El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Uno de mis posicionamientos como analista del colonialismo digital es que la subjetividad fue convertida en todo tipo de mercancías que satisfacen necesidades o deseos; no estoy hablando únicamente de productos que pululan en las pantallas de millones de personas, estoy aludiendo a un ámbito más profundo que es el de las emociones y los sentimientos.
Analizar qué hay detrás de una reacción en Facebook implica adentrarse en una maraña de interacciones donde las personas se identifican, se desmarcan, se enojan, se entristecen o se sorprenden del devenir de otras personas; las redes sociodigitales fueron diseñadas para influir en los estados de ánimo, en los modos de percibir la alteridad o para adquirir dopamina digital.
En ese entramado recibir cientos o miles de «Me gusta» tras subir un logro personal o recibir “Me encanta” tras compartir una fotografía familiar, es una recompensa que genera una pequeña descarga de felicidad; por el contrario, recibir “Me divierte” o “Me enoja”, generan insatisfacción, ansiedad o sentido de exclusión. En ese mundo vertiginoso los efectos pasan rápido y la gente siempre estará buscando esa recompensa.
El ser humano fue condicionado para llamar la atención y buscar a toda costa la aprobación de la tribu digital; las redes sociodigitales capitalizaron el afán de buscar notoriedad y aceptación mediante funciones simplificadas que aparecen em los botones de reacciones y en los espacios donde se pueden verter todo tipo de comentarios. Cuando esa validación no llega aparecen todo tipo de conflictos que generalmente derivan en la intervención de los administradores.
En esta tesitura, cada notificación en Facebook está encaminada a que la gente reaccione inmediatamente sin detenerse a pensar si el texto que está leyendo o el video que aparece ante sus ojos es verídico; reaccionar es un modo de hacerse visible y sirve, de paso, para sentir que las emociones que se comparten son también trascendentales para el resto de la tribu.
Facebook no es un espejo pasivo de la vida cotidiana, ya que es todo un entramado encaminado a promover las reacciones instantáneas y los comentarios superficiales; el carácter profundo del ser está siendo sustituido por una superficialidad que impide tomar plena conciencia de la complejidad de los actos o de los comentarios hechos por otras personas.
Los botones para reaccionar son la parte visible de una especie de modulador emocional activo que actúa permanentemente como un liberador de dopamina; esto, en apariencia, fortalece el sentido de pertenencia a una comunidad virtual; este proceso interminable genera ciclos de retroalimentación donde la gente también puede divertirse a costa de la desgracia ajena o condenar sin argumentos a alguien que piensa distinto.
Esta red sociodigital materializa una arquitectura de comportamientos diseñada para que las emociones sirvan para fines específicos, ya sean electorales, para linchar digitalmente a ciertos personajes, distraer la atención hacia temas no prioritarios, promover ideologías pasajeras o instituir identidades emergentes: las emociones son la materia prima para que las personas se asuman como parte de un sistema.
Los algoritmos hacen lo suyo rastreando el tiempo que cada usuario pasa revisando su muro personal e identifican los enlaces donde se hacen clic y las reacciones que se dejan; así es como se crea un perfil emocional de las creencias, los intereses o las adscripciones de millones de personas. La expresión emocional cara a cara fue sustituida por un constructo algorítmico que impide, paradójicamente, que el ser se muestre a plenitud.
La estrategia es mantener cómodamente conectadas a las personas a través de los sentidos de unión y desunión; Facebook se encarga de mostrar, gracias a la edificación de la biografía digital, opiniones, noticias y comentarios que validan lo que ya se piensa para efectos de identificación o desmarcación hacia algo o alguien. Lo que menos importa en ese mundo es el carácter ontológico de las personas; las emociones son resultado de una simplificación algorítmica.
Un “me divierte” al comentario de un político es, al fin y al cabo, un posicionamiento; un “me entristece” dado a la hambruna infantil tampoco cambia esa realidad; esas reacciones forman parte del mundo de las apariencias y no contribuyen en lo absoluto a la acción colectiva. Este proceso lamentablemente es una de las partes más evidentes del colonialismo digital.
Facebook, por el contrario, es una plataforma para manifestar superioridad moral, una probada intelectualidad, una religiosidad profunda o simplemente para hacer sentir a cada usuario que tienen la razón; esto trae como consecuencia una percepción distorsionada de la realidad donde se construyen comunidades que al final de cuentas dividen a la sociedad.
La relación entre Facebook y las emociones humanas es profunda, compleja y está completamente interconectada con los intereses capitalistas; no es solamente un espacio para compartir cómo nos sentimos», es un ecosistema que estimula, amplifica y moldea nuestros estados emocionales. Por ello es importante tomar conciencia de que las emociones también tienen el potencial para liberarnos del colonialismo digital.










