Habitar y pensar el barrio como un modo de ser

Habitar y pensar el barrio como un modo de ser

El uso de la palabra

Dr. Raúl Vázquez Espinosa

Yo crecí en el barrio. Esa afirmación contiene buena parte de lo que soy. Crecí en la colonia Bienestar Social de Tuxtla Gutiérrez, un lugar que para muchos era únicamente una marca en el mapa de la ciudad, pero que para quienes aprendimos a caminar sus calles fue una auténtica escuela de la existencia. Habitar el barrio durante los años noventa significó aprender muy pronto que la vida estaba hecha de contrastes. La solidaridad convivía con la violencia, la amistad con la incertidumbre y la esperanza con las limitaciones materiales. Latinoamérica atravesaba, entonces, una de las etapas más complejas de su historia reciente. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe advirtió, en su documento *Transformación productiva con equidad*, que Latinoamérica enfrentaba un crecimiento insuficiente, profundas desigualdades y una persistente fragilidad social como consecuencia de la crisis de la deuda y de los programas de ajuste estructural aplicados durante los años ochenta y noventa. Aunque aquellos diagnósticos parecían pertenecer al ámbito de la economía, sus consecuencias eran visibles en la vida cotidiana de ciudades como Tuxtla Gutiérrez. Empleos precarios, familias obligadas a reorganizar sus formas de vida, migración y un sentimiento constante de incertidumbre. Sin embargo, el barrio resistía. La identidad no se construía desde las estadísticas, sino desde la cercanía con los amigos y la familia, las conversaciones en la banqueta, las “cascaritas” improvisadas en la calle y el reconocimiento mutuo entre quienes compartíamos el mismo espacio. La colonia Bienestar Social era una forma de pertenecer al mundo.

Con los años comprendí que aquella intuición encontraba un hilo filosófico en Martin Heidegger, quien en “Construir, habitar, pensar” sostuvo que el ser humano no habita porque construye; por el contrario, construye porque, antes que cualquier otra cosa, ya habita el mundo. Habitar constituye la manera fundamental de existir. Esa idea adquiere un sentido particular cuando pienso en el Tuxtla de los años noventa. Las calles donde crecimos no eran únicamente espacios físicos. Eran lugares donde aprendíamos a vivir los riesgos, a distinguir la hospitalidad de la amenaza y a saber cómo sostenerte desde ti mismo y, muchas veces, desde la calle. El barrio moldeaba lentamente nuestra subjetividad. Formaba el carácter sin necesidad de discursos pedagógicos. Enseñaba a cuidar de los otros porque el otro era parte inseparable de nuestra vida, del día a día. En ese aprendizaje se encontraba una auténtica educación para la vida. Habitar el barrio significaba aprender a reconocer el tiempo de las personas, el ritmo de la comunidad y el valor de la cercanía. Sin saberlo, ya practicábamos una forma de pensamiento que nacía del lugar.

Mirar hacia aquellos años significa también recordar los rostros que dieron sentido a esa experiencia. En el barrio conocí amigos que continúan acompañándome hasta hoy y cuya amistad ha sobrevivido al paso del tiempo, a los cambios profesionales y a las distintas rutas que cada uno decidió recorrer. Pero también conocí la pérdida demasiado pronto. Algunos amigos no llegaron a la edad que hoy tenemos. La violencia, los accidentes, las adicciones o simplemente las condiciones adversas terminaron por interrumpir historias que apenas comenzaban. Heidegger explica que habitar implica también cuidar, preservar y hacerse responsable del mundo compartido. Tal vez, por eso, cada ausencia terminaba transformándose también en una forma distinta de presencia. Los nombres de quienes ya no están continúan recorriendo las calles de la memoria y siguen habitando ese territorio íntimo donde el tiempo deja de ser únicamente una sucesión cronológica para convertirse en experiencia compartida. Comprendí, entonces, que un barrio no es espacio ni territorio; guarda biografías, afectos y heridas que terminan formando parte de quienes sobreviven para contarlas.

