El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
La construcción de la imagen de cualquier político en las redes sociodigitales, sin importar que sea de izquierda o de derecha, obedece a las condiciones mercadotécnicas del sistema moderno de producción; esto es síntoma de una sociedad del espectáculo donde prevalece la simulación, el valor de cambio y la decadencia. ¿Dónde quedaron cualidades como la militancia, la capacidad o la construcción de proyectos políticos a largo plazo?
La mercadotecnia ha incidido, gracias al empuje de dichas redes, en la transformación de la subjetividad del ente político, tanto en su construcción idealizada -la hipersubjetivación-, así como en la infinidad de formas de posicionarlo en los medios de comunicación como si se tratase de un producto destinado a satisfacer las necesidades y deseos de los consumidores.
Si analizamos al sistema político en su conjunto, éste es la suma de las simulaciones provenientes de todas las instancias partidistas, esto es un macrosimulacro donde no hay seres mostrados en su totalidad partidista, sino entes parcializados revestidos de atributos positivos que, en apariencia, sus rivales no tienen. La hiperrealidad política entendida como una simulación digital ha rebasado la condición ontológica original de cualquier personaje.
El auge tecnológico del que se ha valido la ingeniería de la imagen desde su aparición como actividad profesional a finales del siglo pasado, impone un “yo” que no es tal, es un “yo” simulado -apresable superficialmente- que tributa a las técnicas de diferenciación funcional que traza el sistema. Dicha diferenciación excluye la autenticidad del ente, le despoja de su vitalidad y le otorga una condición pasiva que hace que su “sensibilidad” corresponda forzosamente con los modos con los que se le hace aparecer.
En esa construcción de “realidades” que se hacen pasar como coyunturales, el sistema instituye a través de todos los medios posibles un orden simbólico que influye a su vez en las formas de ver, escuchar o interpretar a los políticos; en esta tesitura, como apuntó el filósofo francés Gilles Deleuze, “el sujeto no habla, es hablado; no crea sus instituciones, estas lo crean a él”. Los políticos reconstruidos mercadotécnicamente garantizan la continuidad de un flujo que, lamentablemente, fragmenta el desarrollo de las democracias.
Al estar parcializados, esos entes no tienen un todo consistente, no hay algo que muestre su profundidad; el orden que se impone a su ser propicia que se ponga más atención a su vestimenta, ademanes, gestos, modos de interactuar, ocurrencias, entre otros aspectos, que remarcan más el afuera que el adentro. La voluntad de poder de esos entes va desapareciendo conforme aceptan que las formas de constituirse les sean otorgadas por los expertos en redes sociodigitales, ya sea para cumplir objetivos electorales o bien consolidarse como personajes significativos para el servicio gubernamental.
Las relaciones de esos entes con su mundo cambian, ya que su materialidad es digitalizada por terceros y eso provoca que sus cuerpos ya no les pertenezcan, que sean otros los que los vistan, los que los sujeten a la colorimetría o a la pigmentocracia. Los profesionales de la imagen denigran con sus técnicas el valor que tiene el cuerpo dentro de lo que significa ser y estar en el mundo político, porque producen mercancías hiperreales para las audiencias.
Es necesario desenmascarar esa aparente voluntad de poder, ya que en el mundo de las formas en las redes sociodigitales, los políticos no se mandan solos, obedecen a las tendencias y a lo que dispongan sus asesores de imagen, quienes aparte dependen del uso de las inteligencias artificiales y los algoritmos para analizar datos, identificar patrones de comportamiento de los electores, automatizar tareas, entre otras tareas propias de ese mundo superficial.
Detrás de lo que eran el cuerpo e ideas propias del ente, están quienes lo subjetivan y luego lo exteriorizan con las formas menos impensables: la instancia más grande es el sistema simbólico en su dimensión política y luego está la parte que piensa y escribe por el sujeto reconstruido. El ente perdió la posibilidad de ser auténtico; al permitir ser subjetivado ya no tiene la condición de exteriorizarse por sí mismo.
Martín Heidegger habló de un ser arrojado al mundo, pero ahora estamos hablando de seres arrojados al mundo digital que no pueden valerse por sí mismos para potencializar su ser pese a que hay toda una gama de herramientas tecnológicas a su alcance. Ese arrojamiento es la manipulación digitalizada de la cada vez más débil potencia del ser, a quien se le edifica una habitabilidad condicionada donde su experiencia e interacciones irán en función de las tendencias políticas.
La pantallización, lejos de mostrar en su completitud al ser político, lo desvanece, lo invisibiliza, lo supedita al sistema simbólico, y sus correligionarios o simpatizantes solo ven el fragmento hipersubjetivado artificialmente. Esas redes muestran la condición relacional asimétrica del poder, pero no sus estructuras, porque expresan más su capacidad de subjetivar en su conjunto al ente que mostrar su verdadero rostro.










