Si no ocurre, seguirá dominando la conversación política sin necesariamente decidir.
La historia de México demuestra que no hace falta ser jefe máximo para seguir influyendo después de dejar la Presidencia.
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