El poder ya no cabe en la ONU

El poder ya no cabe en la ONU

En El Cruce Del Camino

Fernando Castellanos Cal y Mayor

Nueva York volvió a convertirse esta semana en esa mezcla extraña de cumbre diplomática, operativo militar y feria mundial del poder. Sirenas, calles cerradas, convoyes interminables, hoteles tomados por delegaciones y presidentes entrando y saliendo de Naciones Unidas con discursos preparados para un mundo que, afuera de ese edificio, se mueve mucho más rápido que las instituciones que intentan ordenarlo.

Hubo escenas para todos los gustos.

Donald Trump volvió a usar la tribuna de la ONU como si fuera un mitin internacional. Habló duro contra Irán, cargó contra sus adversarios, cuestionó organismos multilaterales y dejó claro que su idea del orden mundial pasa primero por la fuerza de Estados Unidos y después por las reglas. Mientras hablaba, delegaciones de Irán y Cuba abandonaron el salón. António Guterres, en su última Asamblea General como secretario general, pedía exactamente lo contrario: más cooperación, más reglas y más capacidad colectiva para frenar guerras y poner límites a la inteligencia artificial. Dos discursos separados por unos minutos y por una distancia política enorme.

Y este jueves ocurrió otra escena todavía más fuerte.

Benjamin Netanyahu llegó al pleno y decenas de delegados se levantaron de sus lugares y salieron del salón. Él respondió saludando con la mano a quienes se iban. La imagen fue brutal. Un primer ministro hablando desde la tribuna de Naciones Unidas mientras una parte del mundo le daba la espalda físicamente. No hacía falta escuchar el discurso para entender el momento.

Eso es justamente lo que sigue haciendo única a la ONU. Ahí todavía se ven las fracturas.

El problema es que cada vez se resuelven menos ahí.

Mientras en Nueva York se discutía Gaza, Ucrania, Irán, inteligencia artificial, cambio climático y la necesidad de rescatar el multilateralismo, Xi Jinping estaba en Washington.

No en Naciones Unidas.

En Washington.

Y esa diferencia me parece mucho más importante que cualquier comunicado diplomático de esta semana.

Trump recibió al presidente chino con toda la parafernalia de una visita de Estado: ceremonia, alfombra, banderas, honores, cena, empresarios y una reunión cerrada para hablar de comercio, inteligencia artificial, Taiwán y la competencia estratégica entre las dos potencias más importantes del planeta. La visita tuvo mucha escenografía y pocos acuerdos espectaculares, pero precisamente por eso fue interesante.

Nadie esperaba que Estados Unidos y China resolvieran en una tarde una rivalidad que probablemente definirá las próximas décadas.

Lo relevante fue otra cosa: los dos querían seguir hablando.

No rompieron la mesa.

Estados Unidos quiere depender menos de China, pero todavía no puede prescindir de ella. China quiere demostrar que puede resistir la presión estadounidense, pero tampoco le conviene dinamitar el acceso al mercado más poderoso del mundo. Washington controla buena parte de la tecnología avanzada, el capital y la arquitectura financiera global. Beijing domina segmentos decisivos de manufactura, baterías, minerales críticos y cadenas de suministro.

Se necesitan mientras intentan dejar de necesitarse.

Ésa quizá sea la mejor manera de entender esta relación.

Y ahí aparece un detalle que, leído desde México, debería interesarnos muchísimo.

Xi llegó a Washington con el tema de Taiwán bajo el brazo. Beijing volvió a advertir a Estados Unidos que tenga enorme cuidado con nuevas ventas de armas a la isla. Washington, por su parte, acababa de reiterar a Japón, Corea del Sur y Taiwán que sus compromisos de seguridad siguen firmes.

Es decir: Trump y Xi podían sonreír frente a las cámaras mientras, debajo de la mesa, seguían midiendo hasta dónde puede empujar cada uno sin obligar al otro a reaccionar.

Eso es geopolítica de verdad.

No los discursos sobre amistad eterna. Las líneas que nadie quiere cruzar.

Durante décadas nos acostumbramos a pensar en el mundo como una pirámide. Estados Unidos arriba, Europa cerca, Naciones Unidas como gran espacio de legitimidad y el resto buscando acomodo. Esa estructura no desapareció, pero cada año se parece menos a una pirámide y más a una mesa llena de jugadores con distintos tamaños, intereses y capacidad de bloquearse entre sí.

La ONU lo sabe. Guterres prácticamente se despidió pidiendo una reforma profunda de una institución que todavía conserva la estructura de poder de 1945. El Consejo de Seguridad sigue otorgando veto permanente a cinco países mientras India no tiene asiento fijo, África no tiene ninguno y América Latina tampoco.

