El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Sabemos que el poder ejecutivo tiene la facultad de decretar el estado de excepción por circunstancias extraordinarias; la libertad de expresión, el derecho a la información o de asociación quedarían restringidos temporalmente y el Estado podría emplear la fuerza física para mantener el orden.
¿Cómo pensar esto en un mundo digital que absorbió la subjetividad, los deseos y las interacciones sociales? Ahí el excepcionismo no es notorio, no hay toques de queda o controles hechos por la policía o el ejército; la represión viaja por algoritmos e inteligencias artificiales que promueven formas novedosas de obediencia.
Esta modalidad se vale de la vigilancia mutua y la autocensura; hay mecanismos para bloquear temporal o definitivamente las cuentas políticamente incorrectas, para espiar correos electrónicos, así como mensajes de voz y de texto. Los algoritmos identifican quién rompe el orden para someterlo y la sociedad también colabora para tal efecto.
En esta sociedad de control, la apatía, el conformismo o la falta de sentido común hace que la gente acepte condiciones y términos para tener cuentas en las redes sociodigitales; lejos de asumir un carácter disruptivo, contestatario o crítico, eligen comportamientos correctos porque saben que pueden castigados con el cierre de sus perfiles, lo cual equivale a no existir.
En ese orden, la sociedad actúa como la Policía del Pensamiento recreada por George Orwell en su novela 1984; ésta se asume como una figura moral que denuncia a quien se manifieste de manera inteligente, propositiva o revolucionaria. Esos espacios sin disposiciones jurídicas son una jaula de prohibiciones donde lo es mejor sentirse protegido por un sistema proveedor de entretenimiento.
La obra de Orwell adquiere un tono profético: “La ortodoxia significa no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia”. El excepcionismo digital es legitimado por gente indiferente que prefiere entretenerse, desentenderse de los temas sensibles. seguir a influencers que no producen contenido alguno o idolatrar a figuras populistas.
Orwell remarcó: “A Winston le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido. La vida no se parecía, no sólo a las mentiras lanzadas por las telepantallas, sino ni siquiera a los ideales que el Partido trataba de lograr”.
En ese sistema se sugiere a los usuarios ciertos perfiles para entablar amistad o unirse a grupos con pensamientos y preferencias políticas similares; la gente asume -quizá con resignación- que ciertas opiniones, incluyendo las propias, deben suprimirse; para eso hay mecanismos que hacen que el sistema amoneste, censure o expulse a quien esté harto de ser alienado, sin que haya un marco jurídico que garantice por lo menos el derecho de réplica.
El mundo digital parece civilizado y perfecto, pero es un entramado represivo y alienante que usa las bases de datos para instituir ideas, fomentar el conformismo, el hedonismo, ideologías pasajeras, identidades ligadas a mercancías; la paradoja es que no hay alguien que obligue a la sociedad a seguir esas reglas, es ésta quien acepta los términos y condiciones que limitan su libertad de expresión.
Esta gubernamentalidad algorítmica explota todas las facetas de la condición humana para instaurar un estado de excepción multifacético: represor, fascista, autoritario, populista, promotor del entretenimiento y el consumo. La mediación algorítmica tiene una eficacia nunca antes vista para controlar a una sociedad que cree ser libre.
En su versión digital, el excepcionismo redefinió las dinámicas de poder y la concentración de la riqueza; como manifestación de la ingeniería de control social consolidó la organización algorítmica de la existencia y de la manipulación de la subjetividad a través de la psicopolítica. Las redes sociodigitales son la cara visible de un sistema tecno fascista donde no hay cabida para el análisis ni la crítica.
En este entramado también entra en juego la recolección de datos biométricos de las personas y se intensifican las estrategias de manipulación psicológica a través de esa extraña mezcla entre publicidad y populismo. La conectividad condicionada psicopolíticamente hace que la propaganda, el populismo y la desinformación polaricen a la sociedad; la acción colectiva, por ende, es una imposibilidad.
No hemos cuestionado lo suficiente los alcances de estas prácticas que son fruto de la colaboración voluntaria de la sociedad. El filósofo francés Eric Sadin señaló que “el régimen digital pone en práctica una ideología universalizadora tecnoliberal que impone una visión utilitarista de la existencia que vacía de sentido las estructuras de solidaridad comunitarias”.
No se necesita un toque de queda para encerrarse en casa, basta con dedicar horas a navegar por internet, interactuar en redes, maratonear series en plataformas de entretenimiento y, sobre todo, callarse. Es la propia sociedad la que ha consolidado un ciber tribunal que juzga y castiga a quien piense y viva de manera distinta. Solo basta denunciarlo.










