El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
La desindustrialización de la economía trajo consigo la transformación de ciertos sectores; la era digital se caracteriza por la prevalencia de los algoritmos y las inteligencias artificiales como bases de los sistemas de producción: Las plataformas digitales son los nuevos actores económicos.
Como manifestaciones del tecnofeudalismo, estas industrias consolidaron parcelas digitales que monopolizan las manifestaciones de la creatividad humana; la música no escapó a esos procesos de digitalización que operan mediante el alquiler de canciones en formatos Ogg/Vorbis, AAC y HE-AACv2.
En Spotify interactúan en aparente situación de igualdad cantantes, agrupaciones, productores musicales, promotores, anunciantes, y usuarios; pero detrás del telón hay una estructura que monopoliza la distribución y el consumo de los productos. El año pasado esta empresa tuvo ganancias superiores a los 16 mil millones de dólares.
Esta plataforma surgió para enfrentar las descargas ilegales; su expansión llega a tal grado que Latinoamérica representa casi una cuarta parte de sus usuarios que, en su totalidad, suman 697 millones. Su estructura impone una clasificación occidental de la música, ya que no hay una gama amplia que promueva artistas de regiones distintas.
Es pertinente analizar los alcances de este sistema de alquiler de música a bajo costo que opera mediante listas de reproducción creadas por los usuarios, lanzamientos mundiales permanentes, podcasts, mixes en infinidad de géneros, recomendaciones algorítmicas y, sobre todo, un sentido de pertenencia.
Los algoritmos sirven para que los usuarios tengan la sensación de que están creando sus propias listas de reproducción o que sus recomendaciones impactan en las preferencias de otros usuarios. La información que proporcionan éstos sirve para que en el sistema aparezcan canciones que van en función de los estados de ánimo o de las situaciones.
El sentido occidentalizado de la música influye para que los usuarios se desmotiven para buscar manualmente nuevos géneros y para crear listas de reproducción fuera de los hábitos de escucha instituidos algoritmicamente. Spotify representa una de las nuevas formas del colonialismo digital.
El capitalismo de vigilancia está presente cuando la empresa usa la información que recopila de sus usuarios para crear un entorno que no solamente es musical, también está trascendiendo a los podcasts y a los audiolibros. La manipulación de las subjetividades fragmenta la experiencia auditiva en todo el sentido de la palabra.
En este entorno fragmentado los usuarios pierden la oportunidad de descubrir nuevos géneros o artistas fuera de sus preferencias habituales, debido a que los algoritmos acentúan los mismos patrones de escucha; en este sentido, las recomendaciones favorecen más a los artistas convencionales y no a los independientes.
En ese monopolio, los sellos discográficos deben negociar la inclusión de las obras en la plataforma; esto no solo impacta negativamente la calidad del sonido, también impone una distribución que convierte a las canciones en mercancías digitales que obedecen a la mercadotecnia y a las tendencias.
Esto impacta negativamente en la economía de músicos y cantantes quienes reciben bajas ganancias por la reproducción de sus obras; la empresa opera legalmente como un servicio de alquiler y no de compra. Esta instancia no posee los derechos de autor, es solo un intermediario poderoso.
En cuanto a los artistas, pareciera que hacer un sacrificio económico sirve para tener visibilidad a nivel mundial, ya que Spotify es una poderosa instancia con la que se debe cooperar a fin de tener presencia en más de 180 países. La remuneración por cada reproducción oscila entre 0.003 y 0.005 dólares.
Lamentablemente, la noción de arte también se desdibuja, una canción digitalizada no tendrá jamás la sonoridad de un disco de vinilo; esto evidencia el poder de una empresa que más que buscar la calidad sonora, monopoliza el sistema de distribución para acaparar a millones de consumidores.
Hay asimetrías de poder entre Spotify, las casas disqueras, los músicos y la gente; las ganancias se reparten desigualmente y los consumidores pierden la facultad de decidir. La música está agonizando y lo que prevalece es un sentido algorítmico que tarde o temprano impondrá a músicos creados por inteligencias artificiales.










