Eduardo Ruiz-Healy
La selección de México no fracasó contra la de Inglaterra. Perdió un partido que podía perder. Lo que sí fracasó fue una parte del periodismo deportivo que confundió entusiasmo con análisis y convirtió una posibilidad real en una expectativa desmedida.
La selección hizo un buen Mundial. Ganó su grupo, derrotó a Ecuador y llegó a octavos de final. Compitió contra Inglaterra y cayó 3-2 en un juego cerrado. Pero nada de eso justificaba la narrativa de que el pase a cuartos era casi una obligación o, peor aún, de que podía llegar a semifinales.
Los números nunca dijeron eso. Antes del torneo, las probabilidades ajustadas daban a México 87% de llegar a la ronda de 32, 46.7% de alcanzar octavos, 20.6% de llegar a cuartos, 8.5% de semifinales, 3.5% de disputar la final y apenas 1% de ganar la Copa. México tenía alrededor de 47% de llegar a octavos. Lo logró. Presentar los cuartos como destino natural era un salto que los datos no sostenían.
La portada de Reforma del día del partido lo retrató sin querer. Bajo el título «Confianza en Tri», reunió a 37 expertos, editorialistas y figuras públicas para que dieran sus pronósticos. De los 37, solo cuatro dijeron que México perdería. De los 14 reconocidos por saber de deportes en general o de futbol en particular, solo uno, David Faitelson, pronosticó un 0-1 más certero que todo el optimismo reunido. El resto confundió el deseo con el dato y vendió esperanza disfrazada de certeza. La confianza de esa portada no era pronóstico. Era sueño de opio.
No sigo el futbol y quizá por eso me limité a leer los datos. En mi programa del viernes 3 de julio advertí que los momios estaban en contra de México. La plataforma estadounidense de mercados de predicción Kalshi daba a México 48% de ganar y a Inglaterra 52%. Mencioné un cálculo que combinaba los momios de casas de apuesta alrededor del mundo para este juego. Para tiempo regular eran Inglaterra +135, México +220 y empate +215. Traducidos a probabilidad, daban a Inglaterra cerca de 40%, al empate 30% y a México apenas 30% de ganar en 90 minutos. El favorito era uno solo.
Eso debe hacer un periodista. Bajar la emoción a datos. No para apagar la ilusión, sino para ponerla en proporción. México podía ganar. También podía perder sin que eso fuera una catástrofe nacional.
El periodismo deportivo mexicano vive demasiadas veces de inflar expectativas para después administrar decepciones. Primero vende épica y luego reparte culpas. Antes exagera virtudes. Después exige cabezas. Ese ciclo es rentable, pero empobrece la conversación pública.
La responsabilidad de un periodista no es gritar más fuerte que la tribuna. Es explicar lo que la tribuna no siempre quiere escuchar. Inglaterra tenía más plantel, más profundidad y más experiencia. México tenía la ventaja de jugar en casa, intensidad y una oportunidad real. La diferencia era pequeña, pero existía.
El 3-2 confirmó esa lectura. México compitió y tuvo grandes momentos, pero Inglaterra fue más eficaz. No fue una eliminación vergonzosa. Fue el resultado posible de un partido anticipado como difícil. Javier Aguirre dejó un equipo competitivo, aunque no uno capaz de instalarse entre las potencias.
La afición tiene derecho a soñar. El periodismo tiene la obligación de no confundir el sueño con pronóstico.
Twitter: @ruizhealy
ruizhealytimes.com










