El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Hay autores que piensan desde el sistema y otros que piensan desde la fractura. Emilio Rabasa es un híbrido. Su reflexión no nace del entusiasmo doctrinario ni de la fidelidad automática a una escuela (aunque lo parezca), sino del contacto con la historia mexicana en su zona más conflictiva. En él, la política no es una idea abstracta, sino una experiencia atravesada por golpes de Estado, asambleas que se proclaman soberanas y presidentes que renuncian en la penumbra. Su obra “La Constitución y la dictadura”, no es solamente un tratado jurídico. Es una meditación sobre la fragilidad de la ley cuando se separa de la realidad. Reduciré mi opinión sólo a este texto, porque considero que es el único que rebasa los tecnicismos legales y propone una filosofía política.
Daniel Cosío Villegas (“La sucesión presidencial”) dijo que en Rabasa los elementos constitutivos de su pensamiento fueron la historia y la política, y que su conocimiento histórico recorría toda su exposición constitucional. Además, de ver en él al único pensador político del siglo XIX. Esa observación permite situarlo con mayor precisión. Rabasa no discute la Constitución como si fuera un objeto aislado. La examina en el escenario concreto de un país que aprendió demasiado pronto a disolver congresos y a proclamar héroes. Su crítica no es ideológica en el sentido partidista del término. Es histórica. Ahí radica su filosofía.
La razón templada que lo caracteriza consiste en desconfiar de las soluciones perfectas. Frente a la fascinación por la ley escrita, Rabasa se pregunta si las instituciones pueden sostenerse cuando el espíritu público no las respalda. En varias páginas insiste en que México lo ha esperado todo de la constitución y que la constitución ha mostrado una impotencia recurrente. Esa afirmación no es una negación del derecho. Es una advertencia contra el fetichismo jurídico. Una norma no produce por sí sola las virtudes que presupone. Cuando el federalismo se implanta sin cultura política federal, se convierte en escenario de disputa entre facciones (los conservadores como enemigo del federalismo). Cuando la división de poderes se proclama sin límites claros, el legislativo tiende a expandirse o el ejecutivo termina por imponerse.
En este punto, Rabasa se separa tanto del liberalismo romántico como del conservadurismo nostálgico. No idealiza la constitución de 1824 ni celebra el centralismo de 1836. Observa cómo cada intento de organización política terminó erosionado por la ausencia de disciplina institucional. El golpe de Iturbide no fue, solamente, una anécdota imperial. Fue la ruptura temprana del principio de soberanía representativa. La creación de asambleas sin legitimidad formal sembró la sospecha permanente sobre el origen del poder. De ahí que la historia constitucional mexicana aparezca en su obra como una secuencia de desprestigios.
El absurdo político ocupa un lugar central en su diagnóstico. Rabasa identifica momentos en los que la lógica institucional se subvierte. El llamado “Poder Conservador de las Siete Leyes” encarna esa tendencia a crear órganos casi metafísicos que pretenden interpretar la voluntad nacional desde una posición superior. Constituir el despotismo es una contradicción conceptual. Organizar el poder absoluto equivale a negar la propia idea de constitución. Cuando Santa Anna prolonga sus facultades y se otorga títulos ceremoniales (Alteza Serenísima), la legalidad se convierte en teatro. No se trata solamente de abuso. Se trata de la simulación de legitimidad. “Los absurdos políticos sólo pueden sostener su vida efímera por medio de la fuerza”, nos dice Rabasa.
El pensador coiteco observa que los pueblos pierden la fe, tanto en el derecho como en la fuerza, cuando ambos se desacreditan. Si la ley se viola sin consecuencias y la autoridad se ejerce de manera arbitraria, la sociedad aprende a desconfiar. Esa desconfianza se traduce en facciones, en planes revolucionarios, en el recurso constante al cuartel (tantas veces vivida por nuestro país). La política deja de ser deliberación, para convertirse en cálculo inmediato u absurdo. En ese ambiente, la moderación puede degenerar en indecisión.
Rabasa analiza con particular cuidado los periodos de transición. El partido moderado, que pretendía conciliar principios liberales con concesiones conservadoras, aparece como síntoma de una conciencia dividida. Muchos actores políticos querían preservar la religión dominante y al mismo tiempo incorporar libertades públicas. La tensión entre tradición y reforma generó una zona intermedia donde la definición se aplazaba. Esa indecisión no era mera cobardía individual. Era el reflejo de una sociedad que no había resuelto el sentido de su emancipación. Sin embargo, la falta de decisión en el ejercicio del poder debilitó la autoridad constitucional. Presidentes que renuncian antes de enfrentar la crisis transmiten la imagen de que la legalidad es frágil. Finalmente, “los periodos de indecisión sirven como puentes para otras etapas”, sentencia Rabasa.