Pensar el barrio supone también pensar la ciudad. En “Los rituales del caos”, Carlos Monsiváis mostró que las ciudades latinoamericanas no pueden comprenderse únicamente desde su arquitectura o su planeación urbana, sino desde las prácticas cotidianas, los barrios, los mercados y las formas de convivencia que producen identidad. Desde esa perspectiva, Tuxtla también era una ciudad construida desde abajo. Mucho antes de convertirse en una capital marcada por los grandes centros comerciales, los fraccionamientos cerrados y las vialidades rápidas, existía una ciudad donde las relaciones de vecindad todavía articulaban buena parte de la vida social. La colonia Bienestar Social formaba parte de esa geografía afectiva que hacía posible reconocerse entre desconocidos. El barrio era un espacio donde el anonimato todavía no había sustituido completamente al saludo cotidiano. Allí las puertas permanecían abiertas, los niños podían recorrer varias calles sin sentirse extraños y las familias compartían una vida que trascendía los límites de cada vivienda. Esa forma de convivencia producía un sentido profundo de comunidad que difícilmente puede medirse mediante indicadores económicos o demográficos.

Con el paso del tiempo he llegado a pensar que el barrio constituye una auténtica fuente ontológica del ser. No es únicamente el escenario donde transcurre la infancia; es el lugar desde el cual aprendemos quiénes somos. Antes de formular cualquier idea sobre el mundo, el barrio ya ha dejado una huella en nuestra manera de caminar, de hablar, de confiar o de desconfiar. Allí se originan muchas de las categorías con las que posteriormente interpretaremos la realidad. En “Construir, habitar, pensar”, Heidegger explica que el lugar no es un simple espacio físico donde se colocan objetos, sino aquello que reúne, resguarda y hace posible el encuentro entre las personas y el mundo. Pienso que el barrio lleva esa intuición todavía más lejos. No solamente reúne; también configura una manera específica de existir. Nos entrega un lenguaje afectivo, una memoria compartida y una determinada sensibilidad frente a los otros. El barrio es posibilidad de encuentro, pero también de desencuentro. Allí aprendemos el conflicto, la reconciliación, la pérdida y la solidaridad. Incluso las diferencias terminan convirtiéndose en formas de aprendizaje compartido. En ese sentido, el barrio no es una nostalgia romántica por un pasado perdido, sino una estructura profunda que continúa acompañándonos incluso cuando dejamos físicamente ese espacio. Uno nunca termina de salir del barrio porque el barrio continúa habitándonos.

En “Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza”, Carlos Monsiváis observó que las ciudades cambian con enorme rapidez y que el crecimiento urbano suele debilitar las antiguas formas de convivencia, aunque la memoria colectiva encuentra siempre maneras de resistir esas transformaciones. Pienso que esa resistencia adopta la forma del recuerdo, pero también de la identidad. Volver a la colonia Bienestar Social significa volver a una manera particular de entender la amistad, la solidaridad, el respeto y la dignidad. Descubro que muchas de las decisiones éticas que hoy orientan mi vida comenzaron a gestarse allí, cuando todavía ignoraba que la filosofía podía ofrecer palabras para nombrar aquello que ya intuía desde la experiencia. El barrio permanece porque continúa vivo en quienes aprendimos a mirar el mundo desde sus calles.

En “La invención de lo cotidiano”, Michel de Certeau propone que recorrer una ciudad constituye una forma de escribirla. Cada trayecto cotidiano deja una huella invisible sobre el espacio y convierte las calles en un relato colectivo. El barrio fue la primera escritura de mi existencia. Antes de escribir textos aprendí a escribir mi vida caminando las calles de la colonia Bienestar Social. Cada esquina representó una lección; cada amistad, una posibilidad distinta de comprender el mundo. El barrio me enseñó que la identidad nunca es una construcción individual, sino una obra compartida con quienes caminaron junto a nosotros. Por eso sigo creyendo que crecer en el barrio fue mucho más que una circunstancia biográfica. Fue la experiencia originaria desde la cual aprendí a habitar el mundo, a comprender que el lugar también piensa a quienes lo habitan y que toda filosofía auténtica comienza siempre en un territorio concreto. Porque, al final, no somos únicamente habitantes de una ciudad; somos la carne latiente que el barrio que nos enseñó a ser.

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