Educación para los más pobres

Educación para los más pobres

 

Dr. Gilberto de los Santos Cruz

Hoy es el día contra la pobreza, la pobreza no estalla como las bombas, ni suena como los tiros. De los pobres sabemos todo, en que no trabajan, que no comen, cuanto no pesan, cuanto no miden, que no piensan, que no votan, en que no creen. Solo nos falta saber por qué los pobres son pobres. Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer. Eduardo Galeano.

Si la oferta educativa es pobre, paupérrima es la que les toca a los pobres. Los pobres: sectores de «bajos ingresos», estratos populares, áreas rurales, zonas urbano-marginales, grupos indígenas, «grupos vulnerables», «carenciados». Los contados y clasificados como pobres o indigentes a partir de insondables criterios y siempre renovadas metodologías, por organismos internacionales, gobiernos e institutos nacionales de estadística.

Los que se las arreglan oficialmente, y en los «países en desarrollo» para sobrevivir en familia con menos de cien pesos diarios. Los que se consideran afortunados si califican para recibir algún bono destinado a «aliviar la pobreza» de los más pobres.

Los ubicados abajo en los gráficos de ingreso, nutrición, salud, vivienda, alimentación, educación, e internet. Los ubica­dos arriba en los gráficos de analfabetismo, enfermedad, morta­lidad, fecundidad, trabajo infantil, desempleo, desesperanza. Los que desconocen qué es la evasión de impuestos y quedan excluidos, por default, de los índices de corrupción. Los que llenan las barras bajas de acceso, y permanencia en el sistema educativo, y las barras altas de bajo rendimiento, repetición, deserción y fracaso escolar.

Los que, desde pequeños, en campos y ciudades, aprenden a sortear toda clase de obstáculos para llegar a la escuela, caminando largos trechos. Porque aún no llega la transformación.

Los que no pueden faltar a la escuela pues de ello depende que sus familias cobren los bonos de pobreza que permiten sobrevivir y «salir (estadísticamente hablando) de la pobreza». Las prestaciones condicionadas son una moderna modalidad de trabajo infantil.

Los que llegan a la escuela con hambre, sueño y cansancio. Los que comen poco y mal. Los que duermen poco y mal, hacinados, en el suelo o en camas atiborradas. Los que carecen de vivienda digna, agua potable, alcantarillado, energía eléctrica, teléfono.

 Los que no tienen material de lectura en el hogar ni ven gente leyendo y escribiendo a su alrededor. Los que cuidan a los hermanos menores, ayudan en las tareas domésticas y deben trabajar desde niños para contribuir al ingreso familiar. Los que no tienen tiempo para jugar. Los bajo sospecha por sus condiciones de educabilidad»…

Los bilingües y trilingües, pero en lenguas subordinadas que a nadie importa. Los con habilidades prácticas, útiles para la vida, pero cuyos saberes son ignorados y despreciados en la escuela y en la evaluación.

Los analfabetos o con «educación incipiente», dados por ignorantes y eternamente tildados de «analfabetos funcionales». Los con padres y abuelos temerosos de la escuela e impotentes frente a la esclavitud de las tareas escolares. Los con mal

pronóstico escolar desde el primer día de clases. Los que no tienen voz ni padri­nos para pelear por la calificación.

Los de la paradoja de las aspiraciones: se conforman con poco, agradecen lo que les dan, ignoran que la educación – incluida la buena educación – es un derecho, y que el derecho a la educación implica el derecho al aprendizaje. Los que aspiran solo a la escuela gratuita que dé de comer y a un profesor que no falte y no maltrate.

Los que votan al candidato que ofrece computadoras y laboratorios, en localidades donde a menudo no hay luz eléctrica ni profesores capacitados para enseñar esas materias.

Los que asisten a las escuelas pobres, semivacías o desbordantes de alumnos, que carecen de todo, muchas veces hasta de pizarra, tiza, mesas y bancas. Las distantes, las sin agua potable o baterías higiénicas, las con artefactos electrónicos arrumados que nunca llegaron a usarse, las con menos días y horas efectivas de clase al año. Las con profesores recién estrenados y sin calificación, deseo­sos de huir y avanzar hacia un lugar mejor.

Los usuarios por excelencia del sistema educativo público o de la escuela privada, que cobra poco e intenta ofrecer mucho. Los que se codean en clase con otros pobres como ellos, pues ricos y clases medias optan por el sistema privado y miran con desprecio a quienes van a la educación pública.

Muestran los estudios que los mismos profesores se comportan distin­to en las escuelas a las que asisten los pobres y aquellas a las que van los de familias acomodadas.

Los estereotipos asociados a la pobreza no se abordan como tema esencial en la formación docente, ni se desmontan las bajas expectativas respecto de los alumnos y sus capacidades. Al alumno pobre, con­siderado «caren­te», se le da menos y se le exige menos.

 Políticos y expertos, por su parte, ponen a sus hijos en la educación privada mientras ganan buenos salarios defendiendo la educación pública. Las propuestas se limitan a «reducir el fracaso escolar» antes que a asegurar el éxito escolar. Y es que, en lo que hace a la educación, a los pobres les toca por todos lados: por la casa y por la escuela, por lo extra-escolar y por lo intra-escolar. A las condiciones socio-económicas des­favorables de la familia y la comunidad se agregan las malas condiciones de enseñanza y de aprendizaje en la escuela. Los pobres no solo tienen menos acceso a la educación escolar, sino que la que reciben es la de peor calidad.

Las estadísticas deshumanizan los problemas: los números sustituyen a las personas, los promedios desfiguran la realidad educativa de los pobres, semioculta tras los indicadores de los más favorecidos, tras los diagnósticos y evaluaciones que terminan dejando todo en su lugar, sin afectar las condiciones estructurales que explican y reproducen la pobreza en sus múltiples dimensiones. 

Un estudio pionero sobre pobreza y educación en América Latina, (J.E. García Huidobro y L. Zúñiga, ¿Qué pueden esperar los pobres de la educa­ción?, señala: a). – la relación entre educación y pobreza empezó a introducirse como tema a partir de 1983;

b). – aparecía mencionado de manera vaga y general

c). – quienes más lo mencionaban eran los organismos inter­naciona­les (la mitad de los 912 documen­tos analiza­dos); Muchas cosas han cambiado desde entonces. En las últimas décadas la pobreza se instaló como tema central en las políticas económicas y sociales. Del objetivo de «erradicar la pobreza» se pasó al de «reducir la pobreza» y finalmente al de «reducir (a la mitad) la pobreza extrema».

 

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