El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Las redes sociodigitales están plagadas de personajes que presumen ser estoicos: políticos, artistas, deportistas, empresarios o líderes de opinión, aparentan una imagen serena y exteriorizan mensajes que promueven actitudes positivas para superar la depresión, las crisis de ansiedad, el estrés laboral o cualquier problema de la vida cotidiana.
El estoicismo experimentó, gracias a sus pregoneros espontáneos, un resurgimiento distorsionado y fue reducido a una herramienta meritocrática que garantiza, en teoría, una mejor calidad de vida. Esta escuela filosófica centrada en la razón y la virtud, fue transformada en un artilugio de superación personal basado en el control de las emociones.
En una era dominada por la tecnología y la conectividad permanente, el estoicismo gana cada vez más seguidores gracias a la promoción del individualismo y la autosuficiencia. Estos aspectos colocan a esta corriente muy lejos de principios humanistas como la solidaridad, la cooperación, la empatía o el bien común; el estoico digital es un narcisista consumado.
El alcance global de los entramados intersubjetivos de las redes sociodigitales influye en que ciertos entes que tienen la necesidad de monetizar ignoren el sufrimiento ajeno, las crisis sociales o las necesidades de los demás: Su principal excusa es que esos problemas «no les incumben y no deben afectar sus emociones».
Este resurgimiento no es más que una burda adaptación del pensamiento de Epicteto, Séneca o Marco Aurelio al lenguaje mertitocrático; está acompañado de imágenes, videos, libros y otros productos que muestran, en términos marxistas, el valor de cambio de las mercancías. Lo que era una filosofía de vida centrada en la virtud, la sabiduría y el bien común, es ahora una corriente antihumanista.
Un aspecto preocupante es la desconexión de los neoestóicos con la realidad social en un sistema donde problemas de fondo como la pobreza, el desempleo, la violencia de género, la homofobia, las crisis humanitarias o la debacle educativa, requieren de acciones solidarias. Los influencers neoestóicos son indiferentes hacia esos tópicos y priorizan los mensajes de bienestar individual.
En su versión digital, el estoicismo enfatiza la importancia de la autogestión emocional y de la resiliencia ante los embates de la vida, que no son más que los efectos socioeconómicos del sistema capitalista. Los neoestóicos reproducen valores superficiales sobre la fortaleza interna y la independencia emocional, pero estos no bastan para enfrentar los desafíos de la vida moderna.
Estamos ante una ideología ingenua caracterizada por la gestión meritocrática de las emociones; esto influye para que se elabore una falsa percepción de la felicidad, del amor, de la amistad, de la resiliencia y, sobre todo, de la plenitud en todo el sentido de la palabra. La felicidad es para el neoestóico un asunto personal y no de todos aquellos que forman parte de sus entornos familiar, educativo o laboral.
Dicha malinterpretación provoca una positividad tóxica en la que se habla todo el tiempo de superación personal, eficiencia, excelencia, buena imagen y otros aspectos característicos de la sociedad de consumo. Los estoicos digitales suprimen sus emociones negativas para proyectar una falsa imagen de bienestar, lo cual no es más que una máscara impuesta por los medios.
Muchos gurús reinterpretan erróneamente al estoicismo como un estilo de vida que hará invencibles a sus seguidores en el sistema capitalista; sin embargo, la base de esa fortaleza es el consumismo de cierto tipo de ideas plasmadas en libros de autoayuda o bien en conferencias que no son para nada baratas para los asistentes.
Los algoritmos y las estructuras de las plataformas digitales crean el ambiente propicio para la propagación de estas ideas; la cultura de la validación a través de likes y comentarios positivos refuerza estos comportamientos. El verdadero estoicismo no trata sobre proyectar una imagen de invulnerabilidad, sino de edificar virtudes que sean formas de resistencia ante el capitalismo.
Este fenómeno no puede entenderse sin el análisis de la mercantilización del bienestar personal; los autores motivacionales y coaches que se asumen como estoicos sin tener formación filosófica reducen a unos cuantos caracteres o videos cortos toda una tradición filosófica. Los estoicos digitales son una farsa más de la digitalización de la subjetividad y sus máscaras no logran ocultar todos los intereses comerciales que giran alrededor del aprovechamiento de la condición humana.