En su reflexión sobre la relación entre realidad y filosofía pura, Rabasa despliega una crítica al racionalismo abstracto. Las constituciones mexicanas del siglo XIX alcanzaron, en algunos momentos, una sofisticación doctrinal notable. División de poderes, federalismo, garantías individuales. Sin embargo, el papel no pudo suplir la experiencia. La ley escrita no corrigió por sí sola las prácticas heredadas de la colonia ni contuvo la ambición de los caudillos. El autor no propone renunciar a la norma. Propone examinar sus condiciones de posibilidad. La filosofía política debe analizar la historia política. Esa idea, que abre su obra con una cita de Bagehot, resume su método. En el fondo, la razón templada implica reconocer los límites de la voluntad. No basta con declarar la soberanía popular para que el pueblo ejerza efectivamente el poder. Tampoco es suficiente concentrar facultades en el Ejecutivo para garantizar el orden. El equilibrio institucional exige hábitos cívicos y respeto por los procedimientos. Cuando esos elementos faltan, la constitución se convierte en pretexto o en adorno.
La influencia de Emilio Rabasa en el pensamiento constitucional mexicano se advierte en el debate posterior a la Revolución. Aunque su filiación porfirista generó reservas (defensa de la paz y el orden), varias de sus preocupaciones reaparecen en el Constituyente de 1917. La advertencia sobre la expansión del Legislativo y la necesidad de un Ejecutivo con atribuciones definidas forma parte de la discusión sobre el equilibrio de poderes (idea de Cosío Villegas). Su defensa del voto directo en 1912 muestra que su visión no se reducía a la preservación del orden existente. Había en él una conciencia de reforma democrática, pero una reforma anclada en la viabilidad, no en la pureza o lógica matemática del pensamiento.
Leer a Emilio Rabasa hoy implica confrontar una pregunta persistente. ¿Hasta qué punto la ley puede transformar la realidad sin transformarse ella misma en ficción? La historia que narra no es un museo de episodios remotos. Es un espejo que devuelve la imagen de nuestras tentaciones recurrentes. La tentación de esperar del texto constitucional la solución de conflictos estructurales. La tentación de personalizar el poder cuando las instituciones parecen ineficaces. La tentación de declarar nuevas constituciones como si la novedad garantizara la eficacia.
La razón templada no ofrece entusiasmo ni promete redención. Ofrece una disciplina intelectual. Examinar cada parte de la constitución a riesgo de destruir algunos ídolos. Esa frase, tomada de la tradición británica que Emilio Rabasa cita al principio de su libro, adquiere en su obra un matiz mexicano. Destruir ídolos significa desmontar las ilusiones que han acompañado nuestra historia política. La ilusión de que el federalismo por sí solo asegura la libertad. La ilusión de que el centralismo garantiza el orden. La ilusión de que un líder fuerte puede sustituir la consistencia institucional.
La política mexicana ha oscilado entre la exaltación del texto constitucional y el pragmatismo sin reglas. Rabasa propone una tercera vía. Tomar en serio la ley, pero sin convertirla en dogma. Reconocer la historia, pero sin resignarse a ella. Esa postura exige una ética de la responsabilidad. Los actores públicos no pueden escudarse en la pureza doctrinal ni en la necesidad circunstancial. Deben medir las consecuencias de sus decisiones en el tejido institucional.
En última instancia, Emilio Rabasa aparece como un pensador que desconfía de las soluciones totales. Su análisis del siglo XIX mexicano no es una condena fatalista ni una defensa cerrada de un régimen específico. Es una invitación a pensar la política desde la experiencia acumulada. La razón templada es, en ese sentido, una forma de prudencia crítica. No se trata de moderación tibia, sino de conciencia histórica. En un país que ha vivido múltiples reinicios, la lección de Rabasa adquiere peso. Las constituciones pueden cambiar, los nombres de los partidos pueden variar, las retóricas pueden actualizarse. Pero la relación entre ley y realidad sigue siendo el núcleo del problema. La filosofía política que ignora la historia se vuelve ingenua. La práctica política que desprecia la norma se vuelve arbitraria. Entre ambos extremos, la razón templada propone un equilibrio difícil y, muchas veces doloroso, pero necesario.