Ochenta años después seguimos usando la misma mesa para un mundo completamente distinto.

Por eso Xi no necesitaba estar en Nueva York esta semana. Le resultaba bastante más útil estar sentado frente a Trump.

Y aquí entra Claudia Sheinbaum.

La Presidenta decidió no asistir personalmente a la Asamblea General. Explicó que no consideró que fuera el momento. Esa decisión puede gustar o no. Lo verdaderamente interesante ocurrió después: confirmó que sí viajará en noviembre a Shenzhen, China, para participar en la cumbre de APEC. Será su primer viaje presidencial al gigante asiático.

Ahí sí me detendría.

Sheinbaum no es una presidenta que viva subida en un avión. Al contrario, ha sido particularmente cuidadosa con sus viajes internacionales. Por eso, cuando decide dónde sí estar, la decisión pesa.

Y escogió China.

No significa que México esté girando hacia Beijing ni alejándose de Estados Unidos. Sería una lectura bastante simplona. En este mismo momento el gobierno mexicano negocia con Trump temas comerciales delicadísimos, desde acero y aluminio hasta automóviles, dentro de una revisión del T-MEC que puede definir buena parte de nuestra economía durante los próximos años.

Pero tampoco podemos seguir comportándonos como si Asia estuviera del otro lado del planeta y no tuviera nada que ver con nosotros.

APEC reúne a 21 economías de la cuenca del Pacífico. Ahí están Estados Unidos, China, Japón, Corea del Sur, Canadá, Australia, México, Chile y Perú, entre otras. En conjunto representan alrededor de 61 por ciento del PIB mundial. México recibirá en Shenzhen la estafeta para organizar la cumbre de 2028.

Eso no es turismo diplomático.

Es una oportunidad.

México tiene algo que muchas potencias quisieran comprar y nosotros a veces damos por sentado: geografía. Estamos pegados al mercado estadounidense, conectados industrialmente con Norteamérica y, al mismo tiempo, tenemos costa sobre el Pacífico, tratados comerciales y una planta manufacturera capaz de insertarse en cadenas asiáticas.

El problema es que estar en medio de dos gigantes puede convertirte en puente o en campo de batalla.

Washington no quiere que empresas chinas utilicen México como una puerta trasera hacia su mercado. Beijing necesita mantener acceso al continente americano. México necesita inversión, tecnología, maquinaria, componentes y nuevos mercados sin poner en riesgo la relación comercial más importante que tiene.

Ahí se acaba la diplomacia de las frases bonitas.

Tendremos que decidir qué inversión china sí queremos, en qué sectores, bajo qué reglas, qué cadenas vale la pena atraer, cuáles debemos proteger y cómo evitar que Estados Unidos termine diseñando por nosotros nuestra relación con Asia.

Por eso el viaje de Sheinbaum a China me parece una de las noticias más importantes de política exterior mexicana en mucho tiempo.

No por China en sí.

Por México.

Porque obliga a pensar más allá de Washington sin cometer la tontería de ignorar Washington.

Y hay algo adicional. Sheinbaum llegará a Shenzhen no solamente como presidenta de México, sino como mandataria del país que recibirá la estafeta de APEC para 2028. Eso cambia el tamaño de la conversación. México ya no irá solamente a escuchar. Tendrá que empezar a definir qué quiere hacer con una plataforma que concentra buena parte del comercio, la tecnología y la inversión del planeta.

Ahí veo una oportunidad que no deberíamos desperdiciar.

Mientras Naciones Unidas trata de contener las guerras de hoy, APEC discute buena parte de la economía de mañana.

Mientras Nueva York conserva el gran escenario político, el Pacífico concentra una porción cada vez mayor del músculo económico mundial.

Y mientras Trump y Xi miden fuerzas, México tiene la posibilidad de dejar de verse únicamente como el vecino del sur de Estados Unidos.

No para cambiar de bando.

Para jugar mejor sus propias cartas.

Esta semana la ONU nos dejó imágenes inolvidables: delegaciones saliendo del salón, Trump hablando de poder, Guterres despidiéndose pidiendo cooperación, Netanyahu frente a butacas vacías.

Pero la fotografía que probablemente recordaremos dentro de algunos años puede haber ocurrido lejos de Nueva York: Trump y Xi sentados frente a frente en Washington.

Y hay otra que todavía no ocurre.

Será en noviembre, cuando Claudia Sheinbaum llegue a Shenzhen y México reciba la estafeta de APEC.

Si sabemos leer el momento, no será solamente otro viaje presidencial.

Puede ser el inicio de algo mucho más importante: que México deje de mirar al Pacífico como horizonte y empiece a verlo como estrategia.

Ahí, quizá, está nuestro verdadero cruce del camino.

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