Elecciones del 23. Desde Asturias se ve lo de siempre

Enrique del Teso Martín

Asturias, en cierto sentido, tiene unos 30 años. En nuestra cultura los 30 años venía siendo la única edad realmente breve. El tópico de que la juventud se va en un suspiro es falso. La juventud empieza pronto, cuando cada fin de semana es una época y cada verano es el mundo. Y dura mucho, no se acaba nunca. Los 30 eran hasta hace poco una edad de plenitud. A los 30 uno era joven y era percibido como joven por los jóvenes. Y era visto como adulto por los adultos, desaparecía la molesta condescendencia con que se trata a los jóvenes. A los 30, siendo joven, era normal haber dejado atrás los problemas de los jóvenes, se era independiente y se tenía, ahora sí, el mundo por delante. Esa edad desde la que se veían todas las edades sí se iba en un suspiro. En algún momento de los treinta y algo, uno dejaba de saber tararear la música de los jóvenes, los locales de noche se iban haciendo extraños y la juventud se empezaba a hacer borrosa. Asturias, en cierto sentido, decía, tiene 30 años, esa edad dulce que dura tan poco. El cambio climático hace singularmente amable el clima de Asturias. Ya no vivimos entre cortinas continuas de agua, pero sigue siendo húmeda, verde y bella y sigue bramando en primavera. Gijón, Avilés y las Cuencas ya no son grises de hollín ni tienen el aire oscuro por chimeneas e industrias. Pero hay otro tipo de actividad económica y la comida sigue siendo contundente. Ahora recibe muchos turistas, pero todavía es minoritaria la actividad que se hace para atender a los de fuera, todavía quienes vienen de fuera entran en una Asturias real, con caudal propio. Cae la natalidad, pero los del baby boom, aunque nos duela alguna rodilla, todavía tenemos salud y se nos ve por las sidrerías y conciertos nocturnos. Puros 30 años.

Durarán poco. Los problemas de la industria en Asturias eran profundos pero lentos. El derrumbe del monstruo minero y el encogimiento del monstruo siderúrgico duró décadas. Pero las administraciones los contemplaron con tal pachorra que cuando pisábamos el siglo XXI aún era imposible vivir en Villaviciosa y trabajar en Gijón, a menos de 30 kilómetros. Ministros y gobiernos autónomos decían con desgana que los asturianos tenían que pensar en actividades privadas y no vivir a la sombra del estado. Con tal aislamiento de unas zonas con otras, las actividades privadas en las que cabía pensar serían quioscos y cosas así. La siderurgia asturiana se mantuvo, pero en manos privadas e inestables. El estado se fue de la industria y se dijo que era Europa y eran los tiempos. No era verdad. La italiana Enel sigue siendo una empresa pública de energía y controla Endesa. Tiene gracia que el antiguo monopolio eléctrico español ahora esté controlado por el gobierno italiano. Fueron apareciendo nuevas actividades, pero la sangría demográfica no cesó. La gente se va y aquí nace poca gente. Cuando se oyen gorjeos de bebé, es el nieto o nieta de algún vecino. El baby boom enmascara la situación. Somos muchos y con sueldos y condiciones laborales de antes. España es más rica, pero los jóvenes viven peor incluso a los 30 años. España es más rica, pero más desigual e injusta. En 15 años el baby boom habrá desaparecido de las sidrerías y los conciertos nocturnos. En pocos años más simplemente habrá desaparecido. Lo que amenaza con venir después, ya pronto, es una Asturias con propietarios que no viven en Asturias (ya se están comprando y gentrificando pueblos casi vacíos) y con la población nacida aquí desperdigada por otras comunidades, sobre todo Madrid. Los sueldos que vienen detrás no se parecerán a los actuales. Habrá mucho turismo y, si nada lo remedia, pasaremos a esa fase en que la mayor parte de la actividad es para los visitantes, con ese toque de inautenticidad que tienen los sitios que ya solo son turísticos. Quedará el envoltorio, pero Asturias será ya una colección de historias y leyendas.

Asturias flota en un estado con administración territorial disfuncional. Es un estado de autonomías donde, por ejemplo, Asturias es el 2% de España, Madrid es un estado dentro del estado y el País Vasco tiene con el estado una relación confederal no declarada. Tenemos un Senado parásito, caro y sin funciones. En la Cámara de Representantes de EEUU tiene más representantes el gran estado de California que el pequeño estado de Maine, pero en el Senado tienen todos los estados los mismos senadores. Y el Senado es poderoso. Pero en España el juego territorial es perverso, se da entre territorios muy dispares y tiende a vaciar muchos territorios y a acumular población en otros. Asturias es un ejemplo.

