El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
No son pocos los gobiernos o líderes que han expresado ideas fascistas valiéndose de la creación de contenidos en las redes sociodigitales; el fascismo es una amenaza para las sociedades, porque obstaculiza el derecho de millones de personas a recibir noticias veraces e imparciales. La falta de regulación y vigilancia en esas redes generan riesgos para las sociedades principalmente por la prevalencia de mensajes cargados de odio y violencia.
Las redes sociodigitales son el escenario de una batalla por el poder y el fascismo posiciona marcadores de identidad que devienen en discursos e imágenes supremacistas que fijan fronteras políticas, culturales, raciales, sexistas, aporofóbicas, pigmentocráticas y religiosas. La manipulación de las subjetividades es visible en ideas y conductas llenas de odio hacia sectores poblacionales considerados inferiores en todos los sentidos.
El fascismo dominante se acentúa por la polarización política y social; las crisis económicas, los fenómenos migratorios y las tensiones culturales son caldo de cultivo para que esta ideología extrema tenga un terreno fértil para crecer y ganar adeptos. Esta ideología es el resultado de una interacción compleja entre diversas instancias políticas, periodísticas, religiosas o conspiracionistas que se valen del uso estratégico de los algoritmos y de los bots para crear tendencias radicales.
Conforme el neoliberalismo fue consolidándose en el siglo XX surgieron nuevos partidos y movimientos de extrema derecha distintos en ciertos aspectos a las antiguas instancias nostálgicas del fascismo primigenio. Estas agrupaciones no se describen necesariamente como fascistas o de extrema derecha, más bien se asumen como una derecha patriótica antisistema donde no todos tienen cabida.
Los aparatos ideológicos de control evolucionaron sus formas de imponer perspectivas autoritarias y, en este sentido, el engagement, entendido como los niveles de interacción, compromiso y conexión emocional que una audiencia tiene con una marca, contenido o publicación ideológica, es la fuente para que millones de personas justifiquen su superioridad racial, moral, política o religiosa. Estamos ante un ecosistema digital que no solo apoya, sino que amplifica la voz de la extrema derecha en la esfera pública.
Manipular las emociones y llevarlas a los extremos propicia que la acción pese más que el raciocinio. “El odio motiva más que el amor”, afirmó el político ultraderechista Roger Stone. Polarizando a la sociedad es como el fascismo consigue más engagement, interacciones y poder. Esto explica las agresiones físicas y simbólicas a la comunidad LGBTQI+, a los migrantes o los afrodescendientes.
La información es poder y, en esta tesitura, las redes sociodigitales acumulan datos de millones de usuarios, pero esto, lejos de promover una cultura democrática, participativa o igualitaria, impone modos totalitarios de ver al mundo. Los contenidos compartidos fomentan una individualidad selectiva alejada de toda forma de solidaridad, cooperación o empatía; su carácter de superioridad se nutre de ideas clasistas, supremacistas, homofóbicas, racistas y excluyentes.
La ideología de individuos o comunidades que crean y comparten discursos de odio en el mundo virtual es fruto de una radicalidad política que ha sido normalizada por lustros mediante prácticas culturales; el fascismo manipula a través de posts, reels o memes que muestran una ideología perversa supremacista que se jacta de tener la verdad; ésta es impuesta mediante la promoción del miedo y la manipulación de los afectos.
Gracias a las redes sociodigitales, el fascismo ya no depende de un partido hegemónico promotor de formas estandarizadas de pensar, expresarse o movilizarse colectivamente; ahora se nutre de dinámicas emanadas de las emociones y prácticas culturales de millones de usuarios; su forma tradicional jerárquica se transformó en enjambres que se crecen con facilidad gracias a las interacciones virtuales y al papel que juegan los algoritmos.
El tecnofascismo es propio de líderes autoritarios que manipulan a placer a una sociedad que está sujeta a sus expresiones tóxicas; en ese mundo alienante se utilizan toda clase de estrategias para reclutar nuevos miembros, organizar actividades y difundir propaganda con el objetivo de desestabilizar la democracia y toda forma de igualdad o empatía.
Las guerras ideológicas tienen un campo fértil en las redes sociodigitales, un mundo al que la sociedad se ha adaptado para dar sentido a sus experiencias; la proliferación de posverdades ha propiciado que el fascismo ampliara sus modos de posicionarse. Las simpatías por el fascismo siempre han estado en el panorama político estadounidense y europeo, donde prevalece la pretensión de la supremacía blanca.
Ante este panorama es importante enseñar a las nuevas generaciones a discernir la información veraz de las posverdades y a ver críticamente los contenidos en línea; no menos sustancial es promover el pensamiento crítico, fomentar el análisis y la reflexión. En este sentido, es vital promover espacios en línea donde se valore la diversidad de opiniones y se promueva el respeto por los demás.










