Por La Conciencia
Dr. Roger Heli Díaz Guillén
La salud de nuestra democracia depende de un cambio urgente de perspectiva, en el sentido que debemos asumir que el voto sirve para instaurar proyectos de gobierno institucionales, no para encumbrar a mesías ni a figuras de poder absoluto como gobernantes, EL debate público suele estancarse en las virtudes o defectos de una sola persona. Discutimos su carisma, sus errores discursivos o su historia personal, como si el destino de una nación, Estado o municipio pudiera recaer sobre los hombros de un individuo, hombre o mujer.
Este personalismo ciego es el sistema de una madurez democrática inconclusa. El tránsito hacia una ciudadanía plena exige comprender que el pueblo elige a gobiernos, estructuras institucionales y planes colectivos; no gobernantes providenciales. Este cambio de paradigma no es un mero capricho semántico; es un necesidad urgente para la supervivencia del tejido social. Cuando una sociedad elige a un gobernante firma un “cheque en blanco” basado en la fe. Se entrega al caudillismo y asume un rol pasivo de espectador, esperando que el líder resuelva todos los males por decreto o voluntad política y propia.
Por el contrario, cuando un pueblo es consciente de que elige a un gobierno, entiende que está votando por un equipo de trabajo, por una agenda pública, por el respeto a los contrapesos institucionales y por una visión de estado a largo plazo.
La diferencia fundamental entre ambas visiones radica en diversos tópicos como la temporalidad frente a la permanencia; donde los gobernantes pasan, pero las instituciones y las políticas públicas de un gobierno deben trascender para dar estabilidad al país, Estado o municipios. En esta idea, la rendición de cuentas es sustantivo en los gobiernos, considerando que a un líder carismático se le perdonan los errores por simpatía; pero a una estructura de gobierno se le exigen resultados medibles y transparencia en sus procesos. Así mismo, la distribución del poder; donde el enfoque en el gobernante centraliza las decisiones. El enfoque en el gobierno distribuye las responsabilidades en ministerios, secretarias, gobiernos locales y fundamentalmente, en la legalidad.
Este transito indispensable no empieza o se gesta en las urnas, ni en los partidos políticos, ni en las promesas de campaña. Inicia estrictamente en la conciencia ciudadana. La verdadera transformación, QUE DEBE SER LA QUINTA TRANSFORMACION ESPERADA, ocurre en el espacio mental de cada elector cuando deja de ser un cliente político que busca un favor o un redentor, y se convierte en un accionista municipal, estatal o nacional. Un ciudadano consciente investiga la viabilidad de las propuestas, evalúa el perfil técnico de los equipos que acompañan al candidato o candidata y; exige el cumplimiento de las leyes por encima de las voluntades.
Siendo racionales en esta idea, se considera y subraya el nivel educativo de nuestras poblaciones que enfrentan problemas para detenerse a identificar lo que se propone investigar en democracia como “ciudadano consciente”; resultando sugerente establecer “colegiados ciudadanos” que discutan ideas y puntos de vista, sociabilizando saberes y reflexiones que invite a la reflexión por el bien común. Que surjan los “nuevos filósofos ciudadanos” que convoquen a la sociedad e inviten a “pensar”, “opinar”, “reflexionar”, “cuestionar”, “proponer”.
Dejar atrás el culto a la personalidad es el paso definitivo para blindar las sociedades contra el autoritarismo, la demagogia, y comprar de votos. Mientras sigamos buscando salvadores de la patria, del Estado o del Municipio en cada ciclo electoral, seguiremos condenados a la decepción cíclica. El día que empecemos a elegir programas de gobierno sólidos, fiscalizados por una ciudadanía activa e implacable, habremos dado el paso definitivo hacia una democracia real. La responsabilidad no es de quienes se postulan. La responsabilidad final siempre ha sido y será de la conciencia con la que decidimos votar. Históricamente hemos sido corresponsables de nuestra realidad política y social. Hemos tenido los gobiernos que nos merecemos. La lucha política ha sido de partidos no de ciudadanía activa.
Concluimos añadiendo a lo antes razonado, que un gobierno legítimo es un gobierno de la conciencia cuya finalidad es el bien común, fundado en el principio indígena que un gobierno “manda obedeciendo al poder soberano del pueblo”. Hoy en Chiapas se requieren de candidatos y candidatas con “equipos de gobierno” con ascendencia ciudadana no impuestos; que ejerciten una comunicación masiva directa; que prueben persistencia territorial; que demuestren un fuerte encuadre moral de la política con sencillez pedagógica y honestidad valiente (porque y por quien se la juegan). No “equipos de gobierno” integrado por familiares de los “equipos de gobierno”. Equipos que en algunos municipios sus integrantes se conocen cuando el candidato o candidata es electo o electa; ya que lo que se vende en la mercadotecnia electoral es el personaje líder, que erróneamente es lo que “interesa” y no el “equipo de gobierno”
En este orden, un equipo que aspira a gobernar en tiempos actuales en Chiapas; debe dejar atrás los manuales políticos del siglo XX; la demagogia; el “comercio lectoral” “manipulando la pobreza” y la “ignorancia”; debiendo adoptar un enfoque dinámico, técnico, realista y profundamente humano, con propuestas claras y asertivas. Hoy ya no se trata de administra recursos y el poder, fotos y discursos, sino de gestionar la realidad y la complejidad basado en el dialogo horizontal. Hoy los tiempos exigen gobernar la incertidumbre, gobernar con perspectiva tecnológica digital y alfabetización tecnológica; con inclusión y visón de sostenibilidad. Gobernar con conocimientos y saberes traducidos y aplicados a realidades sociales, políticas, ambientales y culturales.










