Ulises Lara López
Educar contra la subcultura del agandalle: una vacuna infalible
Anticipadas disculpas a quien corresponda por esta cita de François-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, en la que señala que “la estupidez es una enfermedad extraordinaria: no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás”. Y es que además de ésta y la infodemia (señalada por la Organización Mundial de la Salud) se suman otros padecimientos como el que se ha hecho presente con más fuerza en nuestro país durante la pandemia: el agandalle.
Pérdidas humanas, temores, desesperanzas y los puntos más altos de las afectaciones y complicaciones en todos los ámbitos de la vida nacional e internacional que el Covid-19 ha traído consigo, y a pesar de que esto se ha reflejado en el deterioro de la estabilidad económica, psicológica y emocional no sólo de quien la padece y sus familiares, si no de quienes interactúan directa o indirectamente con ellos, parece que no han podido hacer de la vida cotidiana un espacio de reflexión, consciencia y acción solidaria sobre la importancia de cuidarnos y cuidar a los demás con las medidas sanitaras recomendadas reiteradamente por las autoridades de salud, fundamentalmente.
En días recientes a través de los medios y las redes sociales, hemos conocido de un fenómeno que el presidente de la república ha definido como la “subcultura del agandalle”, en sus dos más crudas vertientes: los que lucran con el dolor y las necesidades de quienes padecen los estragos de la pandemia y de quienes de manera por demás irresponsable (debido a la ignorancia, el egoísmo, la resistencia irracional e intereses particulares) se exponen y exponen a los demás en un espiral ascendente de contagios, hospitalizaciones y muertes.
Así, frente a la esperanza que representa para millones de personas la aplicación de vacunas contra este mal que continua su recorrido por el mundo, en nuestro país, luego de la llegada de las primeras dosis y de su posterior aplicación para “personal médico que está en la primera línea de batalla contra la pandemia”, se hicieron públicos casos de personas (literalmente gandallas) que fueron vacunadas sin que estuvieran consideradas en la etapa que les correspondía conforme al plan de vacunación contra COVID-19, muestra indiscutible del influyentísimo que prevalece como uno de los resabios amargos del pasado.
Recordemos que de acuerdo al diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, gandalla o gandaya se refiere a la persona que se aprovecha de alguien o se apropia de algo de manera artera, es decir, alguien que toma ventaja, sin miramientos, de forma inesperada, abusiva y oportunista, y, casi siempre, de manera amenazante o violenta; que actúa así en infinidad de situaciones por una filosofía de vida en la que se encuentra arraigado eso de que “el que no transa no avanza”, a la que se suman otras frases como “el gandalla no batalla” y otras más que se inculcan incluso generacionalmente, y cuyo impacto cultural en su acontecer cotidiano impacta de manera negativa en la educación formal e informal de nuestra niñez.
Estudiosos de los fenómenos sociales coinciden en que el gandalla se extiende y permea en todos los ámbitos de la vida social y económica, desde un barrio hasta en las altas esferas de las finanzas, los negocios y la política, lo que denota que la subcultura del agandalle no es de ninguna manera privativa de la marginación social o de la falta de educación, aunque sí de las carencias que ésta presenta y que afortunadamente, en el contexto de la Cuarta Transformación, se está avanzado para solventarlas.
Con esta subcultura del agandalle, los ejemplos se multiplican en la vida cotidiana: los que se meten en las filas sin formarse o apartan varios lugares para su posterior cobro; quienes en el tráfico burlan las medidas del reglamento de tránsito y quieren resarcir la falta con una “mordida”; los que se estacionan en doble y triple fila; quienes ocupan espacios comunes en zonas condominales; los que maltratan las áreas verdes; quienes realizan festejos obstruyendo vialidades y sin respeto a horarios y decibelios permitidos, entre otros.
Sin duda, todo esto es muestra de una deficiencia en la trasmisión cultural de valores éticos y morales a través de la educación; de una escasa formación cívica y ciudadana, y de una falta de compromiso personal y colectivo para modular nuestra conducta social, basada en una profunda sensibilización y de respeto a las normas establecidas, en lo que sin duda el sistema educativo nacional tiene una gran responsabilidad, y, ante sí, un maravillo reto y desafío de transformación de la imagen deteriorada de nuestra idiosincrasia, para edificar, con liderazgos proactivos, una sociedad fundada en la confianza, la armonía y la solidaridad.
Revaloremos nuestra distinción nacional sumándonos al llamado del Presidente Andrés Manuel López Obrados, para erradicar y no seguir reproduciendo esa subcultura del agandalle, del influyentísimo, toda vez que “la transformación implica también que todos actuemos de manera responsable”, lo que incluso puede acercarnos a disminuir espacios de abuso y prepotencia existentes en nuestro país y ampliar “derechos” a sectores de la población que, hasta ahora, difícilmente los ejercen.
Lo anterior bajo el amparo de la máxima juarista que formó parte del manifiesto a la nación que el Benemérito de las Américas lanzara un 15 de julio de 1867, y que hoy traigo a la memoria, rescatándola del papel y del mármol en los que ha quedado atrapada y en el olvido:
“Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz. Confiemos en que todos los mexicanos, aleccionados por la prolongada y dolorosa experiencia de la guerra, cooperaremos en el bienestar y la prosperidad de la nación que sólo pueden conseguirse con un inviolable respeto a las leyes”.