Pero estamos hablando de Txapote. Ante estas elecciones en Asturias ocurre lo que ocurre en toda Europa y desde aquí se ve el mismo panorama. Trump no fue un verso suelto. Las oligarquías económicas sienten más seguros sus intereses en sistemas totalitarios. La democracia está siendo atacada desde dentro. Se busca que sea el voto popular lo que la derribe y que la elección directa sea la coartada para la eliminación de la separación de poderes y para el control de la prensa y la información. Hungría y Polonia son el horizonte. La crisis de la deuda deprimió la vida de las mayorías sociales y las sumió en la desorientación. La pandemia acentuó la confusión de la gente, socavó los servicios públicos, acentuó las pérdidas de la mayoría y agrandó la desigualdad social. Las sociedades se habían hecho más plurales por las corrientes migratorias, por los avances feministas, por la mejora de los derechos civiles de las minorías y por la tolerancia cada vez mayor a formas diferentes de familia y cultos religiosos. La pluralidad y complejidad cultural formó con la depresión económica y la falta de horizontes una situación fértil para lo que Martín Alonso y Francisco Javier Merino llaman los alquimistas del malestar, los ingenieros del caos. Estamos asistiendo a la propaganda que azuza odios para que la gente relacione su frustración y malestar con su identidad simbólica y no con los hechos y sus causas. Se trata de relacionar la ira por el coste de la vivienda y la inseguridad, no con los beneficios de quienes nos perjudican ni con las leyes injustas que nos privan de derechos, sino con las feministas, o los inmigrantes, o los independentistas, o la corrección política, o los homosexuales. Se trata de hacer sentir a la gente que es normal y que la gente normal está amenazada o perjudicada por esos grupos ajenos. Se necesita que la población esté polarizada, crispada y con odios dirigidos a grupos reconocibles para que se pueda normalizar la mentira y el bulo. Cuando la gente está exaltada, desorientada o temerosa, no relaciona las palabras con los hechos para tomarlas como verdaderas o falsas. Acepta y repite las palabras que expresen y confirmen su emoción negativa. En esta campaña estamos viendo el papel que tiene un fenómeno inexistente, el terrorismo de ETA, frente a los hechos reales. Estamos también viendo cómo se excitan odios, prejuicios y desconfianzas a inmigrantes, homosexuales, grupos ideológicos reales o imaginados (comunistas, independentistas, …) o grupos raciales. Señalando a una minoría como brujas, se puede controlar a la mayoría bajo la amenaza de acusación de brujería. De esta manera no hablamos de la desigualdad creciente, ni volcamos nuestra crispación contra las oligarquías que acaparan riqueza y derechos. Hablamos de que somos de aquí, lo pasamos mal, y gastamos nuestro dinero en africanos, en chiringuitos feministas, en demandas independentistas y en dejar a los musulmanes ocupar nuestros espacios. Se abunda en simbología nacional (bandera, nombre del país), que es, desde siempre, el límite del razonamiento y el análisis. Cuanta más patria, menos debate y más brutalidad. La perversión del lenguaje y las mentiras construidas y repetidas con contumacia por las televisiones invierten el relato de lo que ocurre. Cada vez se menos gente compra piso y cada vez se venden más pisos: es  decir, cada vez menos gente tiene más pisos. Cada vez más inquilinos entregan más salario a su casero multipropietario, cada vez el propietario tiene más facilidad para subastar el alquiler y tener en la incertidumbre a las familias. La inversión del relato consiste en pretender que el casero es una pobre viuda que vive de sus ahorros y el inquilino es un okupa desalmado ante el que está indefensa. Así un problema inventado, el de los okupas, enmascara una injusticia lacerante, el acceso a la vivienda, y así se va normalizando la violencia y la brutalidad con esos paramilitares de formas fascistas, los llamados desokupas. Es un ejemplo.

Este es el ambiente de estas elecciones: montañas de bulos, cutreces patrioteras, enemigos inventados, prejuicios, odios y siempre palabras emocionalmente picudas incompatibles con la templanza y el pensamiento. No, no son todos iguales. Esta receta viene de Bannon y está financiada por las oligarquías. Es la derecha la que se fue de la democracia. La izquierda es lo que queda de ella y lo primero que desaparece en el proceso (miren a Francia e Italia, por ejemplo). Pedro Sánchez es el límite de la civilización. Lo que queda de la democracia liberal está de él hacia su izquierda. El deterioro de la información se puede medir por la distancia que hay entre Iñaki Gabilondo y Ana Rosa Quintana. Es largo discutir qué debe hacer la izquierda en este ambiente. Pero hay dos cosas seguras: principios y comunicación. La reafirmación en los principios y en la denuncia es parte de cualquier oferta electoral honesta y eficaz. Y sobre la comunicación hay que recordar un par de evidencias que se le resisten a la izquierda. Comunicar no es vender la moto, no es el marketing que sustituye a las convicciones. Comunicar bien es la primera señal de respeto que damos a quien nos escucha: hacerle sentir que le estamos hablando a él o ella. Comunicar no es un añadido a la política, es parte esencial de ella. La gestión pública es un triángulo de gestor, asuntos gestionados y personas gestionadas. Si desconectamos a las personas de los asuntos y de la gestión, no estamos haciendo ninguna revolución ilustrada. No hay políticas bien hechas y mal comunicadas. Hay que seleccionar asuntos y palabras, hay que pulsar temores y esperanzas, hay que hacer pedagogía sin condescendencia ni altivez, hay que hacer sentir a la gente que se le está hablando a ella. Digo que hay que hacerlo porque la izquierda no lo hace. Y no debe olvidarse por qué la oligarquía invierte recursos en enrarecer la convivencia hasta estos límites. Lo hace para garantizar un neoliberalismo salvaje y sin reglas en el que solo haya oligarquía y supervivientes a granel. Hay ultraderecha porque las oligarquías soltaron los perros. La derecha clásica no se distingue de la ultraderecha por lo mismo. Estamos en plena lucha de clases, como siempre. Díaz Ayuso tiene razón: la justicia social es un invento de la izquierda. ¿De quién si no?

Y Asturias, específicamente, tiene que pelear un estado disfuncional en su organización política territorial, la despoblación, ese roto de tantos territorios en España por el que se va la vida a borbotones. Tiene que pelear su silenciosa desaparición. Y el 23 tiene que pelear la democracia y la lucha de clases, como siempre.

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