El país que cabe en mil votos

El país que cabe en mil votos

En el cruce del camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

En semanas recientes hemos hablado desde este espacio de Colombia, del reacomodo político sudamericano y de cómo la región parece haber entrado en una nueva etapa de incertidumbre electoral. Hoy le toca el turno a Perú.

Y mientras escribo estas líneas, nadie puede afirmar con absoluta certeza quién será el próximo presidente peruano.

La diferencia entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez sigue moviéndose voto por voto. No se mide en puntos porcentuales. Se mide en actas observadas, recursos legales, votos llegados desde el extranjero y en una tensión política que vuelve a recorrer Lima como un viejo fantasma.

Pocas veces una nación de más de treinta millones de habitantes ha cabido en una distancia tan pequeña.

Perú parece suspendido entre dos futuros posibles.

Y quizá esa sea la mejor descripción de lo que ocurre hoy no sólo en Lima, sino en buena parte de Sudamérica.

La elección peruana tiene algo fascinante. A diferencia de otros procesos electorales recientes en la región, aquí no estamos observando únicamente una confrontación ideológica. Lo que aparece detrás de esta segunda vuelta es una crisis de representación acumulada durante años.

Perú lleva más de una década buscando estabilidad política sin encontrarla. Presidentes que no terminan sus mandatos, congresos enfrentados con el Ejecutivo, escándalos de corrupción, protestas sociales, investigaciones judiciales y una ciudadanía que aprendió a desconfiar prácticamente de todos los actores políticos.

La paradoja es extraordinaria.

Durante años, Perú fue presentado como uno de los ejemplos de estabilidad macroeconómica en América Latina. Mientras otros países atravesaban crisis recurrentes, los indicadores económicos peruanos mantenían una relativa fortaleza. Sin embargo, debajo de esa estabilidad económica crecía algo mucho más complejo: el desencanto político.

Y tarde o temprano las facturas terminan llegando.

Por eso la elección entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez dice mucho más sobre Perú que sobre los propios candidatos.

Keiko representa para millones de peruanos una apuesta por la experiencia, la estabilidad económica y el regreso a un modelo que consideran predecible. Para otros, simboliza una etapa política que nunca terminó de resolver los problemas estructurales del país.

Sánchez, por su parte, logró conectar con sectores que observan el desarrollo económico desde la distancia. Comunidades que escucharon durante años hablar de crecimiento mientras seguían enfrentando desigualdad, abandono estatal y falta de oportunidades. Su discurso encontró terreno fértil precisamente donde la prosperidad prometida nunca terminó de materializarse.

Lo interesante es que ninguno logró imponerse claramente.

Y eso explica por qué la elección se volvió tan cerrada.

Porque Perú sigue siendo dos países que conviven dentro de las mismas fronteras. Uno mira hacia Lima, hacia los mercados, la inversión y la estabilidad institucional. El otro mira hacia las regiones, hacia las brechas históricas y hacia una sensación persistente de exclusión.

Ambos tienen razones para sentirse inconformes.

Ambos tienen agravios acumulados.

Y ambos creen que esta elección puede definir el rumbo de la próxima década.

Por eso la tensión es tan alta.

Cuando las diferencias son mínimas, cada voto adquiere un valor político enorme. Las impugnaciones se multiplican. Los rumores encuentran espacio. Las sospechas comienzan a circular. Y el desafío deja de ser únicamente contar los sufragios. El verdadero reto consiste en lograr que quien pierda acepte el resultado.

Ahí está la prueba más importante para la democracia peruana.

Mientras tanto, el resto de Sudamérica observa.

No porque Perú sea la economía más grande de la región ni porque tenga el peso geopolítico de Brasil o México. Lo observa porque muchos de los problemas que hoy se reflejan en la elección peruana también aparecen en otros países del continente.

La desconfianza hacia las élites políticas.

La fragmentación partidista.

La incapacidad para construir mayorías duraderas.

El crecimiento de discursos antisistema.

La fatiga ciudadana frente a instituciones que parecen incapaces de resolver problemas concretos.

Son fenómenos que también encontramos en Colombia, en Chile, en Ecuador, en Argentina y en distintas formas a lo largo de América Latina.

Por eso esta elección encaja dentro de una historia regional más amplia.

Mientras Colombia se prepara para una segunda vuelta cargada de tensión entre el petrismo y la oposición, Perú parece estar viviendo una batalla distinta pero igualmente reveladora: la búsqueda desesperada de estabilidad política en medio de una ciudadanía agotada.

Washington observa con atención. China también. Ambos entienden la importancia estratégica de Perú por su posición en el Pacífico, por sus recursos minerales y por el papel que desempeña dentro de las cadenas globales de suministro. Sin embargo, incluso para las grandes potencias la pregunta principal no parece ser quién ganará.

La pregunta es otra.

¿Podrá gobernar?

Porque cualquiera que llegue al Palacio de Gobierno heredará un Congreso complejo, una sociedad profundamente dividida y una demanda creciente de resultados inmediatos.

La noche electoral llegará.

La gobernabilidad no necesariamente.

Quizá ahí reside la gran lección peruana para toda la región. Durante años se pensó que el crecimiento económico bastaba para construir estabilidad política. Perú demuestra que una economía puede avanzar mientras la confianza institucional retrocede. Puede generar riqueza mientras se acumulan resentimientos. Puede mostrar cifras positivas mientras la política se deteriora silenciosamente.

Y cuando esa acumulación finalmente encuentra una válvula de escape, suele hacerlo en las urnas.

Porque al final las elecciones cerradas no sólo eligen gobernantes.

También revelan fracturas.

Y Perú acaba de mostrarle al continente una de las más profundas: la distancia entre dos países que habitan el mismo territorio, votan el mismo día y observan la misma bandera, pero imaginan futuros completamente distintos.

Quizá por eso esta elección importa tanto.

No porque vaya a cambiar por sí sola el destino de América Latina.

Sino porque refleja con una claridad brutal el momento que atraviesa la región: democracias cansadas, ciudadanos impacientes y sistemas políticos que siguen buscando respuestas para preguntas cada vez más urgentes.

Mientras el conteo continúa y los últimos votos encuentran destino, Perú sigue suspendido entre dos caminos.

Y millones de peruanos esperan descubrir cuál de ellos eligió realmente el país.

Ahí, exactamente ahí, es donde volvemos a encontrarnos en el cruce del camino.

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